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Beato de Liébana fue un Abad del
monasterio de San Martín de Turieno
–hoy Santo Toribio–, que
vivió en la segunda mitad del siglo VIII.
En el año 776 –según otra
versión en el 784– escribió
el libro «Comentario al
Apocalipsis», para explicar el
hermético texto de San Juan. Para su
redacción el monje se basó en
otros libros de Santos Padres orientales y
romanos, lo que pone de manifiesto la gran
biblioteca que debía poseer el cenobio
lebaniego. En su tiempo Beato alcanzó
gran fama por su intervención,
–junto con su compañero
Eterio– en la controversia suscitada por
la herejía «adopcionista»,
frente al Elipando de Toledo, arzobispo primado,
y Felix de Urgel, defendiendo la ortodoxia
católica frente a la herejía que
afirmaba que Cristo era solamente hijo
«adoptivo» de Dios. En el proceso se
vió implicado el propio emperador
Carlomagno, que convocó un Concilio en
Ratisbona, en el cual se ratificaron las
posturas de Beato frente a los herejes. Se puede
decir que a partir de este momento Cantabria
comienza a ser conocida en el ámbito
internacional. Pero Beato, primer literato de
Cantabria, además de su proyección
histórica, ha pasado a la Historia del
Arte porque en su libro, junto a los textos,
comenzaron a incluirse ilustraciones o
miniaturas, cuya temática y
técnica fueron fundamentales para la
evolución técnica y
estética de la pintura y escultura
mozárabe y románica. Perdida la
obra original, apenas se han conservado 25
códices ilustrados de los siglos IX al
XIII, que han tomado el nombre del autor del
«Comentario». El Apocalipsis El
último libro de los que componen la
Biblia, el Apocalipsis, se atribuye al
evangelista San Juan, y data de finales del
siglo I, durante su destierro en el isla griega
de Patmos. Apocalipsis significa
«revelación» y hace
referencia a la lucha de los enemigos contra la
Iglesia, representada en una visión
alegórica de lo que sucederá al
Final de los Tiempos. Se compone de un
prólogo –en el que Jesucristo se
aparece a San Juan y le encomienda la
misión de enviar su mensaje a las siete
Iglesias de Asia Menor– y doce
capítulos, en los que se aparecen cinco
series de visiones: los siete sellos, las siete
trompetas, las siete señales, las siete
copas y la lucha de Cristo y el demonio. Se
cierra con un epílogo, en el que se narra
la visión del Juicio Final, la
Jerusalén celestial y la Gloria de los
Santos en el cielo. Desde los primeros siglos
del cristianismo se convirtió en uno de
los libros más importantes de la Biblia,
especialmente para la Iglesia de Occidente. En
el siglo III algunos escritores orientales
empezaron a dudar de su canonicidad. Por esto
era rechazado por los visigodos, que eran
arrianos. Sin embargo fue aceptado en IV
Concilio de Toledo (633), presidido por San
Isidoro y más tarde reconocido en el III
Concilio de Constantinopla (692). En el siglo
VIII Por los años en que debió
nacer Beato, hacia el 735, comenzó una
gran emigración de visigodos, que
huían de los musulmanes desde Al Andalus
y la meseta hacia Asturias. El rey Fruela hizo
una depuración del clero visigodo para
acabar con las creencias arrianas. A partir del
año 785 Beato luchó contra la
herejía adopcionista representada por
Elipando de Toledo. Eran tiempos
difíciles para la Península y para
la religión y además se acerca el
año 800, que según algunos iba a
suponer el fin del mundo. En el 776 escribe
Beato su «Comentario al Apocalipsis»
y en el 784 redactará una nueva
versión, cuya finalidad es el
adoctrinamiento de los monjes, con un lenguaje
claro y llano ante el convencimiento del fin del
mundo. Junto al texto de San Juan aparecen las
«explicaciones» de Beato, basadas en
la Biblia, los Santos Padres (San
Agustín, San Gregorio Magno, San Isidoro)
y otros escritores, como el norteafricano
Ticonio y el hispano Apringio de Beja.
