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Santidad de vida.Ese es el camino, la
manifestación humana de la voluntad
divina. Y precisamennte ese proyecto de
vocación y misión a la que
está destinado todo creyente desde la
coherencia de su fe y ofrenda de su vida, se
manifestó de manera particular y
grandiosa en el legado y actividad desplegada
por los tres santos-clave del jubileo de la
Santa Cruz que tiene como bello y providencial
marco el Santuario-Monasterio de Santo Toribio
de Liébana, y cuya fecha de inicio se
principia hoy domingo 30 de abril, en el dintel
de un nuevo siglo y milenio 2000-2001. Estos
santos son: Toribio obispo, mediador de la santa
reliquia del Lignum Crucis...; Toribio el monje,
fundador del monasterio y primera comunidad del
cenobio lebaniego de La Viorna...; y Beato, abad
de dicho monasterio, exégeta, consejero y
confesor en la corte del Reino Asturiano,
apologista y creador de la primera escuela de
dibujo y miniado medieval español con
proyección universal. Entre los 15 santos
de la puerta del perdón que hoy nuestro
prelado diocesano José Vilaplana,
abrirá en el templo del más
antiguo monasterio hispano con culto y comunidad
a la multitud de gentes venidas de todos los
lugares, hallamos en primer lugar al mediador
del Lignum Crucis, el santo obispo de Astorga
Toribio... Nacido en Galicia, región que
le dio cuna, estudio y fe a comienzos del siglo
V, repartió entre los pobres su hacienda
y encaminó sus pasos a una aventura
fascinante, contagiado sin duda por relatos y
testimonios de época, recibidos
–acaso de primera mano– de sus
paisanas y paisanos: se trataba de llegar como
«viajero devoto» a la tierra donde
naciera y compartiera su vida hecha evangelio,
el enviado de Dios como Mesías
redentor-salvador.
Tierra Santa
El movimiento de itinerancia cristiana a
«Tierra Santa» se desarrolló
con la llegada del emperador Constantino
(306-337) al gobierno del Imperio Romano. Desde
el Edicto de Milán (313), los cristianos
pudieron abrazar y celebrar su fe
públicamente con libertad. A finales del
primer tercio de este siglo IV, con la
conversión del emperador a la fe
católica en sus días postreros, el
catolicismo se promueve como
«religión oficial» del
imperio.Ello hizo posible que la ciudad Aelia
Capitolina recuperara su primitivo nombre,
Jerusalén, y que se pudiera celebrar
solemnemente el primer Concilio Ecuménico
eclesial (año de 325), convocado por el
mismo emperador en una ciudad alli cercana,
Nicea de Bitinia, donde se condenó la
herejía arriana y se fijó la fecha
de la celebración de la pascua. Antes de
regresar a su diócesis al finalizar el
concilio, Macario, obispo de Aelia
(Jerusalén) pidió y obtuvo permiso
del emperador para hacer desaparecer el
capitolio y templo de Júpiter que junto
al altar de Venus, el emperador Adriano
había erigido en el centro de esta ciudad
y que cubrían los lugares de la muerte,
sepulcro y resurrección de Cristo
Jesús. Lo obtuvo fácilmente porque
Constantino había dado un decreto
exigiendo de los paganos la restitución
de las iglesias cristianas confiscadas por ellos
y los lugares consagrados por las sepulturas de
los mártires. Llegado de Nicea, Macario,
con la ayuda de las autoridades de la ciudad,
hizo demoler los edificios que cubrían
los lugares cristianos, desescombrándoles
hasta lo más profundo. Al año
siguiente, 326, llegaba a la tierra de Israel,
Elena, madre del emperador Constantino, para una
peregrinación considerada como la primera
en su género y de la que muchos siguieron
su ejemplo. Accediendo a este lugar de las
excavaciones en el gran hoyo del calvario,
Elena, con sus propias manos, prosiguió
la tarea de descubrir los restos de los
elementos que tuvieron que ver con las horas
supremas de la vida de Jesucristo y su suplicio
redentor. Santa Elena logró hallar en el
solar que fuera primero cantera y aljibe y por
último vertedero del Calvario, el madero
transversal que le fuera cargado y sobre el que
fue clavado el mismo Jesús Nazareno,
celebrando el providencial y reiterado milagro
que le distinguió y le separó de
otros muchos leños, despojos e
instrumentos de tortura de los ajusticiados que
en gran cantidad se hallaban allí
depositados. De esta santa reliquia de la
redención se hicieron tres trozos que
hizo llegar a Roma, Constantinopla y el tercero
para que se quedara en aquel lugar de referencia
en el Patriarcado de Jerusalén. Cuando
Constantino llegó a saber del hallazgo
escribió a Macario felicitándole y
haciéndole saber la orden dada a
Draciliano, viceprefecto del Pretorio y al
gobernador de Palestina, acerca de los edificios
que debían construirse en aquellos
lugares santos. Los arquitectos de obras tan
admirables de arte bizantino acabadas en diez
años fueron Zenobio y Eústato.
