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mapa indonesiaEn Julio de 2005, el viajero y fotógrafo Eduardo Lostal se adentró, con la única compañía de su guía autóctono Thony y de un puñado de porteadores nativos en el ancestral mundo de Irian Jaya (Papua Occidental), el rincón más salvaje del planeta. Su intención era contactar a los hombres mono, los caníbales korowai. El viaje se convirtió en una experiencia única, un auténtico reto como viajero, plagado de anécdotas y situaciones novelescas.
Este reportaje pretende ser una especie de cuaderno de viaje, mediante el cual, Lostal nos narra su aventura en tierra caníbal.

 

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fotoDesde el interior de la tienda de campaña escuche gritos.
Ya estaba acostumbrado a que, entre ellos, se comunicaran de forma un tanto exagerada, así que, en un principio, no di mayor importancia a las voces que provenían del exterior.
Sin  embargo, el griterío se hizo cada vez más intenso y comencé a percibir cierto grado de agresividad en las entonaciones, por lo que salí de la tienda a comprobar qué pasaba.
Claramente, Thony estaba enfrascado en una fuerte discusión con el jefe del poblado. La cosa parecía seria, pero los ya habituales aspavientos de los Korowais ,cuando debatían con ardor, no me provocaron ninguna inquietud.
De pronto, todo cambió. Justo antes de retirarse, el gesto del jefe, se me antojó mucho más amenazante que en veces anteriores, y la cara de Thony denotaba preocupación.
Entonces, Boas se dirigió hacia el resto de los porteadores  y, en pocos minutos, todos estaban armados con arcos y flechas a nuestro alrededor.
Le pregunte a Thony si pasaba algo.                                                                               “Tranquilo”- me contestó –
La respuesta no me convenció…
 “Entonces, ¿porque cogen los porteadores sus arcos y flechas?” – Insistí -.         
El jefe del poblado nos pide demasiado por pernoctar aquí. Me he negado y nos ha amenazado. Dice que piensa volver con más guerreros” -me explicó Thony, con gesto un tanto desencajado-.
“Volver, ¿a que?” - pregunté yo -.
Esta vez, Thony no se anduvo por las ramas : “ ha amenazado con matarnos”.

La primera vez que oí hablar de Irian Jaya fue en  1991.
La isla perdida; junglas impenetrables, tribus caníbales que seguían ancladas en la edad de piedra.  Un mundo tan misterioso y peligroso como enormemente atractivo para mí.
Yo ya me encontraba en la isla de Papua, en la parte oriental, la independiente, en compañía de mi ex-mujer Patricia. Eran mis primeros escarceos en el área de la fotografía étnica, una de mis primeras incursiones en culturas de otros tiempos. Una afición que iba a ir a más con el paso de los años.
John era un joven americano, de unos treinta y pico, informático de profesión. Se había tomado un año sabático para realizar el viaje de sus sueños, y en ese sueño coincidimos con él durante una travesía por el río Sepik.
Todo lo que estaba conociendo y viviendo en esa primera visita a Papúa me resultaba fascinante; una cultura ancestral, nativos que se pintaban con llamativos colores y adornaban sus penachos con plumas de aves del paraíso… Todo, tal y como yo había visualizado de pequeño en mis viejos álbumes de cromos de “vida y color”.
Sin embargo, aquella primera experiencia comenzó a saberme a poco tras hablar con John. Él me descubrió un mundo mucho más recóndito y primitivo, donde aún podías experimentar la emoción de un primer contacto con tribus casi paleolíticas. Por primera vez escuché aquel nombre: Irian Jaya, que significa “tierra caliente victoriosa”.  El lugar más remoto y salvaje de la Tierra. 
John estaba a punto de adentrarse en Irian Jaya. Con la sola compañía de un guía y unos porteadores nativos, se disponía a internarse en las tupidas selvas de Papúa en busca de sus inquietantes e imprevisibles moradores.
En ese momento, la decisión y el arrojo de aquel  americano me llamó la atención.
Nada me hacia presagiar que catorce años más tarde, yo haría exactamente lo mismo.

fotoCon frecuencia me he preguntado de donde proviene mi afición por los viajes a países remotos; a zonas del planeta que aún te ofrecen un cierto grado de aventura y te hacen sentir más libre y más vivo.
De otra parte está mi faceta artística. Desde pequeño mantuve una estrecha relación con el mundo de la imagen, hasta llegar al área de la fotografía, íntimamente ligada al universo de los viajes y a un tan inesperado como creciente interés por la etnografía, y por reflejar culturas y formas de existencia humana que, aunque en muchas ocasiones parecen trasladarte a épocas pasadas, no por ello - y esto es lo mas sorprendente de todo -, dejan de ser tan contemporáneas como lo es la sociedad que conocemos y a cuyos valores, virtudes y defectos, la mayoría de nosotros pertenecemos…
Con el tiempo creo haber encontrado la respuesta a esta pregunta.
Mi abuelo materno ha sido probablemente uno de los miembros más desconocidos de mi familia. El hecho de que fuera mexicano y que viviera en aquel país, unido a su prematura muerte - cuando yo era todavía un niño -, hizo que mi trato con él fuera mínimo y apenas supiera de su vida nada, más allá del salvoconducto, firmado de puño y letra por el mismísimo Pancho Villa, que mi madre tenía enmarcado en casa, y que estaba a nombre de mi abuelo Manolo.

No hace mucho tiempo, mi madre me mostró unas viejas películas en 16 milímetros, en las que se veía a mi abuelo durante varios safaris a África, que había realizado a mediados del siglo XX.
Rodeado de nativos semidesnudos, empuñando arcos y flechas, mi abuelo se introducía en las entrañas de un enorme elefante abatido.
Las vestimentas, el atrezzo, el escenario, y el sabor del blanco y negro, me hacía pensar que, en cualquier momento, un grito atronaría en la selva y aparecería Tarzán, descolgándose con lianas, tal y como tantas veces había visto en el cine.
Más tarde encontré distintos recortes de la prensa de San Luis Potosí, en México, que narraba las peripecias africanas de mi antepasado durante una de sus expediciones.
Junto a esos recortes, había otros que hablaban de una faceta artística y de varias exposiciones de pintura que D. Manuel Piñero había protagonizado o producido.
Me vi reflejado en todo aquello.
Al final, el miembro más desconocido de mi familia iba a convertirse, por obra y gracia de los genes, en el que más me había  influenciado  en una de las facetas más pintorescas de mi vida.
Por supuesto, desde muy pequeño seguí con pasión las aventuras y peripecias de los más grandes viajeros y exploradores de la historia. Y sobre todos ellos: el reportero Tintín.

