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Santo Toribio, Obispo

Santos del Jubileo



José M.ª Alonso del Val O.F.M.
Centro de Estudios Montañeses


Santidad de vida.Ese es el camino, la manifestación humana de la voluntad divina. Y precisamennte ese proyecto de vocación y misión a la que está destinado todo creyente desde la coherencia de su fe y ofrenda de su vida, se manifestó de manera particular y grandiosa en el legado y actividad desplegada por los tres santos-clave del jubileo de la Santa Cruz que tiene como bello y providencial marco el Santuario-Monasterio de Santo Toribio de Liébana, y cuya fecha de inicio se principia hoy domingo 30 de abril, en el dintel de un nuevo siglo y milenio 2000-2001. Estos santos son: Toribio obispo, mediador de la santa reliquia del Lignum Crucis...; Toribio el monje, fundador del monasterio y primera comunidad del cenobio lebaniego de La Viorna...; y Beato, abad de dicho monasterio, exégeta, consejero y confesor en la corte del Reino Asturiano, apologista y creador de la primera escuela de dibujo y miniado medieval español con proyección universal. Entre los 15 santos de la puerta del perdón que hoy nuestro prelado diocesano José Vilaplana, abrirá en el templo del más antiguo monasterio hispano con culto y comunidad a la multitud de gentes venidas de todos los lugares, hallamos en primer lugar al mediador del Lignum Crucis, el santo obispo de Astorga Toribio... Nacido en Galicia, región que le dio cuna, estudio y fe a comienzos del siglo V, repartió entre los pobres su hacienda y encaminó sus pasos a una aventura fascinante, contagiado sin duda por relatos y testimonios de época, recibidos –acaso de primera mano– de sus paisanas y paisanos: se trataba de llegar como «viajero devoto» a la tierra donde naciera y compartiera su vida hecha evangelio, el enviado de Dios como Mesías redentor-salvador.

Tierra Santa

El movimiento de itinerancia cristiana a «Tierra Santa» se desarrolló con la llegada del emperador Constantino (306-337) al gobierno del Imperio Romano. Desde el Edicto de Milán (313), los cristianos pudieron abrazar y celebrar su fe públicamente con libertad. A finales del primer tercio de este siglo IV, con la conversión del emperador a la fe católica en sus días postreros, el catolicismo se promueve como «religión oficial» del imperio.Ello hizo posible que la ciudad Aelia Capitolina recuperara su primitivo nombre, Jerusalén, y que se pudiera celebrar solemnemente el primer Concilio Ecuménico eclesial (año de 325), convocado por el mismo emperador en una ciudad alli cercana, Nicea de Bitinia, donde se condenó la herejía arriana y se fijó la fecha de la celebración de la pascua. Antes de regresar a su diócesis al finalizar el concilio, Macario, obispo de Aelia (Jerusalén) pidió y obtuvo permiso del emperador para hacer desaparecer el capitolio y templo de Júpiter que junto al altar de Venus, el emperador Adriano había erigido en el centro de esta ciudad y que cubrían los lugares de la muerte, sepulcro y resurrección de Cristo Jesús. Lo obtuvo fácilmente porque Constantino había dado un decreto exigiendo de los paganos la restitución de las iglesias cristianas confiscadas por ellos y los lugares consagrados por las sepulturas de los mártires. Llegado de Nicea, Macario, con la ayuda de las autoridades de la ciudad, hizo demoler los edificios que cubrían los lugares cristianos, desescombrándoles hasta lo más profundo. Al año siguiente, 326, llegaba a la tierra de Israel, Elena, madre del emperador Constantino, para una peregrinación considerada como la primera en su género y de la que muchos siguieron su ejemplo. Accediendo a este lugar de las excavaciones en el gran hoyo del calvario, Elena, con sus propias manos, prosiguió la tarea de descubrir los restos de los elementos que tuvieron que ver con las horas supremas de la vida de Jesucristo y su suplicio redentor. Santa Elena logró hallar en el solar que fuera primero cantera y aljibe y por último vertedero del Calvario, el madero transversal que le fuera cargado y sobre el que fue clavado el mismo Jesús Nazareno, celebrando el providencial y reiterado milagro que le distinguió y le separó de otros muchos leños, despojos e instrumentos de tortura de los ajusticiados que en gran cantidad se hallaban allí depositados. De esta santa reliquia de la redención se hicieron tres trozos que hizo llegar a Roma, Constantinopla y el tercero para que se quedara en aquel lugar de referencia en el Patriarcado de Jerusalén. Cuando Constantino llegó a saber del hallazgo escribió a Macario felicitándole y haciéndole saber la orden dada a Draciliano, viceprefecto del Pretorio y al gobernador de Palestina, acerca de los edificios que debían construirse en aquellos lugares santos. Los arquitectos de obras tan admirables de arte bizantino acabadas en diez años fueron Zenobio y Eústato. Estos templos emblemáticos de la cristiandad serían destruidos durante la primera invasión de Jerusalén por los sasánidas persas en el 614.