Además del propio texto del Apocalipsis,
se suelen incluir otros pasajes bíblicos,
que dan ocasión a otras ilustraciones
como el Arca de Noé, Daniel en el foso de
los leones o el Mapa Mundi, para situar la
predicación de los apóstoles .
Ilustraciones de Beatos La decoración de
manuscritos hispanos de letra visigoda era muy
sencilla. Apenas tenía cambios de color
en la tinta o ligeros motivos ornamentales. A
partir del siglo VIII, por influencia carolingia
comenzó la decoración de
lacería en las letras capitales y algo
más tarde aves y peces por influencia
musulmana. Por tanto, la decoración de
los Beatos inicia un nuevo ciclo que tomando
influencias italianas, carolingias y sobre todo
norteafricanas, se coloca a la cabeza de la
Europa cristiana en cuanto a cantidad
–cada Beato suele tener alrededor de 97
miniaturas– y calidad de las
ilustraciones, que se difundirán
ampliamente, por la gran aceptación que
tuvo este libro de Beato durante más de
500 años. Las miniaturas Desde que en el
siglo XVIII el padre Flórez publicara la
primera edición crítica del libro
de Beato muchos han sido los que han intentado
buscar relaciones entre los códices
conservados para profundizar en el estudio del
autor y su época. La existencia del
códice más antiguo, del siglo IX,
procedente de Silos, ha movido a algunos
investigadores a pensar en un «primer
estilo», arcaico, derivado quizás
de la versión original. Las ilustraciones
se encuentran intercaladas en los textos. A
partir del siglo X ocupan página entera o
doble página. Sería el
«segundo estilo», denominado
leonés o mozárabe, con una
derivación hacia Zamora. En él
aparecen las típicas bandas coloradas
para crear espacios y perspectiva. El
«tercer estilo» sería ya
románico –siglos XI y XII–,
con fuerte influencia internacional, produciendo
obras de extraordinaria calidad y belleza, como
el Beato de Fernando I, el del Burgo de Osma o
el más tardío de San Andrés
de Arroyo. Beatos y arte románico El
estilo románico supone para Europa
occidental la recuperación de una
técnica perdida con la invasión de
los pueblos germánicos y de una
iconografía para su escultura y pintura
que, superando la controversia iconoclasta,
reaviva los temas figurativos del arte
paleocristiano. Los Beatos van a servir de
modelos para los artistas que habrán de
esculpir los capiteles y pintar los murales de
las iglesias. Tanto el contenido
simbólico-doctrinal como su
plasmación estética eran muy
adecuados para la mentalidad medieval,
ávida de signos transcendentes en su
necesidad de evadirse de las tentaciones
terrenales. La temática de las
ilustraciones del Apocalipsis va a constituir el
soporte argumental de la religiosidad del
periodo románico –siglo XI y
XII– e incluso algunos temas
perdurarán con la llegada del
gótico. La Lucha entre el Bien y el Mal,
la idea de Cristo Juez, el premio, la
tentación y el castigo, son la base de
toda la teología medieval. En las
portadas de las iglesias, orientadas hacia el
oeste, lugar por donde se pone el sol, se coloca
el Pantocrator –Cristo todopoderoso
sentado en trono–, rodeado del Tetramorfos
–representación simbólica de
los cuatro evangelistas–. Es el Jucio
Final, que se completa con la reunión de
los 24 ancianos tañendo instrumentos
musicales y a veces la propia
representación del Cielo con los
premiados y del Infierno, con los malditos
devorados por Leviatán. Otros muchos
temas apocalípticos conformarán
programas iconográficos románicos:
ángeles, monstruos, mártires,
palomas, el Cordero y hasta las cenefas de los
enmarcamientos, que se tranformarán en
molduras y
cornisas. |