Fue a raíz del safari que realicé a Kenia y Tanzania, en 1990, cuando comencé a sentir mi inclinación por el descubrimiento de mundos y experiencias nuevas y excitantes.
Los 27 días que pasé acampado en la sabana africana, en medio de la naturaleza más pura y salvaje,  aquella intensa sensación de libertad, me marcaron como viajero.
Un año después, viajé por primera vez a la isla de Papúa, a la parte oriental, conocida como Papúa Nueva Guinea, y que, a diferencia de la parte occidental, que pertenece a Indonesia, es independiente.
En Papúa tuve mi primer contacto con las ancestrales culturas de las tribus de la zona: los Huli, los Arapesh…
Mi interés por la etnografía, y por la fotografía, enmarcada en esa área acababa de nacer.
Como ya dije antes, fue allí donde conocí a John y donde tuve por primera vez conocimiento de la existencia de Irian Jaya y de las tribus que se escondían, ajenas al resto del mundo, en sus tupidas, y casi inaccesibles junglas.
Todo aquello me resultaba apasionante, enormemente atractivo, pero entonces, la posibilidad de embarcarme en una expedición al interior de las selvas de Irían Jaya se me antojaba un reto excesivamente peligroso, fuera de mis posibilidades. Sin embargo, la idea nunca se me iría de la cabeza.
Durante catorce años, me fui curtiendo como viajero y como fotógrafo, y mi capacidad para adentrarme en zonas remotas y adaptarme a sus exigencias de todo tipo fue a más.
En agosto de 2004, recién regresado de Guatemala, tomé la decisión: el próximo verano afrontaría el reto, me adentraría en lo más profundo de Papúa occidental, viajaría a Irian Jaya.

fotoSon muchas las tribus que habitan Papúa Occidental. Los más populares son los Dani que se asientan en el valle de Baliem, la zona mas accesible y conocida por los escasos treckers y viajeros que se deciden a visitar Irian Jaya.
Sin embargo, yo estaba decidido a ir más allá.
A medida que recopilaba información sobre la isla, iba adquiriendo conocimientos sobre otras etnias mucho más remotas y, por tanto, menos acostumbradas a la visita del hombre blanco: los Lani, los Yali, los Asmat, los Korowai, los Kombai, los Una…
De todos estos grupos yo me centre principalmente en dos: los Yali de las montañas - cercanos a los Dani, pero instalados  en un área de mucho más difícil acceso y mucho más puros en cuanto a la influencia occidental – y, sobre todos, los Korowai, ocultos y protegidos del resto de la humanidad por una densa y cenagosa selva.
Internarme en territorio Korowai, un lugar donde pocos occidentales se habían atrevido a llegar, habitado por algunos de los grupos más belicosos y agresivos del planeta, aún hoy caníbales, y que construyen sus  casas en las copas de los árboles, iba a convertirse, sin lugar a dudas, en el reto más exigente de todo el viaje.

 

Lo que sí tuve muy claro desde el momento que tomé la decisión de embarcarme en la aventura de Irian Jaya, es que iba a ser fundamental prepararme a fondo.
 Mis anteriores viajes me habían dotado del bagaje y la experiencia necesaria, para saber que la condición física es esencial para disfrutar de la experiencia, e incluso, para salir sano y salvo de ella.
Irian Jaya iba a ser una vivencia muy exigente físicamente, por lo que, desde el primer día me dispuse a realizar, durante los 10 meses previos al viaje, un entrenamiento planificado específicamente para la ocasión.
Y que decir del aspecto psicológico. Adentrarte en mundos tan dispares al nuestro como las selvas de Irian Jaya, es algo que requiere un alto grado de adaptación y una adecuada mentalización.

En enero de 2005 comencé a dar realmente forma al proyecto. Leí mas sobre la zona, busqué en Internet, y me puse manos a la obra para encontrar una agencia especializada en este tipo de viajes, que se encargara de la infraestructura, las reservas de vuelos, el asesoramiento, y con la que planificar adecuadamente la ruta.
No creí que sería tan difícil encontrar alguien interesado en encargarse de la organización de la expedición. Especialmente cuando explicaba las zonas dónde  estaba dispuesto a llegar.
La mayoría de las agencias que trabajan en Irian Jaya centran su actividad en los alrededores de Wamena y en el valle de Balien. Un recorrido por territorio Dani, que reduce sustancialmente el nivel de exigencia del viajero.
Sin embargo, alcanzar territorio Yali, y sobre todo, internarte en las lowlands, y sus impenetrables selvas, era harina de otro costal.
El otro problema era el coste del proyecto. Desplazarte grandes distancias por las montañas o selva a través, sería durísimo, y, desde luego, llevaría meses, por lo que necesitaríamos contratar avionetas que nos acortaran los trayectos.
 Me di cuenta, entonces, que iba a tener dos alternativas: o reducía la expedición a un área mucho más accesible y me olvidaba de penetrar al corazón de Irian Jaya, o asumía el reto de afrontar el viaje en solitario, tal y como hizo John catorce años antes.
No lo dudé. Seguiría adelante.

Cuando decidí trabajar con la misma agencia con la que había viajado a Camerún dos años antes, lo primero que les dije es que no quería abandonar Irian Jaya con  la sensación  de que dejaba cosas por ver y que me había quedado en la superficie.
Ellos me respondieron que esa sensación sería inevitable, porque las selvas de Papúa aún esconden mucho más.
Me explicaron que podría incluso aspirar a un primer contacto con algún grupo tribal, pero que ellos no estaban dispuestos a acometer semejante objetivo.
-“Deberá ser por cuenta tuya”- me dijeron- “y debes tener claro que te jugarías literalmente la vida”.
También me dejaron muy claro que si me adentraba en las “lowlands”, en territorio Korowai, no podría ser evacuado pasara lo que pasara.