Peregrinos hispanos

El flujo de peregrinos hispanos conocidos a Palestina, la gran mayoría procedentes del noroeste ibérico, comenzó a generarse a propósito de una situación especialmente favorable, un emperador romano español convertido al cristianismo, Teodosio I (378-395), y un Pontífice también hispano, San Dámaso (366-384). Así fueron «viajeros devotos» a los Santos Lugares la famosa y piadosa dama gallega Egeria –«sanctimonialis», como la llama Valerio– que legó un precioso relato de viaje «Itinerarium» (381-384), largo y espacioso. Describe uno a uno los Santos Lugares de entonces, personajes, conmemoraciones de la primitiva Iglesia, diálogos con significados testigos... Otra famosa mujer peregrina, emparentada con el emperador Teodosio y que llega a Jerusalén diez años después (394), como antes lo hicieran otros familiares de Teodosio –como Linegio y su mujer Acancia– y de la que también existe testimonio fue Poemenia. Entre los varones hay que citar a Idacio de Chaves, nacido en el 395 en Lémica, junto a Xinzo de Limia, en Ourense, testigo de la invasión de su tierra gallega por los bárbaros en el 409. Muy joven viajó a Jerusalén conociendo a personajes de enorme trascendencia como Teófilo de Alejandría, S. Jerónimo y Juan de Jerusalén. Ordenado clérigo en el 416, fue después consagrado obispo de Aquae Flaviae (Chaves), hoy Portugal, en el 427. Murió en el año 470, después de dejar escrita una crónica de época en la cual da testimonio del obispo Toribio, con el cual tuvo varios encuentros. El segundo elegido es Paulo Orosio, nacido también en el noroccidente peninsular hacia el 384. Fue presbítero de la Iglesia galaico-portuguesa de Braga. Huyendo de contiendas y luchas llegó al norte de Africa donde conoció a S. Agustín, y por indicación de este santo de Hipona se llegó hasta Palestina donde se encontró en Belén a S. Jerónimo. Volvió con S. Agustín antes de dirigirse de nuevo a su tierra donde se dedicó a elaborar una extensa producción literaria hasta ser considerado «filósofo de la historia», cuyos libros apologéticos están cuajados de erudición y fe, manejando hábilmente a los clásicos. Existía en Jerusalén una hospedería para peregrinos y pobres fundada hacia el 430 y que vendría a ser el «convento de los Iberos», la cual cuidaba el monje Pedro el Ibero, que llegó a ser obispo de Mayuma-Gaza. Tal vez fue allí donde al principio se alojara aquel peregrino procedente como los anteriores del noroeste español y según la tradición nacido en Betanzos y que surcando los bravas aguas del Atlántico y del Mare Nostrum habría llegado hasta el puerto de Haifa para seguir la calzada que le conduciría a los bíblicos lugares y la ciudad santa de Jerusalén. Aquel Toribio era grande por su ilustración y sus virtudes. Se ganó pronto por su servicio y fervor el aprecio y la confianza del metropolita y patriarca de Jerusalén, Juvenal, quien le nombró sacrista mayor de la Iglesia del Santo Sepulcro, ministerio que desempeñó en los años que allí sirvió. Lo hizo con tal dedicación y ofrenda que mereció el donativo más grande que pudiera esperar a la hora de preparar su regreso a la Galicia de sus orígenes: un gran trozo cortado del Sagrado Leño que allí, en aquella basílica, se guardara después de haber sido hallado por santa Elena y certificado por la divina Providencia.

