LA LEYENDA DORADA
En la Leyenda Áurea colección de narraciones recopilada en la Edad Media se recogen diversas tradiciones según las cuales la madera de la cruz procedía de un árbol plantado por Seth, sobre la tumba de su padre: Adán. Siglos después, el árbol habría sido talado por Salomón, que lo intentó emplear como viga en su palacio (Bosque del Líbano). Durante su visita a Israel, la reina de Saba reconoció el origen sobrenatural de la madera y ésta fue enterrada en un lugar que más tarde ocuparía un estanque. Llegado el momento de la crucifixión de Jesús, la viga apareció flotando y fue empleada en el sacrificio del Salvador.
La Leyenda Áurea también hace referencia al papel jugado por Elena, madre del emperador romano Constantino, en la recuperación de la cruz. Así, según la tradición medieval, después de que su hijo venciera a los bárbaros portando un estandarte en forma de cruz, Elena, ya anciana, viajó hasta Jerusalén y, después de obtener las indicaciones pertinentes mediante diversas coacciones (el principal confidente, llamado Judas, protagonizó una conversión milagrosa), localizó bajo las ruinas de un templo las cruces de Cristo y de los ladrones junto a los que había sido ajusticiado. Una vez hubo comprobado sus poderes milagrosos, Elena hizo dividir la cruz en fragmentos. Uno fue enviado a Roma (Santa Croce) y otro permaneció en Palestina guardado en un estuche de plata.
De cómo un buen fragmento de la cruz terminó en un monasterio enclavado en los Picos de Europa se ocupa otra tradición, conforme a la cual, en el siglo V, un astorgano de nombre Toribio, futuro obispo y santo, se dirigió en peregrinación a Jerusalén y fue allí ordenado sacerdote. Al regresar a la península, portaba un trozo del lignum crucis que fue conservado en Astorga hasta su traslado a Liébana, en tiempos de la entrada de los musulmanes en la península ibérica.
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