-“Deberás entrar con tus propias piernas, y esas mismas piernas deberán sacarte de allí; tanto si caes enfermo, como si sufres algún accidente. Una vez en el interior de aquella jungla estarás sólo y prácticamente ilocalizable”.

fotoSegún iba recopilando más y más información sobre los distintos habitantes de aquellas inmensas y misteriosas extensiones cubiertas de agua y vegetación, me di cuenta que las advertencias eran absolutamente fundadas.
La llamada “línea de pacificación”  es una especie de frontera natural que puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte para el hombre blanco. La separación  entre  el espacio de selva donde el extranjero es tolerado y allí donde los Korowai Betul - The Stone Korowais, como son conocidos en la zona -, han decidido mantenerse absolutamente aislados del mundo y no permiten el menor  intrusismo.
Los Betul son una rama de los Korowai tremendamente belicosa. Temida incluso por el resto de sus vecinos.
Me apasionaba la idea de llegar a contactar a esta gente, pero pronto me di cuenta que podría realmente jugarme la vida en el empeño.
Leí sobre varios reporteros - incluido un equipo del National Geographic -, que habían intentado ir más allá de la “línea de pacificación”. En todos los casos debieron salir huyendo casi inmediatamente, porque su seguridad comenzó a correr serio peligro.
Decidí no arriesgar tanto y olvidarme por ahora de los Betul. 

Cuando  comenté a la agencia que estaba dispuesto a seguir con la idea en solitario, la respuesta no fue la esperada.
No les vi convencidos. Me describían el acceso a territorio Yali como altamente peligroso debido a los precipicios y a los puentes semidestruidos que deberíamos atravesar.
Además, intentaron persuadirme de intentar el encuentro con las tribus Korowai, dibujando un ecosistema auténticamente infernal, para nadie que no estuviera acostumbrado: serpientes venenosas, sanguijuelas, arenas movedizas, un calor y una humedad demoledores, y unas caminatas   durísimas con el fango y el agua por la cintura…
Me contaron que la última vez que se encontraron con unos occidentales que se habían internado en aquella selva - un grupo de italianos -, estaban desencajados, exhaustos y absolutamente demacrados. Describían la experiencia como “una pesadilla”, y además, tampoco habían sido capaces de avistar un solo Korowai, algo de lo que también fui advertido que podría ocurrir, debido al carácter nómada de este grupo, que no siempre es fácil de localizar en la jungla.
-“En la selva, los Korowai pueden hacerse invisibles para el visitante. Puedes ser observado, escudriñado a poca distancia por ellos sin que tú seas capaz de percibir su presencia. Encontrarles o no encontrarles  depende más de su propia decisión. En realidad tu poco puedes hacer;  si despiertas su curiosidad, serán ellos los que te encuentren a ti”.

Por si fuera poco, el precio que pedían los misioneros jesuitas por disponer de sus avionetas, para reducir trayectos era altísimo, y el montante total de la expedición, para ser soportado por una sola persona, alcanzaba ya números que superaban el esfuerzo que estaba capacitado a realizar.

Estaba ya a principios de junio, quedaba poco más de un mes para la fecha prevista para la partida, y todo el proyecto parecía tambalearse.
Por primera  vez, me encontraba un poco desconcertado y empezaba a pensar que quizás debiera aplazarlo para mejor ocasión.

Entonces, tuve mucha suerte.

Quedaban poco más de 15 días para la fecha de partida y empezaba a resignarme a ceñir el viaje al valle de Baliem, cuando casualmente oí hablar de un periodista cántabro, que había realizado varios reportajes en distintos campos de refugiados, y que estaba a punto de marchar con su mujer a Irian Jaya, para pasar una semana en el Baliem.
Conseguí localizarle  y él fue quién me puso en contacto con Alfonso Carrasco, un madrileño que dirigía una pequeña agencia especializada en Indonesia, y que ya sabía lo que era llevar a profesionales - especialmente reporteros y antropólogos -, a las zonas más remotas de las islas.
Carrasco conocía Indonesia al dedillo, y sus contactos en Papúa, empezando por los guías, eran de los mejores del lugar..
Le expliqué a Carrasco lo que pretendía y vio factible el proyecto.  Se comunicó con sus contactos de Yayapura y pronto tuvimos un itinerario que nos permitiría, con la ayuda imprescindible de las avionetas misioneras, acceder a territorio Yali y a territorio Korowai y Kombai.
El coste de la expedición seguía siendo alto, pero se había reducido sustancialmente, y yo estaba decidido a acometerlo.
Volví a interesarme por los Stone Korowais y la “línea de pacificación”, pero la respuesta fue idéntica a la de sus predecesores: ellos nunca traspasarían esa línea y… “allá tú si te aventuras a hacerlo”.
Nuevamente aparqué la idea.
En pocos días, Carrasco me consiguió los permisos necesarios para entrar en Papúa Occidental y las tierras altas de la isla. El primero acababa de ser impuesto un par de semanas antes por las autoridades indonesas, el segundo, el “Surat Jalan”, solía llevar casi un día de estancia personal en Yayapura, para su obtención. Yo acababa de ahorrarme ese día. Desde luego, Alfonso Carrasco sabía lo que se traía entre manos.
Fijamos una fecha de salida: su contacto en Jakarta me estaría esperando el domingo 10 de julio. Yo debería salir de España, el 9 de julio.

fotoA principios de junio comencé a preparar el equipo.
Mis viejas botas no eran adecuadas para el nivel de humedad y de agua que iban a tener que soportar,  así que me compré otras más altas, complementadas por unas polainas para protegerme mejor de las mordeduras de las sanguijuelas..
El agua se aparecía como uno de los grandes obstáculos a superar -  especialmente durante  el trecking en la selva -. Llovería abundantemente y la mayor parte del terreno podía quedar anegado de agua, que puede llegarte hasta la barbilla en más de una ocasión.
Compré mochilas y bolsas estancas para proteger la ropa, el equipo fotográfico y la documentación.
Para el recorrido por las montañas que integraban el territorio Yali, me preocupaba el radical cambio de temperatura que se producía al atardecer, y que podría pasar de los 30 grados al medio día a cerca de cero grados durante la noche. Si ese cambio te  coge empapado en sudor, el resultado es obvio, y si algo me parece imprescindible evitar en  situaciones tan adversas, es caer enfermo.
Por eso, me compré varias camisetas de nueva tecnología, cuyo tejido te mantiene seco por dentro.
El botiquín también sería importante y esta vez lo doté mucho más concienzudamente que en otras ocasiones, incluyendo jeringas y agujas por si fuera necesario inyectarme antibiótico por vía intravenosa, algo en lo que prefería no pensar…

En sanidad exterior ya me conocen; saben de mis viajes y de mi interés por llegar a zonas, normalmente poco recomendadas.
Pero esta vez, cuando mencione Irian Jaya, la doctora me miró con estupor.
Otras veces ya había intentado persuadirme de mis planes sin éxito, así que en esta ocasión ni lo intentó.
El 7 de julio revisé por última vez el equipaje. Todo estaba preparado, la cuenta atrás había comenzado…

