El yacimiento prehistórico

   Joaquín González Echegaray

       La cueva de Altamira no sólo es un hito fundamental para el estudio del mundo paleolítico en virtud del tesoro extraordinario de sus pinturas y grabados rupestres, sino que, a este patrimonio artístico, une la existencia de un importantísimo yacimiento paleolítico donde aparecen los restos, ricos y abundantes, de la ocupación humana de aquel lugar durante milenios. Esta circunstancia no sólo permite encuadrar mejor cultural y cronológicamente el mundo de las representaciones rupestres, sino que en sí misma supone un acerbo de conocimientos acerca de las sociedades de pueblos cazadores, que están en la base del desarrollo histórico de la Humanidad.
El yacimiento prehistórico de Altamira fue inicialmente explorado por Marcelino Sanz de Sautuola en 1876, antes incluso de que se descubrieran las famosas pinturas rupestres. Después excavaron en él algunas de las grandes figuras de los estudios prehistóricos, como E. Harlé, E. Cartailhac, H. Breuil, H. Alcalde del Río y otros. Fue en 1924 cuando Hugo Obermaier tomó a su cargo las nuevas excavaciones científicas y sistemáticas en Altamira, trabajos que se prolongaron en 1925, y en los que colaboraron los científicos más importantes del momento, como el propio Breuil, el Conde de Bégouën, el Conde la Vega del Sella, G. G. Mac Curdy y otros. Los resultados de estas excavaciones fueron publicados en la monografía La Cueva de Altamira de 1935.
Desde entonces nadie había vuelto a trabajar en este famoso yacimiento, hasta que a finales de 1980 y en los comienzos de 1981 decidimos reemprender las investigaciones nosotros mismos en colaboración con el profesor L. G. Freeman de la Universidad de Chicago y los profesores españoles F. Bernaldo de Quirós y V. Cabrera. La situación conflictiva, no científica, que suele rodear siempre todo lo que se refiere a la cueva de Altamira, aconsejó suspender los trabajos, que aún siguen pendientes de una futura reanudación.
El yacimiento prehistórico de Altamira es de una importancia extraordinaria. Sabemos, en primer lugar, que los hombres del Paleolítico acamparon en torno a la cueva, al menos desde los tiempos del Paleolítico Inferior y Medio, hace más de 70.000 años, como demuestran los hallazgos aislados de hachas de mano y de lascas que han sido justamente atribuidas a tales culturas.
La falta de sondeos en profundidad no nos permite saber nada sobre las ocupaciones humanas de la cueva en torno a los comienzos del Paleolítico Superior, entre los años 30 y 20.000, pero sospechamos que estos niveles de ocupación deben existir en el yacimiento a mayor profundidad de lo hasta ahora excavado. De hecho los estratos estudiados se refieren a los tramos más recientes del Paleolítico Superior, es decir, entre los años 19.000 y 13.000 antes del presente. Han delatado la presencia de dos etapas o culturas, bien conocidas en Europa, los períodos Solutrense y Magdaleniense, que, en efecto, coinciden con el momento en que se decoraron artísticamente los techos y paredes de la cueva.
El nivel Solutrense nos ha ofrecido numerosos hallazgos de utensilios de piedra tallada, especialmente puntas de flecha o jabalina, de gran belleza, con la típica técnica de retoque escamoso obtenido por presión. También nos ha ilustrado ampliamente acerca de la fauna, objeto de las cacerías del hombre, entre cuyas especies figuran el ciervo, el reno, los grandes bóvidos (bisontes y uros), los caballos salvajes y otros herbívoros. El nivel Magdaleniense, más moderno, nos ha dado a conocer una riquísima industria de hueso y asta, con la que elaboraron los proyectiles destinados a la caza. Igualmente nos ha ofrecido una espléndida colección de obras de arte sobre huesos, con bellas representaciones principalmente de figuras de ciervo, las cuales declaran su innegable parentesco estilística con las propias figuras rupestres de las paredes de la cueva.
También nos han mostrado uno de los sistemas de «cocinar» de aquellas gentes, envolviendo la carne, el pescado o el marisco en hojas y depositándolo en el interior de unas brasas.
La cueva, en cuyo vestíbulo se habían ido produciendo a lo largo del tiempo varios derrumbamientos del techo, fue definitivamente abandonada por los cazadores hace aproximadamente unos 13.000 años, tras un último hundimiento de la bóveda, según el resultado de los análisis del radiocarbono.