El regreso de Toribio

La tradición añade que en el viaje de regreso Toribio de Liébana pasó por Roma y visitó al Papa León I, en tiempos difíciles para la ciudad eterna y en plena decadencia del Imperio de Occidente; el pontífice le nombraría archidiácono de la Iglesia de Tuy. El barco llegó a puerto seguro a Sabugo, marinería de Avilés. Toribio saltó a tierra en Bogaz, poniéndose en camino hacia el Monsacro de Morcín. En Santa Eulalia edificó un templo y estableció un núcleo cristiano –el más antiguo de Asturias–; y con las reliquias santas pasó sobre Cidrán, cruzó la Vega de Argame y tras el río en Gurbielles alzó otra iglesia, dotándola de reliquias de gran valor. La mole del Monsacro tiene una guardia de iglesias de las más venerables en bello cinturón de cumbres de las que «Morcín» derivó su nombre: «muro cinctus». Es él como una columna y en derredor de su base se halla S. Sebastián; se abre S. Antonio de la Foz con la primitiva advocación de S. Mamés donde se encontraron lápidas cristianas de las más antiguas (era de DIII, año de 465), se tiende Santa Eulalia, está La Riosa; forma el monte una circunferencia de una legua y alcanza un cuarto de legua (1.295 m) la elevación de su cumbre. En la cima dos templos: el del pago de Santa Catalina, templo que sobre la base de un dolmen elevó santo Toribio para depositar el tesoro eclesial de reliquias y donde se hallaba una antiquísima estatua del Santo y el de Santa María Magdalena de Monsacro. Después de una dilatada estancia en estos lugares –a decir de la crónica de Montano–, Toribio volvió en sus pasos a la tierra nativa recalando en una población cercana al Atlántico a la vera del fronterizo Miño: Tuy.

Monasterio de Santo Toribio

Archidiácono primero y después de ser ordenado sacerdote en aquella diócesis galaica, se reveló como el más notable impugnador de la herejía priscilianista que asolaba aquellas zonas. De su fervor eclesial en favor de la ortodoxia católica da buena prueba la correspondencia que el Papa León I (S. León Magno, 440-461) dirige al prelado, agradeciéndole su celo y buen hacer a la vez que nombrándole Legado suyo para presidir (junto a los obispos Idacio de Chaves y Ceponio de Tuy) un sínodo; tal fue la convocatoria que se hizo en Braga y cuya regla de fe católica unió en una misma confesión a los obispos de Galicia con los de las provincias eclesiásticas restantes de la península Ibérica, condenando 18 errores afirmados por el priscilianismo (carta de Ceponio, obispo de Tuy). Cinco años después, Toribio, preconizado por el pueblo y clero, es nombrado obispo de la sede leonesa de Astúrica Augusta (Astorga) en el 448. Toribio se retira obligado por las circunstancias hacia Tuy donde ejercerá allí como obispo –en el episcopologio de esta diócesis, con muchas lagunas en este siglo V, sólo se nombran cinco obispos, no figurando entre ellos de forma oficial Toribio–. El rey visigodo Teodorico, tras su campaña de Mérida (465) y desde la Galia, envió una gran horda de su ejército hacia poblaciones importantes del noroeste hispano, destrozando, profanando y robando comunidades e iglesias, obligando así a multitud de cristianos a exilarse y buscar sitios seguros donde poder guarecer su fe y vida. Toribio intentó acogerse a su antigua diócesis de Astorga que no le recibió y sobre la cual hubo de sacudir el polvo de sus sandalias. Por ello, calzada arriba, hacia las Asturias del norte, encaminó sus pasos de nuevo por los escarpes y viejo camino histórico de La Foz, dirigiéndose a Riosa, hacia el Monsacro, pico de La Granda, donde en sus alrededores la tradición guarda el pozo y capilla de la cueva de Santo Toribio. Allí permaneció paciente este obispo y parte de su comunidad hasta que conjurados los riesgos y persecución, tras múltiples penalidades pudo volver a su diócesis donde moriría santamente en noviembre de 476. No hay certeza de dónde fueran depositados sus santos restos y reliquias, existiendo varias opiniones al respecto.