Las noches previas a la partida me notaba inquieto; no lograba dormir bien.
La adrenalina hervía en mi interior. La ansiedad iba en aumento y se mezclaba con un cierto desasosiego, que me producía el temor a lo desconocido.
Tenía dudas sobre mi propia capacidad para superar las adversidades de todo tipo en que podía verme envuelto; “¿me habría embarcado en una aventura excesivamente grande para mí…?”
Mi estado de excitación estaba por las nubes y mi motivación era cada vez mayor.
Me encanta esa sensación de dejarte llevar rumbo a lo desconocido, de esa especie de calma tensa que experimento los momentos previos a un viaje de estas características.
Me gusta reunirme con mis amigos a modo de despedida y darme algún lujo de los que no tendré a mi alcance durante algún tiempo. Trato de alargar y de sentir el paso de las horas…

El viernes 8 de julio, a primera hora de la tarde iba a tomar un avión hacia Madrid.
Por la mañana traté de relajarme. Desayune en El Sardinero, me di una sauna en el Club de Tenis y paseé por Reina Victoria y la península de La Magdalena, disfrutando de aquella belleza, que ese día me parecía aún más espectacular.
He viajado a lugares maravillosos, pero siempre he tenido la sensación de tener el listón muy alto, de tener la fortuna de vivir en uno de los parajes más bonitos del mundo…A veces, se me pasaba por la cabeza la posibilidad de no volver a ver nunca la costa de Cantabria….
Por primera vez, me parecía percibir cierta preocupación y temor en todo el mundo por mi causa: mis padres y hermanos, mis amigos…Lo notaba en su mirada cuando se despedían.
Tras disfrutar de una buena cena, en compañía de mis amigos, en Madrid, decidí acostarme; “ mejor empezar bien descansado”…

Mi primer imprevisto no tardo en llegar, pero no tuvo nada que ver con las peculiaridades de trasladarme  prácticamente a la Edad de Piedra, sino, por el contrario, de los frecuentes contratiempos que te depara el mundo del desarrollo y de la alta tecnología: el vuelo que debía tomar en el aeropuerto de Barajas tenía previsto una hora de retraso.
Como consecuencia, estaba claro que perdería la conexión a Yakarta, en el aeropuerto de Bangkok.
Una de las frases más utilizadas del swahili, y que más engarza con la mentalidad africana es “a kuna matata”, “no pasa nada”. Así que pensé: “a kuna matata”, “ya resolveré este problema cuando llegue a Bangkok”. 
La verdad es que aquella mañana me sentía como en una nube. Desde el momento que pisé el aeropuerto, desconecté de todo el stress, prisas y demás sentimientos, inherentes a la sociedad en que vivimos por estas latitudes, y me sumergí de lleno en la diferente mentalidad del mundo al que me dirigía, el cual no entiende de ese tipo de sensaciones.
Estaba absolutamente centrado en la vivencia. Totalmente mentalizado para acatar y adaptarme a cualquier imprevisto u obstáculo que se interpusiera en el camino. Así que, un simple retraso del vuelo no iba a interrumpir  aquella especie de “nirvana”.
Mucha gente se agobia en los aeropuertos, pero para mí representan la puerta hacia la libertad, el pasadizo hacia el gran mundo que te espera al otro lado, dispuesto a enriquecerte y abrir tu mente a nuevas ideas y filosofías de vida.
Al desprenderme del equipaje en el mostrador de facturación, tengo la sensación de quitarme también la carga del día a día. Me siento liberado y me dejo llevar pacientemente hacia el destino elegido.
De pronto, como por arte de magia, te encuentras dentro de un pintoresco hormiguero de razas y culturas que no se parecen en nada a lo que ves habitualmente: negros, orientales, maletas, mochilas, pierceings, turbantes, sarhis, sombreros téjanos… 
Son tus “nuevos vecinos”. Ahora eres un  “ciudadano más del mundo”…

fotoEl trayecto entre Madrid y Bangkok me llevaría catorce horas de vuelo.
Entre película y película, comida y cena, y el intercambio de alguna palabra con la pareja, en luna de miel, que estaba sentada a mi lado, la verdad es que catorce horas, con la vista clavada en el respaldo de enfrente, dan para pensar.
Las dudas y temores sobre lo que me esperaba en Irian Jaya no dejaban de visitarme de vez en cuando y, ahora que me dirigía definitivamente hacia allí, se acrecentaban cada vez más. Canibalismo, Stone Korowais, precipicios, serpientes venenosas …Eran ideas que me inquietaban y entraban en conflicto con mi determinación y  mi entusiasmo.
De alguna manera, aquella experiencia iba a convertirse en la prueba del algodón. Iba a determinar si el concepto que tenía sobre mí mismo como viajero se ajustaba a la realidad o, por el contrario, era ficticio.
De otra parte, era la primera vez que me embarcaba en un viaje de estas características  en solitario. No tenía ni idea de cómo sería mi guía y los portadores que estaban llamados a ser mis únicos compañeros de viaje.
Si me pasara algo, ¿en quién me apoyaría?, ¿estaría mi vida a salvo en manos de estos desconocidos?, ¿podría verme abandonado en mitad de la jungla al menor contratiempo? … Recordaba las advertencias de la primera agencia que contacté: “una vez en el interior de la jungla estarás sólo y prácticamente ilocalizable”. Ya era demasiado tarde para ese tipo de preguntas; no me quedaba otra opción que confiar en ellos.
Con una hora de retraso sobre el horario previsto, el avión tomó tierra en el aeropuerto de Bangkok.
Una vez allí, pude resolver el problema de la pérdida de conexión con el vuelo a Jakarta, motivado por el retraso en Madrid, y fui reubicado en el último avión de la tarde con dirección a la capital indonesa,  un vuelo de la compañía Lufthansa, que saldría ocho horas después.
Con tanto retraso, dispuse de muy poco tiempo para descansar  del largo viaje en el cómodo hotel que había reservado en Jakarta para tal fin.
Con los primeros rayos de sol, tras haber  cerrado los ojos poco más de hora y media en la habitación del hotel, vino a recogerme un joven indonesio, que debía llevarme de vuelta al aeropuerto, para tomar el vuelo hacia Yayapura, capital de Papúa Occidental.
La conversación que mantuve con aquel joven resultó tan breve como impactante y consiguió alimentar aún más mis dudas y temores.
El joven de la agencia se había informado del destino de mi viaje a Irian Jaya y. desde el primer momento, intentó persuadirme de la idea.
“la provincia está cerrada a occidentales desde hace meses”-me dijo - “sólo se les facilita la entrada a aquellos a quienes se haya concedido el nuevo permiso para viajar a la isla  ”
Yo le mostré el impreso que Carrasco había conseguido para mí en la Embajada de Indonesia poco antes de mi partida.
“¿Cómo lo ha conseguido?; este permiso es muy difícil de obtener”- Parecía asombrado-.
Yo, la verdad, no sabía que responder. Sólo sabía que para Carrasco había resultado relativamente fácil, y también sabía que el madrileño estaba muy bien relacionado en la embajada…
“¡Cómo que la provincia está cerrada!, ¿por qué motivo?”-Aquello me había llegado al alma-
“Es muy peligroso”- dijo-. ,"hay grupos independentistas refugiados en las selvas, y las tribus también andan revueltas. El gobierno indonesio no deja entrar prácticamente a nadie; ni turistas, ni periodistas… Podrían incluso desconfiar de las intenciones de tu viaje y poner agentes  para seguir tus pasos, con el fin de  evitar el tráfico de armas”
La verdad, ¡yo flipaba!; ¿qué me estaba contando aquel tipo?, ¿sería cierto todo aquello?. Y,si el Gobierno indonesio había realmente cerrado la entrada de extranjeros a Irian Jaya, ¿por qué habían hecho una excepción conmigo?... No entendía nada.
Cuando me quedé sólo en el aeropuerto de Jakarta, después de que el joven me diera el número de un contacto en Bali por si se me presentaran problemas, no lograba sacarme de la cabeza aquella conversación.
Llevaba meses intentando mentalizarme sobre los riesgos de internarme en aquella selva y entrar en contacto con seres humanos que siguen practicando el canibalismo ritual, pero nunca se me pasó por la cabeza que Papúa estuviera viviendo un conflicto armado, ni que estuviera vetada al resto del mundo. “¿Me estaría metiendo realmente en la boca del lobo…?”
Por primera vez, me sentía inquieto de verdad. Llegué a pensar incluso en quedarme en Yakarta, y no dar un paso más hasta que alguien me aclarara realmente la situación. Pero ya había llegado muy lejos y la idea de abandonar me resultaba demasiado frustrante, de modo que saqué mi tarjeta de embarqué y me dirigí hacia el vuelo que debía llevarme Yayapura.

