UN CASTILLO CON VISTAS


      Aunque la arqueología medieval en Cantabria no ha gozado de mucho reconocimiento y dedicación en las últimas décadas, la región dispone de monumentos emblemáticos -sobre todo religiosos y defensivos- de este periodo bajo (o en torno a) los cuales se conservan interesantes registros arqueológicos para reconstruir el pasado de un periodo histórico que todavía presenta notables lagunas para los investigadores.

       Uno de estos casos es el yacimiento arqueológico de la «Bolera de los Moros», también conocido con el nombre de «Castillo de Piñeres», en alusión al núcleo de población en cuyas proximidades se sitúa, dentro del término municipal de Peñarrubia. Se trata de una fortaleza altomedieval, quizá una de las más completas y mejor conservadas del norte de España.

       Las ruinas se localizan en la cima del monte de Santa Catalina, en medio de un paisaje de bosque natural donde predominan las hayas y los robles y desde cuya cima, donde recientemente se han instalado varias antenas repetidoras de televisión y telefonía móvil, se alcanza una incomparable vista panorámica del Desfiladero de la Hermida, referencia para las comunicaciones entre los valles interiores de Liébana y Nansa. El emplazamiento posee unas defensas naturales sobresalientes, sobre todo hacia el sur, donde el monte está cortado por un profundo acantilado que cae, prácticamente en vertical, hasta el río Deva.

       El acceso al lugar se puede efectuar de forma cómoda a través de una pista de tres kilómetros que llega hasta los repetidores. En la carretera entre La Hermida y Puentenansa, a la altura de la desviación a Cicera y junto al pueblo de Piñeres, se encuentra el comienzo de la referida pista, cuyo estado es bueno.

       El yacimiento fue utilizado durante siglos como lugar para la extracción de piedra con la que construir las viviendas y los cierres de fincas en los pueblos cercanos. Asimismo, el lugar ha sido objetivo de excavaciones clandestinas y furtivas por parte de desaprensivos en busca de «tesoros».

       En sus proximidades hay restos de una primitiva ermita dedicada a Santa Catalina. De ella apenas se conserva actualmente poco más que los cimientos

      Cuando se planteó hace más de un año esta actuación, de acuerdo con el proyecto redactado por el arquitecto Miguel Alvarez de Eulate para la Consejería de Cultura y Deporte del Gobierno de Cantabria, se plantearon como objetivos principales los siguientes:

       1. Promocionar el valor de este enclave, tanto desde el punto de vista histórico como paisajístico, con un ejemplo de las posibilidades de disfrute social integrado del Patrimonio Cultural de Cantabria.

       2. Documentar arqueológicamente las estructuras y depósitos de ocupación de cara a facilitar los trabajos de rehabilitación.

       3. Rehabilitar, en la medida de las posibilidades que ofrecen las ruinas, los restos de la edificación defensiva medieval.

       4. Acondicionar y ajardinar el entorno, los accesos y el área de aparcamiento para facilitar el disfrute social de este yacimiento.

       Los trabajos fueron adjudicados por la administración regional mediante subasta pública a la empresa MC Conservación y Restauración, S.L., una firma asturiana con acreditada experiencia y que ha desarrollado en Cantabria otros proyectos como la rehabilitación del castillo medieval de San Vicente de la Barquera o la restauración de la estela de Barros.

       La dirección técnica de los trabajos corrió a cargo del arqueólogo cántabro Pedro Sarabia Rogina, con amplia experiencia en trabajo de campo y en arqueología medieval. También participaron un técnico restaurador y estudiantes de la Universidad de Cantabria.

      Durante los tres meses que duraron los trabajos fueron excavados unos 300 metros cuadrados de superficie en el área de una de las torres de la fortaleza, la situada al oeste. Se pusieron al descubierto

      restos de un recinto defensivo del que se conservan importantes testimonios de sus murallas norte y sur, así como de una atalaya de observación situada al levante, y de una torre de planta trapezoidal donde los defensores del lugar debieron realizar sus actividades cotidianas.

      Al otro lado del yacimiento, en la zona denominada «Atalaya este», se pudo definir una planta semicircular de 10 x 6 metros y se decidió preservar esta estructura de cara a posibles investigaciones posteriores. Por ello, la actuación se limitó a una mera documentación y protección de los restos.

      Entre ambas torres se excavó un amplio patio y al exterior se delimitaron los restos de muralla, bastante bien conservados, que protegía el asentamiento por los flancos norte y sur. En este último caso, se trata de un paramento de más de ocho metros de longitud y más de dos metros de grosor que proporciona al recinto un indudable carácter defensivo.

      Durante el desarrollo de la actuación arqueológica se recuperaron en el lugar numerosos fragmentos de cerámica común y de cocina, de procedencias y cronologías diversas, y, en algunos casos, con decoración incisa, estriada o pintada. Estas piezas, en su mayoría ollas y jarras, han permitido a los arqueólogos realizar una aproximación cronológica al periodo en que este asentamiento estuvo ocupado.

      Además, fueron recuperados algunos materiales metálicos, escoria de hierro y restos de huesos de animales (ovicápridos, bóvidos y suidos), probablemente consumidos por los habitantes del lugar.

      Pedro Sarabia, como responsable de la investigación arqueológica que se ha desarrollado en la Bolera de los Moros, relaciona la presencia de una torre y una atalaya, así como las características constructivas de los muros, con otros yacimientos altomedievales datables en los primeros momentos de la expansión realizada por la monarquía asturiana a partir del siglo VIII. Castillos de tipología similar al de Piñeres han sido localizados en Asturias, León y en la propia Cantabria (castillo de Camargo).

      La secuencia estratigráfica parece confirmar que la primera fase de ocupación se produjo a mediados del siglo VIII. Esta continuaría al menos durante el siglo IX, para finalizar en el siglo X o en el XI. Por su posición estratégica, este asentamiento fue clave en la defensa, control y consolidación de los territorios cristianos en el comienzo de las primeras fases de expansión hacia el este del primitivo Reino cristiano. En definitiva, este lugar representa una de las primeras etapas del poblamiento histórico en el valle de Peñarrubia.

      Completa la actuación una adecuación del área destinada a aparcamiento y la señalización del conjunto, ambos factores necesarios para promocionar socialmente este bien cultural.


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