Introducción


El nuevo rostro de Altamira

       Más de un siglo después de su descubrimiento y unos 14.000 años después de que fuera habitada por los autores de sus pinturas, la Cueva de Altamira asiste hoy al nacimiento de una hermana gemela, una réplica del original con vocación de identidad propia y que forma parte de un proyecto mucho más amplio y ambicioso, el nuevo Museo de Altamira, que ve la luz 80 años después de la primera propuesta, una década de trámites y cuatro años de construcción. Hoy, los Reyes de España acompañados del presidente regional, José Joaquín Martínez Sieso, y la Ministra de Cultura, Pilar del Castillo, junto a otras autoridades estatales y regionales, inaugurarán este museo que aspira a ser un referente de la Prehistoria en Cantabria y que abarca conceptualmente la comunidad artística y cultural del Paleolítico, que se extendió desde la península Ibérica a los Urales, pero que tiene a Altamira como un hito cultural que desbordó el ámbito local. A pesar de las plurales y numerosas piezas de la exposición permanente, que estará dotada de avanzadas tecnologías y elementos interactivos y audiovisuales, la réplica de la Cueva de Altamira es sin duda la estrella del proyecto y supone la culminación de una vieja aspiración que ya se apuntaba a principios de siglo y que empezó a cobrar fuerza tras su cierre definitivo en 1977, una vez probado el negativo efecto que la avalancha de visitantes de las últimas décadas había producido en los polícromos de la «capilla sixtina» del arte rupestre. Así pues, el proyecto de la réplica, tal y como se ha concebido en la actualidad, lleva gestándose dos décadas. La idea de la construcción surgió ya a principio de los años 80, cuando en 1982 se reabrió la cueva original al público estableciéndose un estricto control de las visitas que limitaba la entrada a 8.500 personas al año. Sin embargo el verdadero impulso no se produjo hasta mediados de los años 90. En 1992 se modificó el proyecto que tenía el Ministerio de Cultura y se definieron las líneas del actual diseño museológico y del concepto de réplica que se ha ejecutado. En 1995 el pintor y arquitecto cántabro, Juan Navarro Baldeweg presentó el anteproyecto del edificio encargado por el Ministerio para albergar tanto la réplica como el nuevo museo, y en 1996 la Fundación Marcelino Botín dio un nuevo impulso al aportar 500 millones de pesetas para el proyecto. Un año más tarde se firmó el convenio institucional que permitió la construcción y financiación de todo el proyecto y en febrero de 1997 se formalizó este protocolo, con un presupuesto inicial de 2.340 millones de pesetas, y la intervención del Gobierno regional, la Fundación Marcelino Botín, los Ministerios de Hacienda y Cultura, y el Ayuntamiento de Santillana del Mar. Estas instituciones pasaron a constituir el Consorcio de Altamira, órgano encargado de gestionar y financiar la construcción de todo el proyecto, que abarca desde el edificio, a la neocueva, la exposición permanente, el centro de investigación y el parque que rodeará el museo. Estaba pués en marcha el «nuevo rostro de Altamira», que aun tuvo que afrontar algunos retrasos más, pués la fecha inicial de inauguración se fijo para el año 1999 y fue sufriendo sucesivos aplazamientos. Como los plazos, el presupuesto inicial se ha incrementado hasta rondar los 3.800 millones de pesetas, ya que se han mejorado o ampliado algunas partes del proyecto. Ahora que el nuevo Museo es una realidad, Altamira se enfrenta a una serie de nuevos retos que figuraban como objetivos principales en la constitución del Consorcio. Junto a los programas de investigación, la neocueva apuesta por convertirse en un referente del turismo de la región y en un motor dinamizador de la economía, apoyado en los más de 300.000 visitantes que se calcula que visiten la réplica a lo largo del año. Una réplica que no pretende sustituir al original, si no facilitar el conocimiento de los tesoros que alberga ésta, incrementando la información que aporta al visitante apoyado en recursos complementarios, como audiovisuales, hologramas y nuevas tecnologías que situarán al espectador en la Altamira de hace 14.000 años, cuando sirvió de morada a los autores de la sala de polícromos.