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25/04/00

TRIBUNA LIBRE: Indulgencias en el Año Jubilar

Manuel Revuelta Sañudo

Semana Santa, hora de «perdón e indulgencia», y de retomar yo el hilo de la rebelión de Lutero que dejé colgando. Iba a decir que muy poco después de haber firmado, en nombre de la Iglesia Católica, el acuerdo con los luteranos, el cardenal Cassidy, presidente del Pontificio Consejo para la unidad de los cristianos, se ponía otra vez a hablar de indulgencias. Hombre, habíamos quedado en que la predicación de las indulgencias -y no sólo porque se ofrecieran por limosnas, sino ya por el hecho en sí- fue el exceso que agotó la paciencia de Lutero. De modo que volver a lo mismo era como cuando dos se pegan en la calle y, ya casi calmados, uno de ellos repite el insulto que originó la pelea, el otro le devuelve el suyo, y empiezan otra vez. Argumentaba el cardenal que no es imaginable la celebración del Año Jubilar sin una clara referencia al perdón y al lucro de la indulgencia plenaria, tal y como se ha hecho desde hace siglos con ocasión de los jubileos. Y para más inri todavía, con vistas precisamente a este Año, Roma publicaba un «Manual de Indulgencias». No basta con ofrecerlas, hay que regularlo bien. Como se sabe, INRI era el letrero que clavaron en la cruz por encima de la cabezas de Jesús, y son las iniciales del título en latín que, traducido y leyendo la I por J, decía: «Jesús Nazareno Rey de los Judíos». Poner título de rey sobre un ajusticiado es una burla más lacerante que los mismos clavos. Eso significa el «para más inri» de arriba. Pues, en efecto, quien lo vea en frío, y no digamos en caliente como tienen que estar los luteranos después de un largo debate, aunque haya terminado en un principio de acuerdo, no puede verlo de otra manera. Como para romper la tregua, tomando, aunque sea por los pelos, un ejemplo próximo. No era necesario ni imprescindible hablar ahora de conceder o repartir indulgencias -de repartir se trata, puesto que la gente «se lucra» de lo que la «Administración» concede-. Hay otras maneras de hacer lo mismo más evangélicas y más respetuosas con un perdón y una gracia que tienen Dueño, quien además conoce mejor el corazón humano y la sinceridad de la conversión para saber lo que tiene que hacer. Que lo haya hecho la Iglesia durante siglos no es argumento válido. Más siglos todavía estuvo sin conocer siquiera esta práctica y no le pasó nada, Seculares hay muchas cosas que, precisamente por eso, se caen de viejas. Seculares son los árboles podridos y también los contrahechos debido a un torcimiento lento e insensible de muchos años. Seculares son las cosas inservibles, y en una institución secular tienen que abundar por necesidad. Aunque parezca mentira, siglos pueden tener algunos usos que, bien mirado, resultan, además de perniciosos, increíbles. La desviación de mezclar el perdón con el dinero que, como dije, Lutero no podía ver sino como un mercado de la gracia, es también una práctica secular que ha durado hasta hace bien poco (y no sé si por alguna parte continuará, no estoy muy al corriente). Todavía en los años de mi juventud la gente podía comer carne los viernes del año mediante el pago de la bula. Yo no tuve que hacer tales dispendios, porque en el seminario ya se ocupaban en la cocina de guardar la ley, y durante el verano, en aquellos tiempos de posguerra, uno se privaba de comer carne no por obligación, sino por necesidad, por no tener un mal filete que llevarse a la boca. Y obviamente tampoco tenía, ay, posibles para pasarse al marisco y pegarse un banquete como un epulón cualquiera a cuenta de la abstinencia. Patatas, alubias, y gracias. Algún comentario no muy santo, por cierto, hube de escuchar al respecto. La bula no es lo mismo que la indulgencia, pero allá le anda. Si el que comía a sabiendas carne sin bula cometía un pecado, de hecho la pagaba para librarse de él. No para que le condonaran una deuda, sino para no contraerla. La «deuda» era del mismo tipo que la de pena por pecado, por tanto también del orden de la gracia. O sea, lo mismo pero al revés. Y aquí, además, digno de verse como trampa puesta por el mismo que hacía la ley. Mírese como se mire, esta práctica secular es un intento de contabilizar materialmente -las indulgencias pueden ser parciales o plenarias, se cuentan por años, por fracciones de tiempo- realidades que son incuantificables, inmensurables, porque pertenecen a la esfera sobrenatural, al misterio de Dios. Lo terrible de algunas leyes o prácticas seculares es precisamente eso, que sean seculares, que hayan durado tanto, que hayan tropezado con tanta contumacia. Eso sucede de manera especial allí donde la conciencia de haber recibido en depósito la verdad revelada puede llevar insensiblemente a algunos a creerse en posesión de toda la verdad y a sentirme a cubierto de extravíos, imaginen lo que imaginen so pretexto de enriquecerla o protegerla. Y no juzgo ahora desde el punto de vista de los ajenos, y menos de los enemigos, que ya sabemos cuál es, sino desde el de los mismos fieles. Para algunos más clarividentes, esta persistencia pétrea de ciertos usos resulta desoladora y desalentadora. Con motivo del Jubileo se ha pedido perdón por los pecados y errores del pasado. Quizá entre ellos podrían haberse contado algunas de estas prácticas que tan desastrosos efectos tuvieron. Por lo demás, como habrá ocasión de ver, el Jubileo original es cosa muy diferente.

 

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