GOLPE DE MANO EN LA MARUCA


      En cada piedra de sus ruinas se esconde un pedazo de historia, pero los mil años de historia que encierran la Batería de San Pedro del Mar, en La Maruca, son pasto del olvido. Pese a ser la batería mejor conservada de Santander, entre sus piedras y muros de aspillera, que a duras penas se sostienen ante los embates del clima y la desidia, crece la verbena y el rastrojo. Han dado más fama, sin embargo, a la Punta de los Cañones en que se ubica, el antiguo cuartel de carabineros y, sobre todo, el particularísimo sabor a yodo de los tomates de sus huertas, curtidos con agua de mar vaporizada, aunque tanto el uno como los otros son ya también historia.

       Pocos saben, empero, que en 1596, a dos pasos de allí, en San Juan de la Canal, un saqueo holandés se llevó a los vecinos para venderlos como esclavos en Marruecos; y que en agosto de 1806, marinos ingleses desembarcaron en La Maruca y bombardearon Santander antes de salir por piernas del lugar; ni que en 1810, el Marqués de la Romaña, que hubo también de salir por piernas de Flandes con su división, desembarcó a sus 11.000 mosquetes en El Sardinero y entró en la ciudad.

       Todas estas historias yacen sepultadas bajo las piedras y callan. Ahora, el Ayuntamiento de Santander, a través del concejal de Empleo Samuel Ruiz, y la Escuela-Taller darán una oportunidad a la batería de La Maruca y su historia con la rehabilitación que se pondrá en marcha una vez el Ministerio de Defensa ceda el terreno. Porque historia y piedras van de la mano y la batería no hubiera sido lo que fue sin aquel golpe de mano inglés, que entre la rapiña del saqueo y la astracanada, llevó la alarma a los vecinos de Santander.

       De las pocas referencias escritas que existen, los historiadores Carmen González Echegaray y José Luis Casado Soto relatan la siguiente: «El 13 de agosto de 1806 se introdujeron en la ensenada de San Pedro del Mar, hoy más conocida por La Maruca, tres quechemarines ingleses -pequeñas embarcaciones de vela- cuyas dotaciones asaltaron la escasa guarnición, obligándola a abandonar la batería. Seguidamente, se hicieron fuertes en el reducto, volviendo un cañón hacia tierra.

       Por la tarde, la guarnición desalojada, con el apoyo de la población, logró rescatarla con los cuatro cañones del 24 de que estaba dotada, poniendo en fuga al enemigo, que precipitadamente tuvo que reembarcarse y salir de la ensenada aprovechando la marea alta». Otras referencias hablan, sin embargo, de «un bergantín inglés» y de sus «invasores que molestaron a Santander» y la versión más épica da cuenta de la reacción de los vecinos de Santander y Monte que, armados de chuzos y hachas, y con un tambor a la cabeza, expulsaron a lo ingleses que días después naufragaron en las inmediaciones.

       Sea como fuere, entre una versión y otra, de aquel golpe de mano rapaz surgieron nuevas fortificaciones de ésta y otras baterías porque tanto una como otras no se pueden comprender sin asumir el significado que entrañaba la defensa de Santander durante siglos.

      La defensa del puerto de Santander, con sus importantísimos astilleros y sus carreras de Flandes y de Indias, militarmente tenía dos puntos débiles: la ensenada de San Pedro del Mar (La Maruca) y el abra del Sardinero. Visto que la defensa artillera convertía en una operación suicida cualquier intento de penetración en la bahía, la alternativa de una maniobra de flanqueo se revelaba obvia, tanto para los atacantes como para los defensores. Con este fin, se amplío en el siglo XVIII el cordón artillero por el noreste de la península de Santander. Junto a una serie de fortines a pie de playa en El Sardinero y el reducto de Cabo Menor, el siguiente hito defensivo lo constituían San Pedro del Mar y la isla de la Virgen del Mar.

       Guerra de los 30 años, Guerra de Sucesión española, guerras napoleónicas..., en una Europa convulsionada durante siglos, las fortificaciones santanderinas «engordaban» con cada nuevo conflicto.

       José Luis Casado Soto, director del Museo Marítimo, data la primera fortificación de la era artillera en 1574, cuando se construyó el fortín de San Salvador de Hano en lo alto de un promontorio ya desaparecido y que ocupa ahora el Palacio de la La Magdalena y su entorno. Le siguió en el tiempo la batería del promontorio de San Martín, construida en torno a una ermita y cuyo diseño fue obra de uno de los ingenieros militares más prolíficos e importantes de Felipe II, Cristóbal de las Rozas. A partir de ahí, se sucedió un largo rosario de baluartes.

       Los siguientes episodios los marcó la Guerra de los 30 años (s. XVII) con la batería que se instaló a los pies del Castillo del Rey en torno a 1620 y por el gran esfuerzo fortificador, en los epígonos del conflicto, dada la alarma generada por el gran asalto y saqueo de Santoña y Laredo por la flota francesa en 1639. En Santander, se construyó la importante batería de Santa Cruz de La Cerda (donde ahora se levanta el faro) y la primera batería de San Pedro del Mar, con fosos y parapetos.