En la sala de embarque, mientras esperaba la hora prevista para el despegue, decidí contar el número de occidentales que viajarían en aquel avión:.. ¡vaya, éramos seis! : un equipo de televisión italiana, compuesto por una mujer y dos hombres, un francés con aspecto de ejecutivo, que desentonaba bastante con el resto del pasaje, y otro hombre, con pinta más bien descuidada, cuya nacionalidad no logré descifrar… Por lo menos no viajaba sólo. Al parecer,  la isla no estaba tan cerrada como me había informado mi inquietante contacto en Yakarta. Me sentí más aliviado. Pero por poco tiempo; el avión que me llevaba hasta Yayapura debía realizar dos escalas previas en su trayecto. La primera en Bornéo, donde perdí de vista a los reporteros y al de nacionalidad no identificada. La segunda escala tenía lugar en la isla de Biak, muy próxima a Papúa y codiciada por los amantes al buceo.
Cuando estaba a punto de reiniciar el definitivo despegue hacia Yayapura, me di cuenta que el francés ya no estaba en el avión.
Efectivamente, el único extranjero que se disponía a entrar en Irian Jaya era yo. Sólo yo.

fotoNo tuve duda de que había llegado a Papúa.
Los típicos rasgos australoides de sus habitantes se me habían quedado grabados en mi anterior visita a la isla. Su nariz ancha y sus robustas y marcadas quijadas confieren a esta gente un aspecto fiero. Si a esos rasgos les añades la ornamentación típica de los grupos tribales, el resultado puede cortarte la respiración.
En el aeropuerto de Sentani, en Yayapura, todo el mundo me observaba con curiosidad.
Pregunté si hacía mucho que no llegaba allí un hombre blanco y me confirmaron que no habían visto más de cinco o seis en los últimos dos meses. 
Lo primero que le pregunté al hombre de la agencia encargado de llevarme al hotel en Sentani fue sobre las advertencias de su homólogo en Yakarta.
Me mostró extrañeza.                                                                                                       
Los problemas con la guerrilla independentista se limitan al área de Timika, al suroeste de la isla”-me dijo-.
Sí me confirmó que la ya habitualmente escasa presencia de extranjeros,  especialmente en las “tierras altas” y en las áreas selváticas, había decrecido considerablemente en los últimos tiempos.
Cuando llegué al hotel de Sentani, empezaba a anochecer.
A pesar de las 44 horas de viaje que llevaba sobre mis espaldas, y de que apenas había dormido tres horas desde mi salida de España, aún no notaba que me venciera el cansancio. Pero sabía que todo era cuestión de relajarme y echarme en la cama.
A las ocho de la mañana del día siguiente cogería un nuevo avión que me llevaría directamente a Wamena, capital del valle de Baliem, donde comenzaría definitivamente la ruta que habíamos diseñado. Así que decidí cenar y aprovechar las diez horas que tenía por delante para dormir y recuperar la frescura.
Durante mi primera cena en Irian Jaya tenía una sensación extraña. El hotel, el único de la provincia con un cierto nivel de confort, estaba prácticamente vacío. La noche era muy cerrada y la iluminación brillaba por su ausencia. El comedor, situado junto a la piscina, se abrió para mí.                                                                                           .
Mientras cenaba, en medio de un silencio intenso, empecé a ser consciente de dónde estaba; Irian Jaya, el rincón del mundo que me descubrió aquel informático americano y cuyos secretos, por fin, estaba a punto de desvelar.
Me volví a sentir excitado. Las dudas y temores surgidos durante el viaje se desvanecieron y sentí unas ganas enormes de adentrarme en aquel misterio. Sin ningún tipo de prisa, disfruté de mi primera cena en Papúa. Acto seguido, me metí en la cama y dormí de un tirón.
“¿ Eduardo?”
-“ Sí “
-“Soy Thony. Seré tu guía en Irian Jaya”

Tenía 45 años, estatura media y complexión fuerte. Bajo su piel, curtida por el sol, no había un ápice de grasa. Sus músculos eran pura fibra, y sus potentes cuadriceps y gemelos definían a una persona harta de recorrer kilómetros por las selvas más infranqueables y las montañas más escarpadas. Su pelo largo era de color negro intenso, si bien ya comenzaba a reflejarse alguna cana. Aunque se había criado en Papúa, su rostro revelaba su origen maluco. “Desde luego”, -pensé- “estoy ante una especia de Cocodrilo Dundee a lo indonesio”
Sin embargo, yo ignoraba, en aquel primer encuentro con el que no sólo sería mi guía, mi ángel de la guarda y mi mejor amigo durante las semanas que pasé en Irian Jaya, hasta que punto aquella primera impresión se iba a ajustar más tarde a la realidad.
-“ ¿Que tal fue el viaje?”- me preguntó mientras me ayudaba con el equipaje que los mozos acababan de depositar sobre el mostrador de llegada del aeropuerto de Wamena-.
-“Bien. Muy largo, pero todo ha ido bien”-contesté yo, ayudándoles con una de las mochilas-.

