En cierta ocasión, un periodista novel tuvo la oportunidad de entrevistar a un empresario de éxito; estaba nervioso y su primera pregunta fue un tópico: ¿Cómo ha llegado hasta aquí?, ¿cuál es el secreto de su éxito? El empresario contestó: Se lo resumiré en dos palabras joven: Decisiones acertadas. El periodista pensó que aquel empresario había sabido condensar toda su experiencia vital en dos palabras y, ni corto ni perezoso, formuló su segunda pregunta: ¿Pero cómo ha llegado a tomar las decisiones acertadas? El empresario fue aún más escueto: Experiencia. El periodista no salía de su asombro, toda una vida resumida en una sola palabra; eso sí era verdadera sabiduría. Ante esta tesitura decidió plantear la tercera y última de sus preguntas: ¿Cómo ha conseguido la experiencia? El empresario se dirigió al joven periodista y dijo: Decisiones equivocadas. Esta historia para mí, más que una anécdota, es una filosofía de vida. Es la conclusión a la que me costó llegar después de años de cabezazos contra las paredes. ¿Por qué nadie me contó esto antes? Me habría ahorrado muchos sinsabores...
Cuando uno decide embarcarse en la aventura de montar una empresa, todo el mundo mira la meta, anhela el éxito, pero nadie te enseña a disfrutar del camino, a sufrir y aprender de los fracasos. No conozco ningún empresario de éxito que no haya fracasado alguna vez. La constancia, la tenacidad y, sobre todo, la tolerancia a la frustración y la capacidad para aprender de sus errores han sido su motor interno. Si esto es así, ¿por qué al mirarnos en nuestros «modelos» sólo nos fijamos en su posición privilegiada sin reparar en lo que les ha hecho grandes?
Como decía una profesora mía: la gente que no estudia la historia está condenada a repetir los mismos errores. Por eso en las escuelas de negocios debería haber asignaturas basadas en los «casos de fracaso». Lamentablemente en las empresas de hoy en día existe muy poco margen para el fracaso. Todos intentamos esconder nuestros errores, y al hacerlo escondemos lo que nos enseñan. En Estados Unidos es habitual exponer en el currículum los errores en la trayectoria. Se presupone que un candidato con más fracasos está más preparado que uno que no los tiene.
Aparte de mi experiencia empresarial, soy mago de profesión, y si algo me ha enseñado el arte del ilusionismo es que durante la realización de un truco de magia los errores no están permitidos; de lo contrario la ilusión se desvanecería y la magia no se produciría. Pero ningún mago es perfecto, todos cometemos errores. ¿Cómo encararlos entonces? El mago Juan Tamariz comentaba en una conferencia que uno de sus secretos antes de salir a actuar es pensar que va a cometer tres errores durante la actuación. Cuando los errores aparecen (si es que los hay) no sólo no le incomodan, evitando así que el espectador descubra que algo ha fallado, sino que incluso le generan un «pauloviano» reflejo de felicidad ante algo esperado. Ha conseguido convertir el error en un aliado, estudia sus errores, tiene una salida airosa para cada uno de ellos, y eso hace que sea un auténtico número uno a nivel mundial. Ha conseguido hacer de sus errores una virtud.
La teoría es sencilla pero enfrentarse a la cruda realidad puede ser frustrante, por eso una buena formación a priori podría evitar frustraciones a posteriori. Pongamos un poquito de «magia» en nuestros trabajos, estudiemos nuestros errores y conseguiremos «ilusionar» a nuestro entorno sin que se nos note el «truco». Yo por si acaso, ya he empezado a enseñar a mi hijo la tolerancia a la frustración, y por eso le he hecho socio del Atlético de Madrid.
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