Las bacterias tendrán a partir de ahora una misión positiva, ya que se ha empezado a demostrar su utilidad como factor activo en la restauración de bienes artísticos gracias a su lucha contra las impurezas que se acumulan en los objetos. La microbiología se convierte así en una disciplina con aplicación en el arte, como se ha encargado de dejar patente un equipo de la Universidad Estatal de Milán, que ha trabajado en un fresco del claustro del Camposanto de Pisa (noroeste).
Se trata de «Conversione di Sant'Efigio e battaglia», pintado en el siglo XIV por Spinello Aretino y que forma parte de un monumental ciclo de frescos muy deteriorado por el paso del tiempo y por los efectos de los bombardeos sobre Pisa en la Segunda Guerra Mundial.
Las figuras prácticamente eran invisibles y sólo en algunos puntos parecían surgir de detrás de una capa de niebla, por lo que las autoridades locales de Pisa optaron por promover una compleja obra de restauración. En principio los trabajos se llevaron a cabo a través de disolventes basados en carbonato de amonio, lo cual generó numerosas críticas de los expertos a la Superintendencia para los Bienes Culturales de Pisa.
Por eso sus responsables optaron por cambiar de estrategia y, en 1999, confiaron la tarea a una empresa aliada con la Universidad de Milán, en la que un grupo de microbiólogos había estudiado los efectos del uso de bacterias en la restauración de objetos artísticos.
Así empezó la tarea, en principio sobre 27 metros cuadrados de una parte del fresco, con buenos resultados que animaron a continuar con esa línea.
Metodología
El procedimiento parte de un examen riguroso del objeto al que se aplica la restauración, lo que permite seleccionar las bacterias más adecuadas para la tarea. Entonces se cultivan en laboratorio y se implantan sobre la superficie del objeto artístico por medio de algodón hidrófilo, que permanece en contacto con la obra durante doce horas, período en el que actúan sobre los sustancias orgánicas que se desean eliminar.
En el caso concreto del fresco de Spinello Aretino se usaron unas bacterias conocidas como «pseudomonas stutzeri», que tienen forma de pequeños bastoncillos y no producen esporas, pero sí las enzimas útiles.
Son ellas las capaces de eliminar más de un centenar de compuestos orgánicos, tales como pegamentos o pigmentos usados en anteriores restauraciones, así como restos de contaminación. Después se lleva a cabo un lavado ligero de la superficie, con esponjas suaves bañadas en agua destilada, que «barrerán» los posibles residuos remanentes.
En breve se podrán volver a admirar las alegorías de la Muerte, el Infierno, el Génesis o el Juicio que decoran el fresco del Camposanto pisano tras la labor de los microbiólogos milaneses dirigidos por Claudia Sorlini
La científica defiende ese método de rehabilitación, que empieza a ser conocido como «bio-restauro», porque no presenta contraindicaciones «si es aplicado con competencia. En el caso de las pinturas es preciso saber si los pigmentos que se quieren conservar son inorgánicos y, por tanto, inatacables por las enzimas».
Nuevos objetivos
El éxito ha llevado a la Universidad milanesa, junto con la de Molise (este de Italia) a participar en un proyecto con instituciones de otros países europeos, por el cual se procederá a la restauración del Teatro de Epidauro, en Grecia.
«El principio es el mismo que con la pintura. El carbonato de calcio, es decir, la piedra dura, agredida por los agentes contaminantes, puede convertirse en sulfato de calcio, es decir, yeso, que al principio es tierno y luego se recristaliza en forma compacta y crea una especie de costra superficial», explica la doctora Sorlini.
El paso siguiente es aplicar las bacterias adecuadas, de manera que «separen el sulfato del calcio, transformándolo en un gas, que se libera en el aire de modo natural, sin contaminar».