En el corto trayecto desde el aeropuerto al hotel, pude comprobar que Thony era un buen conversador y que su inglés era suficientemente fluido y rico como para poder tratar cualquier tipo de tema con él; algo importante, sin duda alguna…
El hotel Baliem no estaba nada mal - básico, pero acogedor- . El grado de confort era más que notable en las latitudes en que me encontraba.
Lo primero que hice, una vez en el hotel, fue reorganizar el equipaje, limitando aquello que me llevaría conmigo durante la expedición y dejando en la consigna parte del contenido de las bolsas, que se quedaría esperándome hasta mi vuelta a Wamena, dos semanas después.
También Thony quería repasar conmigo el equipo y concretar la lista de provisiones…
-“¿Traes saco de dormir, colchoneta, tienda…?
-“Todo menos la tienda”
-“o.k., llevaremos tiendas. Aunque no creo que nos sirvan de mucho en la selva si sigue lloviendo como en las últimas semanas”
A continuación, debí responder a un completo cuestionario sobre mis gustos alimenticios…
-“¿Prefieres café o té?”
-“Té”
-“¿Arroz, pasta,...?
-“Pasta”
-“o.k., llevaremos unas cajas de noodles; te los puedo cocinar tanto al estilo asiático como imitando al espagueti italiano. Tienes ante ti al mejor  cocinero de Papúa”
No podía ser de otra manera; Dandee era además un perfecto chef! …
El interrogatorio prosiguió …
“¿Galletas, mermelada para el desayuno…?, ¿te gusta la mantequilla de cacahuete?
Todo parecía indicar que el hambre no iba a ser un problema durante el trecking.

Cuando terminamos con la logística, decidimos aprovechar el día para conocer un poco la ciudad y su mercado mientras Thony apuraba las últimas compras, y para realizar alguna visita a los poblados Dani cercanos.

fotoWamena es el único centro urbano de cierta embergadura del macizo central. Una pequeña ciudad, donde se entremezcla la visión de los primeros Danis ó Lanis, pululando sin rumbo fijo por las calles, con el único atuendo de su tradicional cubre-pene de calabaza, con el inexorable avance de la cultura occidental, introducida en este caso por la población indonesa llegada de otras islas.
Papúa se ha convertido de un tiempo a esta parte en una especie de “salvaje oeste” para los inmigrantes, que llegan a miles de todos los rincones de Indonesia, en busca de fortuna y oportunidades. Este masivo desembarco de gente procedente de Sumatra, Java, Sulawesi, Bornéo y otras islas, con una mentalidad de sacrificio y trabajo de sol a sol, choca con el espíritu indolente - poco habituado a las responsabilidades- de la población nativa, que ve  como, poco a poco, se va quedando al margen del desarrollo y de las riquezas que genera su propia tierra. De ahí, las tensiones y las tendencias separatistas surgidas en los últimos tiempos, de las que me había advertido, quizás de forma un tanto alarmista, mi joven contacto de Yakarta.
Esta problemática se percibe con claridad en la zona costera, en Yayapura y Sentani. El ambiente de aquella parte de Papúa me recordaba al de Bali ó cualquier otra isla del archipiélago, mientras que los papúes oriundos parecían tragados por aquel tsunami imparable. La avalancha de inmigrantes comenzaba a alcanzar también las tierras altas, si bien aquella indómita cadena montañosa y, especialmente, el difícilmente habitable ecosistema formado por las selvas y los pantanos del sur, estaban actuando de escudo protector para las más ancestrales y autóctonas culturas y formas de vida de la isla.
Wamena representa por ahora la orilla donde muere la ola de la expansión indonesa. La puerta al mundo de los Dani, los Yali, y demás grupos tribales vecinos.
Es también el último rincón donde los pocos turistas que visitan el valle de Baliem  pueden encontrar alojamiento en un hotel medianamente cómodo.

Mientras paseaba con Thony por entre los puestos de venta que se extienden a lo largo de las polvorientas  calles de Wamena, se nos acercó corriendo una niña.
“Esta es mi princesa” – comentó orgulloso, mientras la niña le rodeaba con los brazos, sin  apartar su vista de mí,  con más  curiosidad que  temor.-“¿A que es preciosa mi hija?”
Y lo era, pensé yo. Tendría unos once años, y sus rasgos finos y estilizados. Al igual que su padre, no tenían nada que ver con los de la población nativa.
-“¿Es tu única hija?”- pregunté-.
Thony se llevó la mano al bolsillo y me mostró una fotografía.
“Se llama María... Y esa es su madre”- las dos eran rubias como el sol, si bien la niña era de tez más morena- “Viven en Suiza”
Me lo temía. Cuanto más iba conociendo a aquella especie de Tarzán oceánico, con aspecto salvaje, pero maneras refinadas y una labia fuera de dudas, más  me  convencía de que aquel personaje tendría que resultar irresistiblemente atractivo para la mentalidad de más de una aventurera occidental que se hubiera perdido durante semanas en aquellas junglas, en su  única compañía. “Una hija en Suiza, que él supiera”, pensé, “pero no me extrañaría que hubiera algún otro pequeño Dundee perdido por el mundo”
A paso lento, y parándonos a comprar en algún puesto, caminaba por las calles de Wamena junto a Thony y su pequeña princesa…
La mayoría de los Danis, Lanis ó Yalis que habían decidido vivir cerca de la ciudad,  habían sucumbido ya a la influencia foránea y vestían harapos sucios y desgarrados.
De vez en cuando, la visión de algún nativo prácticamente desnudo, portando orgullosamente el puntiagudo cubre pene de calabaza, me recordaba que ya estaba en Irian Jaya y me avisaba de las distintas formas  de vida con las que estaba a punto de contactar.
Siempre he considerado un error el que miembros de grupos tribales de diferentes partes del mundo renuncien a sus tradiciones y acaben cediendo a las tendencias de Occidente.
Las pinturas, escarificaciones y tatuajes de gran parte de las etnias africanas, ó la desnudez imperante entre los grupos tribales de Irian Jaya, confieren al individuo, según mi punto de vista, un porte espectacular, distinto y personal. Mientras que cubiertos por camisetas y pantalones, la mayoría de las veces roídos y sucios, adquieren  aspecto de pordioseros, de ciudadanos de tercera…
El mercado de Wamena me pareció pequeño y sucio. Los cerdos campaban a sus anchas y el suelo estaba embarrado y cubierto de desperdicios. Bajo una techumbre, las mujeres Dani exponían a la venta sus productos, especialmente taro, patatas dulces y plátanos…
Mientras yo tiraba alguna foto, Thony y su hija aprovechaban para comprar algo de fruta para el viaje…
-“¿Piña...?”
-“Me encanta
-“o.k., llevaremos un par de piñas”
De pronto noté un cierto revuelo. Se oían gritos, y el gentío comenzó a retirarse del recinto. Parecían atemorizados.
Pronto pude distinguir a un puñado de hombres que se gritaban, amenazantes. Portaban hachas y machetes. Vestían camisas desgarradas y pantalones cortos hechos jirones.
La cosa parecía seria…
“Es una discusión entre Danis y Yalis” – me explicó Thony, cubriendo a su hija con los brazos- “Vámonos de aquí; puede resultar peligroso”. 