La reliquia

¿Cuándo fueron traslados los restos de este santo obispo y las santas reliquias al monasterio lebaniego que pasaría con el tiempo a ser bautizado con su nombre?. En el 921 se da testimonio de su culto en este lugar monacal del corazón de Liébana; en el 1125 –tres años después de proclamado el primer Jubileo Compostelano por Calixto II–, junto a la primitiva advocación de S. Martín de Tours, se nombra también el de nuestro Santo Toribio y en el 1181 –el año en que se constituye la cofradía de la Santísima Cruz en el monasterio, manifestando así su veneración–, se hace ya advocación definitiva. Una opinión afirma que los restos fueron trasladados a la seguridad de este cenobio de las Asturias lebaniegas de Cantabria en tiempo de las repoblaciones de Alfonso I el Católico, corriendo la mitad del siglo Vlll; o acaso en los años finales de ese mismo siglo cuando Alhakem levantó sus tropas contra el norte, sembrando desolación y espanto en tiempos de Alfonso II el Casto. Hay también investigadores que dilatan la llegada al término del siglo siguiente, haciéndolo coincidir con las terribles incursiones e implacables razias del caudillo Al-Mansur-lbn-Abi Amer (Almanzor). La reliquia del Lignum Domini y de la estatua yacente sobre la tumba del santo obispo aparecen reseñadas en la relación inventariada del monasterio, levantada por Dom. Toribio en el 1316. En el primitivo escudo se ve representada la mitra episcopal, un arca con los restos del obispo y las reliquias y la Santa Cruz del Lignum Domini. No cabe duda que el Santo Leño que contiene el preciado relicario de plata sobredorada es la reliquia autentificada de este género más grande del mundo, con mucha diferencia sobre las existentes en Jerusalén, en Roma o en París; con sus 63,5 cms. de leño vertical, por 39,3 cms. de madero trasversal y de 3,9 a 9,5 cms. de ancho. No hay que olvidar, empero que, a lo largo de la historia, lo mismo que a la estatua yacente de madera de olmo de Santo Toribio, los peregrinos y devotos le fueron arrancando trozos y astillas de su talla, al Lignum Crucis de Liébana también se le extrajeron algunos fragmentos que constan documentados en la operación y donación autentificadora de los mismos para la veneración en los correspondientes relicarios. Uno de ellos es el de la iglesia penitencial de la Vera Cruz en la calle Platerías, de Valladolid. Otra preciada reliquia «sucursal» de esta lebaniega se venera en Aragón, en Ontiñena, villa de la provincia de Huesca a 30 kms. de Fraga, diócesis de Barbastro. Como curiosidad, hay que reseñar que una de las naciones más grandes del mundo, de más de ocho millones y medio de kilómetros cuadrados, Brasil, antes que llevara el nombre actual dado por los españoles, referido al palo de dicho árbol de madera tintórea (brasil), fue bautizado como el país de la Vera Cruz o de la Santa Cruz por los portugueses descubridores. Este mismo país tiene como Patrona y Abogada celeste a la Virgen Aparecida; dos preciados nombres para la diócesis cántabra. Hasta aquí el trasfondo y entramado de historia, tradición y leyenda en torno a este Santo Obispo Toribio, destinado por la Providencia divina a ser mediador de la más preciada reliquia y tesoro de la fe cristiana: el Lignum Crucis de esta Nueva Jerusalén de Liébana en Cantabria.


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