Estos templos emblemáticos de la
cristiandad serían destruidos durante la
primera invasión de Jerusalén por
los sasánidas persas en el 614.
Peregrinos hispanos
El flujo de peregrinos hispanos conocidos a
Palestina, la gran mayoría procedentes
del noroeste ibérico, comenzó a
generarse a propósito de una
situación especialmente favorable, un
emperador romano español convertido al
cristianismo, Teodosio I (378-395), y un
Pontífice también hispano, San
Dámaso (366-384). Así fueron
«viajeros devotos» a los Santos
Lugares la famosa y piadosa dama gallega Egeria
–«sanctimonialis», como la
llama Valerio– que legó un precioso
relato de viaje «Itinerarium»
(381-384), largo y espacioso. Describe uno a uno
los Santos Lugares de entonces, personajes,
conmemoraciones de la primitiva Iglesia,
diálogos con significados testigos...
Otra famosa mujer peregrina, emparentada con el
emperador Teodosio y que llega a
Jerusalén diez años después
(394), como antes lo hicieran otros familiares
de Teodosio –como Linegio y su mujer
Acancia– y de la que también existe
testimonio fue Poemenia. Entre los varones hay
que citar a Idacio de Chaves, nacido en el 395
en Lémica, junto a Xinzo de Limia, en
Ourense, testigo de la invasión de su
tierra gallega por los bárbaros en el
409. Muy joven viajó a Jerusalén
conociendo a personajes de enorme trascendencia
como Teófilo de Alejandría, S.
Jerónimo y Juan de Jerusalén.
Ordenado clérigo en el 416, fue
después consagrado obispo de Aquae
Flaviae (Chaves), hoy Portugal, en el 427.
Murió en el año 470,
después de dejar escrita una
crónica de época en la cual da
testimonio del obispo Toribio, con el cual tuvo
varios encuentros. El segundo elegido es Paulo
Orosio, nacido también en el noroccidente
peninsular hacia el 384. Fue presbítero
de la Iglesia galaico-portuguesa de Braga.
Huyendo de contiendas y luchas llegó al
norte de Africa donde conoció a S.
Agustín, y por indicación de este
santo de Hipona se llegó hasta Palestina
donde se encontró en Belén a S.
Jerónimo. Volvió con S.
Agustín antes de dirigirse de nuevo a su
tierra donde se dedicó a elaborar una
extensa producción literaria hasta ser
considerado «filósofo de la
historia», cuyos libros
apologéticos están cuajados de
erudición y fe, manejando
hábilmente a los clásicos.
Existía en Jerusalén una
hospedería para peregrinos y pobres
fundada hacia el 430 y que vendría a ser
el «convento de los Iberos», la cual
cuidaba el monje Pedro el Ibero, que
llegó a ser obispo de Mayuma-Gaza. Tal
vez fue allí donde al principio se
alojara aquel peregrino procedente como los
anteriores del noroeste español y
según la tradición nacido en
Betanzos y que surcando los bravas aguas del
Atlántico y del Mare Nostrum
habría llegado hasta el puerto de Haifa
para seguir la calzada que le conduciría
a los bíblicos lugares y la ciudad santa
de Jerusalén. Aquel Toribio era grande
por su ilustración y sus virtudes. Se
ganó pronto por su servicio y fervor el
aprecio y la confianza del metropolita y
patriarca de Jerusalén, Juvenal, quien le
nombró sacrista mayor de la Iglesia del
Santo Sepulcro, ministerio que
desempeñó en los años que
allí sirvió. Lo hizo con tal
dedicación y ofrenda que mereció
el donativo más grande que pudiera
esperar a la hora de preparar su regreso a la
Galicia de sus orígenes: un gran trozo
cortado del Sagrado Leño que allí,
en aquella basílica, se guardara
después de haber sido hallado por santa
Elena y certificado por la divina Providencia.