Los Dani conforman una población de aproximadamente 100.000 individuos, que se extienden entre las montañas de Irian Barat  y norte del monte Maoke. Se trata de una de las áreas menos exigentes para el turista, por lo que es el grupo más acostumbrado a la visita de extranjeros.
Los Dani y el valle de Baliem no eran mis principales objetivos del viaje, pero no quería desaprovechar la ocasión de fotografiarles y conocer un poco de su forma de vida durante  los dos días escasos que pasaría en el área de Wamena.
 A medida que el jeep se iba alejando de la ciudad y nos internábamos en zona rural, los signos de civilización iban desapareciendo. Las camisetas y pantalones dieron paso a la desnudez de los cuerpos de los hombres Dani y a las faldas de fibra vegetal de sus mujeres.
No tardamos en avistar las primeras “Honai", nombre con que se conoce a sus cabañas.
Thony contactó al jefe de una de las familias, y el robusto anciano, de edad incalculable, se mostró honrado por nuestra presencia y orgulloso de poder mostrarnos sus secretos culturales.
Cuando me adentré en el recinto fortificado que rodeaba el poblado, me encontré cara a cara con una especie de masculino comité de bienvenida. Las mujeres, por su parte, se ocultaban a la vista en el interior de sus Honais.
Me llamó poderosamente la atención sus ademanes y sus ruidos guturales, que yo debía considerar como un saludo.
Mientras me estrechaban su mano, botando levemente sobre sus pies, proferían una especie de gruñidos similares a los que emiten los chimpancés.
A parte de algún elemento decorativo - pequeños penachos ó cintas de plumas alrededor de la cabeza, o  collares de dientes de cerdo o de perro -,  no vestían más que el “koteka”, una larga caperuza de calabaza, que les cubre el pene, dejando expuestos a la vista los testículos. Alguno de ellos, posiblemente de más alto rango, lucía una especie de corbata ancha, bordada con conchas de caurí, que les confería un aspecto más gallardo.
La curiosidad no tardó en vencer a la timidez de las mujeres, que comenzaron a arracimarse alrededor. Luego, venciendo sus miedos iniciales, comenzaron a tocarme y a inspeccionar mi atuendo – el reloj, la cadena…-.
Una de ellas, que debía rondar los 20 años, me cogió de la mano y no me soltó durante el tiempo que duró mi visita al poblado. De vez en cuando, me dirigía alguna palabra, que naturalmente yo no podía comprender. Cuando cruzábamos la mirada, ella esbozaba una amplia sonrisa.
Las mujeres Dani se cubren de cintura para abajo con faldas vegetales, que les llegan hasta la rodilla. El torso lo llevan al descubierto. Sobre sus pechos, se arrojan collares y otros abalorios. También se  adorrnan  el pelo con plumas.
Los habitantes del poblado se mostraron muy hospitalarios conmigo.
Mientras era observado por todas aquellas miradas, Thony me explicaba como la construcción del poblado gira alrededor de la casa de los hombres, mientras que las mujeres viven aparte, en compañía de los niños.
Me llamó la atención la abstinencia sexual que hombre y mujer guardan tras el nacimiento de un hijo, y que se puede prolongar durante un periodo de cinco a seis años.
Como gran tesoro, el jefe del poblado me mostró la momia de uno de sus antepasados, que databa de hacía más de cien años.
Me enseñaron como producían el fuego por fricción, y Thony convenció al jefe para que a mi vuelta de las “lowlands”, me reprodujeran una réplica de la ceremonia de iniciación de los jóvenes guerreros, que solía tener lugar cada tres años.
Finalmente, a modo de despedida, cantaron y bailaron para mí.
Cuando conseguí liberarme de la mano de mi pegajosa anfitriona, regresamos al hotel.
     
