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Beato de Liébana y los beatos

Una iconografía que marcó una época



Enrique Campuzano Ruiz
Doctor en Hª del Arte, director del Mº Diocesano y comisario de la exposición sobre Beato


Beato de Liébana fue un Abad del monasterio de San Martín de Turieno –hoy Santo Toribio–, que vivió en la segunda mitad del siglo VIII. En el año 776 –según otra versión en el 784– escribió el libro «Comentario al Apocalipsis», para explicar el hermético texto de San Juan. Para su redacción el monje se basó en otros libros de Santos Padres orientales y romanos, lo que pone de manifiesto la gran biblioteca que debía poseer el cenobio lebaniego. En su tiempo Beato alcanzó gran fama por su intervención, –junto con su compañero Eterio– en la controversia suscitada por la herejía «adopcionista», frente al Elipando de Toledo, arzobispo primado, y Felix de Urgel, defendiendo la ortodoxia católica frente a la herejía que afirmaba que Cristo era solamente hijo «adoptivo» de Dios. En el proceso se vió implicado el propio emperador Carlomagno, que convocó un Concilio en Ratisbona, en el cual se ratificaron las posturas de Beato frente a los herejes. Se puede decir que a partir de este momento Cantabria comienza a ser conocida en el ámbito internacional. Pero Beato, primer literato de Cantabria, además de su proyección histórica, ha pasado a la Historia del Arte porque en su libro, junto a los textos, comenzaron a incluirse ilustraciones o miniaturas, cuya temática y técnica fueron fundamentales para la evolución técnica y estética de la pintura y escultura mozárabe y románica. Perdida la obra original, apenas se han conservado 25 códices ilustrados de los siglos IX al XIII, que han tomado el nombre del autor del «Comentario». El Apocalipsis El último libro de los que componen la Biblia, el Apocalipsis, se atribuye al evangelista San Juan, y data de finales del siglo I, durante su destierro en el isla griega de Patmos. Apocalipsis significa «revelación» y hace referencia a la lucha de los enemigos contra la Iglesia, representada en una visión alegórica de lo que sucederá al Final de los Tiempos. Se compone de un prólogo –en el que Jesucristo se aparece a San Juan y le encomienda la misión de enviar su mensaje a las siete Iglesias de Asia Menor– y doce capítulos, en los que se aparecen cinco series de visiones: los siete sellos, las siete trompetas, las siete señales, las siete copas y la lucha de Cristo y el demonio. Se cierra con un epílogo, en el que se narra la visión del Juicio Final, la Jerusalén celestial y la Gloria de los Santos en el cielo. Desde los primeros siglos del cristianismo se convirtió en uno de los libros más importantes de la Biblia, especialmente para la Iglesia de Occidente. En el siglo III algunos escritores orientales empezaron a dudar de su canonicidad. Por esto era rechazado por los visigodos, que eran arrianos. Sin embargo fue aceptado en IV Concilio de Toledo (633), presidido por San Isidoro y más tarde reconocido en el III Concilio de Constantinopla (692). En el siglo VIII Por los años en que debió nacer Beato, hacia el 735, comenzó una gran emigración de visigodos, que huían de los musulmanes desde Al Andalus y la meseta hacia Asturias. El rey Fruela hizo una depuración del clero visigodo para acabar con las creencias arrianas. A partir del año 785 Beato luchó contra la herejía adopcionista representada por Elipando de Toledo. Eran tiempos difíciles para la Península y para la religión y además se acerca el año 800, que según algunos iba a suponer el fin del mundo. En el 776 escribe Beato su «Comentario al Apocalipsis» y en el 784 redactará una nueva versión, cuya finalidad es el adoctrinamiento de los monjes, con un lenguaje claro y llano ante el convencimiento del fin del mundo. Junto al texto de San Juan aparecen las «explicaciones» de Beato, basadas en la Biblia, los Santos Padres (San Agustín, San Gregorio Magno, San Isidoro) y otros escritores, como el norteafricano Ticonio y el hispano Apringio de Beja. Además del propio texto del Apocalipsis, se suelen incluir otros pasajes bíblicos, que dan ocasión a otras ilustraciones como el Arca de Noé, Daniel en el foso de los leones o el Mapa Mundi, para situar la predicación de los apóstoles . Ilustraciones de Beatos La decoración de manuscritos hispanos de letra visigoda era muy sencilla. Apenas tenía cambios de color en la tinta o ligeros motivos ornamentales. A partir del siglo VIII, por influencia carolingia comenzó la decoración de lacería en las letras capitales y algo más tarde aves y peces por influencia musulmana. Por tanto, la decoración de los Beatos inicia un nuevo ciclo que tomando influencias italianas, carolingias y sobre todo norteafricanas, se coloca a la cabeza de la Europa cristiana en cuanto a cantidad –cada Beato suele tener alrededor de 97 miniaturas– y calidad de las ilustraciones, que se difundirán ampliamente, por la gran aceptación que tuvo este libro de Beato durante más de 500 años. Las miniaturas Desde que en el siglo XVIII el padre Flórez publicara la primera edición crítica del libro de Beato muchos han sido los que han intentado buscar relaciones entre los códices conservados para profundizar en el estudio del autor y su época. La existencia del códice más antiguo, del siglo IX, procedente de Silos, ha movido a algunos investigadores a pensar en un «primer estilo», arcaico, derivado quizás de la versión original. Las ilustraciones se encuentran intercaladas en los textos. A partir del siglo X ocupan página entera o doble página. Sería el «segundo estilo», denominado leonés o mozárabe, con una derivación hacia Zamora. En él aparecen las típicas bandas coloradas para crear espacios y perspectiva. El «tercer estilo» sería ya románico –siglos XI y XII–, con fuerte influencia internacional, produciendo obras de extraordinaria calidad y belleza, como el Beato de Fernando I, el del Burgo de Osma o el más tardío de San Andrés de Arroyo. Beatos y arte románico El estilo románico supone para Europa occidental la recuperación de una técnica perdida con la invasión de los pueblos germánicos y de una iconografía para su escultura y pintura que, superando la controversia iconoclasta, reaviva los temas figurativos del arte paleocristiano. Los Beatos van a servir de modelos para los artistas que habrán de esculpir los capiteles y pintar los murales de las iglesias. Tanto el contenido simbólico-doctrinal como su plasmación estética eran muy adecuados para la mentalidad medieval, ávida de signos transcendentes en su necesidad de evadirse de las tentaciones terrenales. La temática de las ilustraciones del Apocalipsis va a constituir el soporte argumental de la religiosidad del periodo románico –siglo XI y XII– e incluso algunos temas perdurarán con la llegada del gótico. La Lucha entre el Bien y el Mal, la idea de Cristo Juez, el premio, la tentación y el castigo, son la base de toda la teología medieval. En las portadas de las iglesias, orientadas hacia el oeste, lugar por donde se pone el sol, se coloca el Pantocrator –Cristo todopoderoso sentado en trono–, rodeado del Tetramorfos –representación simbólica de los cuatro evangelistas–. Es el Jucio Final, que se completa con la reunión de los 24 ancianos tañendo instrumentos musicales y a veces la propia representación del Cielo con los premiados y del Infierno, con los malditos devorados por Leviatán. Otros muchos temas apocalípticos conformarán programas iconográficos románicos: ángeles, monstruos, mártires, palomas, el Cordero y hasta las cenefas de los enmarcamientos, que se tranformarán en molduras y cornisas.


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