      No obstante, la historia de este baluarte se retrotrae a mucho antes. El canónigo suizo Zuyer levantó en 1660 un mapa «piadoso» de las edificaciones religiosas de la península de Santander, situando en San Pedro del Mar una ermita bajo la advocación del santo y cuyos orígenes pudieran situarse en los primeros siglos del milenio.

       Como punto de defensa, la pequeña península acogió en la Edad Media una rudimentaria atalaya (pequeña torre de madera y un sistema de señales de fuego y humo) con vigilancia permanente mediante sorteo de mozos de la inmediaciones. Con la aparición de la artillería, se construyó una batería en torno a la ermita de San Pedro que, tras sucesivas modificaciones y deterioros, se conserva en la actualidad.

       Con la Guerra de Sucesión, a principios del XVIII, se adoptó un cambio estratégico de la defensa que trascendió los puntos fuertes al establecimiento de líneas de fortificaciones. Se instauró así la línea entre Cabo Menor y el Castillo de Hano, en El Sardinero, con foso continuo y parapeto de tierra y una dotación artillera masiva par impedir el tránsito de buques enemigos y cualquier intento de desembarco. La concepción de la defensa en línea tuvo un epígono importante durantes las guerras carlistas en que la Batería de San Pedro constituyó la cabecera norte de la muralla que cortaba el acceso a la península, pasando por los castillos de Corbanera, Pronillo y La Marga. Incluso se barajó la posibilidad de cortar la península de Norte a Sur con un canal de agua de mar, proyecto faraónico que fue desechado.

       La expansión de la batería fue al socaire de esta evolución con sucesivas ampliaciones. Los resguardos (de pólvora, suministros y guardia) se fueron ampliando, así como la defensa del acceso posterior con muro y hornabeques (baluartes), todo ello para proteger los cuatro cañones de a 24 libras que desplazaban una bala de 12 kilos a varios kilómetros. Los cañones estaban habitualmente a resguardo y eran sacados en caso de emergencia hasta una plataforma abierta de piedras de sillería, a la que se llegaba por una rampa.

       La dotación la constituían un oficial y un puñado de artilleros. Para Casado Soto, dos son los elementos que permiten ponderar el lugar: los restos arqueológicos que existen y su estado de conservación. «La batería puede tener 350 años, pero el lugar alberga los restos arqueológicos de la ermita y posible enterramientos alrededor que configuran un sitio utilizado desde hace 800 o mil años. En sí misma, además, es la batería mejor conservada en Santander y está completa todavía, por lo que se puede restaurar», asegura. «Dentro de su modestia, contiene elementos poliorcéticos (arte de defender y atacar plazas fuertes) interesantes -prosigue- como la plataforma con parapeto del siglo XVIII, el muro alto con aspilleras (aberturas para fusilería) y la defensa de retaguardia con la puerta inscrita entre hornabeques».

      Aunque el proyecto de rehabilitación se encuentra en una fase primaria, una vez tomada la decisión política es posible aventurar posibilidades de desarrollo. Esteban Sainz, director de la Escuela-Taller que depende del INEM y del Ayuntamiento, comentó al respecto que hay dos posibilidades: una que se limite a la restauración de la batería y, otra, más ambiciosa, que convierta la Punta de los Cañones en un complejo de ocio y cultura. Junto a la batería restaurada se podría construir, aproximadamente donde se erguía el cuartel de los carabineros, un Centro de Interpretación de la Costa, un espacio de divulgación cultural, pero también de ocio si se le adjuntara un servicio de cafetería, y de esparcimiento con el ajardinamiento de la pequeña península. Todo ello conformaría un hito importante en una parte olvidada de la ciudad, como es su vertiente norte y que se promocionará en un futuro con la remodelación de La Maruca y el paseo que recorra el contorno de los cabos Mayor y Menor hasta la Virgen del Mar.

       El complejo de La Maruca conformaría un hito importante en el circuito turístico de la ciudad. Las posibilidades se abren en abanico si se tiene en cuenta que en las proximidades había dos molinos de marea y, sobre todo, una ermita en torno a la cual se construyó la fortificación y que pudiera datar del siglo XIII, y cuyos restos pudieran ser rescatados. Independientemente de que el Centro de Interpretación reciba espaldarazo, a la hora de definir la propuesta de uso, la Escuela-Taller ya está trabajando en el proyecto de rehabilitación de la batería. Dicho proyecto implicaría reconstruir la vida cotidiana, es decir, restaurar no sólo el baluarte, sino recrear los utensilios, los uniformes, los «aperos» de uso militar e incluso los cañones. Dado que el INEM aprueba la financiación de proyectos en diciembre o en junio, puede barajarse la posibilidad de que en noviembre esté presentado el proyecto, para iniciar los trabajos en enero. En resumen, si Defensa cede el suelo y una vez definido el proyecto y el uso, el Pleno del Ayuntamiento solicitaría una escuela taller de restauración en la que pudiera emplearse a jóvenes de la zona Cueto-Monte, lo que se trasladaría como propuesta de aprobación al INEM.

      JAVIER RUBIO

      FOTOGRAFIA: A. FERNÁNDEZ


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