El regreso de Toribio
La tradición añade que en el
viaje de regreso Toribio de Liébana
pasó por Roma y visitó al Papa
León I, en tiempos difíciles para
la ciudad eterna y en plena decadencia del
Imperio de Occidente; el pontífice le
nombraría archidiácono de la
Iglesia de Tuy. El barco llegó a puerto
seguro a Sabugo, marinería de
Avilés. Toribio saltó a tierra en
Bogaz, poniéndose en camino hacia el
Monsacro de Morcín. En Santa Eulalia
edificó un templo y estableció un
núcleo cristiano –el más
antiguo de Asturias–; y con las reliquias
santas pasó sobre Cidrán,
cruzó la Vega de Argame y tras el
río en Gurbielles alzó otra
iglesia, dotándola de reliquias de gran
valor. La mole del Monsacro tiene una guardia de
iglesias de las más venerables en bello
cinturón de cumbres de las que
«Morcín» derivó su
nombre: «muro cinctus». Es él
como una columna y en derredor de su base se
halla S. Sebastián; se abre S. Antonio de
la Foz con la primitiva advocación de S.
Mamés donde se encontraron lápidas
cristianas de las más antiguas (era de
DIII, año de 465), se tiende Santa
Eulalia, está La Riosa; forma el monte
una circunferencia de una legua y alcanza un
cuarto de legua (1.295 m) la elevación de
su cumbre. En la cima dos templos: el del pago
de Santa Catalina, templo que sobre la base de
un dolmen elevó santo Toribio para
depositar el tesoro eclesial de reliquias y
donde se hallaba una antiquísima estatua
del Santo y el de Santa María Magdalena
de Monsacro. Después de una dilatada
estancia en estos lugares –a decir de la
crónica de Montano–, Toribio
volvió en sus pasos a la tierra nativa
recalando en una población cercana al
Atlántico a la vera del fronterizo
Miño: Tuy.
Monasterio de Santo Toribio
Archidiácono primero y después
de ser ordenado sacerdote en aquella
diócesis galaica, se reveló como
el más notable impugnador de la
herejía priscilianista que asolaba
aquellas zonas. De su fervor eclesial en favor
de la ortodoxia católica da buena prueba
la correspondencia que el Papa León I (S.
León Magno, 440-461) dirige al prelado,
agradeciéndole su celo y buen hacer a la
vez que nombrándole Legado suyo para
presidir (junto a los obispos Idacio de Chaves y
Ceponio de Tuy) un sínodo; tal fue la
convocatoria que se hizo en Braga y cuya regla
de fe católica unió en una misma
confesión a los obispos de Galicia con
los de las provincias eclesiásticas
restantes de la península Ibérica,
condenando 18 errores afirmados por el
priscilianismo (carta de Ceponio, obispo de
Tuy). Cinco años después, Toribio,
preconizado por el pueblo y clero, es nombrado
obispo de la sede leonesa de Astúrica
Augusta (Astorga) en el 448. Toribio se retira
obligado por las circunstancias hacia Tuy donde
ejercerá allí como obispo
–en el episcopologio de esta
diócesis, con muchas lagunas en este
siglo V, sólo se nombran cinco obispos,
no figurando entre ellos de forma oficial
Toribio–. El rey visigodo Teodorico, tras
su campaña de Mérida (465) y desde
la Galia, envió una gran horda de su
ejército hacia poblaciones importantes
del noroeste hispano, destrozando, profanando y
robando comunidades e iglesias, obligando
así a multitud de cristianos a exilarse y
buscar sitios seguros donde poder guarecer su fe
y vida. Toribio intentó acogerse a su
antigua diócesis de Astorga que no le
recibió y sobre la cual hubo de sacudir
el polvo de sus sandalias. Por ello, calzada
arriba, hacia las Asturias del norte,
encaminó sus pasos de nuevo por los
escarpes y viejo camino histórico de La
Foz, dirigiéndose a Riosa, hacia el
Monsacro, pico de La Granda, donde en sus
alrededores la tradición guarda el pozo y
capilla de la cueva de Santo Toribio.
Allí permaneció paciente este
obispo y parte de su comunidad hasta que
conjurados los riesgos y persecución,
tras múltiples penalidades pudo volver a
su diócesis donde moriría
santamente en noviembre de 476. No hay certeza
de dónde fueran depositados sus santos
restos y reliquias, existiendo varias opiniones
al respecto.
La reliquia
¿Cuándo fueron traslados los
restos de este santo obispo y las santas
reliquias al monasterio lebaniego que
pasaría con el tiempo a ser bautizado con
su nombre?. En el 921 se da testimonio de su
culto en este lugar monacal del corazón
de Liébana; en el 1125 –tres
años después de proclamado el
primer Jubileo Compostelano por Calixto
II–, junto a la primitiva
advocación de S. Martín de Tours,
se nombra también el de nuestro Santo
Toribio y en el 1181 –el año en que
se constituye la cofradía de la
Santísima Cruz en el monasterio,
manifestando así su
veneración–, se hace ya
advocación definitiva. Una opinión
afirma que los restos fueron trasladados a la
seguridad de este cenobio de las Asturias
lebaniegas de Cantabria en tiempo de las
repoblaciones de Alfonso I el Católico,
corriendo la mitad del siglo Vlll; o acaso en
los años finales de ese mismo siglo
cuando Alhakem levantó sus tropas contra
el norte, sembrando desolación y espanto
en tiempos de Alfonso II el Casto. Hay
también investigadores que dilatan la
llegada al término del siglo siguiente,
haciéndolo coincidir con las terribles
incursiones e implacables razias del caudillo
Al-Mansur-lbn-Abi Amer (Almanzor). La reliquia
del Lignum Domini y de la estatua yacente sobre
la tumba del santo obispo aparecen
reseñadas en la relación
inventariada del monasterio, levantada por Dom.
Toribio en el 1316. En el primitivo escudo se ve
representada la mitra episcopal, un arca con los
restos del obispo y las reliquias y la Santa
Cruz del Lignum Domini. No cabe duda que el
Santo Leño que contiene el preciado
relicario de plata sobredorada es la reliquia
autentificada de este género más
grande del mundo, con mucha diferencia sobre las
existentes en Jerusalén, en Roma o en
París; con sus 63,5 cms. de leño
vertical, por 39,3 cms. de madero trasversal y
de 3,9 a 9,5 cms. de ancho. No hay que olvidar,
empero que, a lo largo de la historia, lo mismo
que a la estatua yacente de madera de olmo de
Santo Toribio, los peregrinos y devotos le
fueron arrancando trozos y astillas de su talla,
al Lignum Crucis de Liébana
también se le extrajeron algunos
fragmentos que constan documentados en la
operación y donación
autentificadora de los mismos para la
veneración en los correspondientes
relicarios. Uno de ellos es el de la iglesia
penitencial de la Vera Cruz en la calle
Platerías, de Valladolid. Otra preciada
reliquia «sucursal» de esta
lebaniega se venera en Aragón, en
Ontiñena, villa de la provincia de Huesca
a 30 kms. de Fraga, diócesis de
Barbastro. Como curiosidad, hay que
reseñar que una de las naciones
más grandes del mundo, de más de
ocho millones y medio de kilómetros
cuadrados, Brasil, antes que llevara el nombre
actual dado por los españoles, referido
al palo de dicho árbol de madera
tintórea (brasil), fue bautizado como el
país de la Vera Cruz o de la Santa Cruz
por los portugueses descubridores. Este mismo
país tiene como Patrona y Abogada celeste
a la Virgen Aparecida; dos preciados nombres
para la diócesis cántabra. Hasta
aquí el trasfondo y entramado de
historia, tradición y leyenda en torno a
este Santo Obispo Toribio, destinado por la
Providencia divina a ser mediador de la
más preciada reliquia y tesoro de la fe
cristiana: el Lignum Crucis de esta Nueva
Jerusalén de Liébana en
Cantabria. |