fotoTras descansar un par de horas en la habitación, me reencontré con Thony…
-“¿Te acuerdas de la discusión entre Danis y Yalis en el mercado?" -me preguntó.
-“Sí”
-“Acabó en pelea. Ha habido tres muertos.”
Aquello no me sorprendió en absoluto.
Yo ya sabía de la beligerancia casi enfermiza de todas las tribus que habitan la isla de Papúa.
La guerra entre tribus o entre clanes pertenecientes a la misma tribu es el deporte nacional…
En mi anterior estancia,  en Papúa Nueva Guinea, el australiano propietario del hotel en que me hospedaba tuvo que ponerse el mono de trabajo para atender a sus huéspedes, porque el servicio, perteneciente a la etnia Huli, tuvo que acudir, de forma repentina, en apoyo de los miembros de su clan, que estaban a punto de enfrentarse a otro clan rival.
En un abrir y cerrar de ojos, los que hacía cinco minutos eran nuestros camareros, se despojaron de sus uniformes y partieron hacia la batalla, provistos de los arcos y flechas que habían depositado a su llegada en la recepción del hotel.
Un día más tarde, me encontré cara a cara con dos grupos de hombres armados y pintados para la guerra, que se amenazaban y se arrojaban alguna flecha a los pies. Su aspecto era fiero. Uno de ellos,  alto y musculoso, de pelo y barba rojiza, y con la cara y las piernas cubiertas de barro, iba ataviado con un gorro de piel semejante al de “David Croket” y una camiseta sin mangas, con diseño de camuflaje y unas alas negras cosidas en el pecho, que se ceñía a su cuerpo, marcando al detalle su portentoso pectoral y sus robustos brazos. Completaba su aterradora imagen un taparrabos que le cubría de cintura hacia abajo.“No me gustaría caerle mal a ese tipo”- me dije a mí mismo-..
El causante de aquella guerra entre clanes yacía a mi izquierda. Sobre un lecho de hojas, uno de los miembros del clan agraviado  estaba tendido inerte, con un hacha clavado en el cráneo. La escena impactaba.
Yo no moví ni un músculo, tratando de no atraer la ira de aquellos enfurecidos hombres armados hasta los dientes.
Aquel día no se derramó más sangre y todo acabó con el acuerdo de una compensación en forma de cerdos. Pero otras muchas veces, la solución no resulta tan sencilla…

-“¿Sabes cual fue el motivo de la pelea? – le pregunté a Thony-.
-“En Irian Jaya, cuando dos hombres se pelean, sólo puede haber dos razones: cerdos o mujeres!”  

Yo era el único huésped del hotel Baliem Pilamo esa noche.
De nuevo aquella paz, aquel silencio intenso que te envuelve al caer la tarde y que sólo puede percibirse lejos de la civilización. Aquella oscuridad sólo rota por la luz trémula de alguna lámpara de escasa potencia.
Mientras cenaba, recapitulaba sobre mis primeros pasos en aquel mundo sorprendente en el no había hecho más que asomar.
Mi contacto con los Dani me habían servido de precalentamiento previo a lo que me esperaba a partir de la mañana siguiente, las dos auténticas metas de mi viaje: las  abruptas tierras de los Yalis y, como colofón, lo que allí conocían como “el Infierno del Sur”, las traicioneras junglas, que sirven de seguro para la subsistencia de los Korowai y los Kombai.
Cené sopa de espárragos con especias, patatas fritas y cangrejos de río. En aquel momento no imaginaba que estos últimos se iban a convertir en parte habitual de mi dieta durante mi expedición en Irian Jaya.

“¡O.k. let’s go!”
El piloto que nos llevaría hasta Korarek, en territorio Yali, era un americano de mediana edad, que trabajaba para los misioneros jesuitas.
Un par de líneas aéreas, ambas pertenecientes a compañías misioneras, sobrevuelan aquellas selvas, trasportando medicinas, comida y, de vez en cuando, algún que otro viajero, que aprovecha el vuelo para ahorrarse meses de caminatas por montañas y junglas.
La niebla, que se había acomodado en el Baliem, había retrasado en una hora la salida. Pero por fin, tras cargar el equipo y  víveres, el piloto decidió que podíamos partir.
La  avioneta era muy pequeña; apenas cabíamos cinco personas entre la carga.
Yo ocupé el sitio junto al piloto, que me ayudó a abrochar correctamente el cinturón.
Después, el americano rezó una oración que se prolongó por cerca de un minuto.
“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo... concédenos, Señor, un vuelo agradable... Permítenos llegar sanos y salvos a nuestro destino… En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén” 
Siempre he confiado en la pericia de estos pilotos que vuelan sobre las selvas de Papúa con la sola ayuda de su propio instinto y su enorme experiencia. Alguien me dijo una vez que eran los mejores…
Las hélices del aparato rugieron y todo comenzó a vibrar mientras, poco a poco, íbamos ganando velocidad. Poco tiempo después, la avioneta viraba rumbo al suroeste…

Volar en una avioneta tan pequeña como aquella resulta una experiencia excitante. Pero si además sobrevuelas las cimas y selvas de Papúa, a una distancia  tan baja, que crees tocar con tu mano la copa de los árboles, el momento se puede convertir en uno de los más fascinantes del viaje.
Superada la impresión inicial, decidí relajarme y disfrutar del espectáculo de la naturaleza en su estado más puro: montañas,  tupidos bosques, árboles gigantescos, cataratas…
« ¡It´s spectacular!” – le comenté al piloto-
“Oh, yes. Of course it is”
Según nos íbamos adentrando en la cadena montañosa “Jaja Wijaya”, comenzamos a avistar los primeros poblados Yali. Primero chozas solitarias, después comunidades más grandes, asentadas en las cimas más inaccesibles o en las pendientes más escarpadas y escurridizas.
Tras casi una hora de vuelo, llegó uno de los instantes más impactantes del viaje.
Entre aquel enjambre de montañas y ríos se dibujó de pronto una pequeña pista de aterrizaje, cubierta de hierba…“¡Más vale que tenga puntería!” ,me dije a mí mismo, con la sensación de que aterrizar en aquel espacio minúsculo sería tan complejo como atinar con un dardo en el centro de una diana..
Poco a poco, la avioneta se situó de frente a la pista y se lanzó derecha hacia ella.
A medida que nos aproximábamos, comencé a distinguir tres o cuatro casetas y un pequeño hormiguero de gente que se encaminaba hacia el lugar desde todas direcciones.
Las ruedas tocaron tierra con una suavidad inesperada y en breves instantes, el aparato se detuvo por completo.
Aun no había descendido del avión cuando la escena que contemplé por la ventanilla me hizo comprender que había llegado por fin al corazón de Irian Jaya.  Un gentío procedente de las montañas y laderas cercanas comenzó a arremolinarse alrededor del aparato, con los ojos abiertos de par en par. Los hombres estaban desnudos - llevaban el pene enfundado en largos “kotekas” -. Algunos de ellos lucían, alrededor de la cintura, el sebiap – coraza de fibra vegetal, que les sirve de protección en la batalla -. Otros llevaban la típica redecilla en la cabeza.
Las mujeres también mostraban toda la desnudez de sus cuerpos. La faldita vegetal que colgaba de sus caderas  era mínima, y apenas las cubría por delante, dejando al descubierto   las nalgas.
Eran los Yali. Tal y como yo les había imaginado. El momento me resultaba especialmente emocionante.

Lo cierto es que ni yo podía apartar la mirada de aquella gente ni ellos de mí. Imagino que alucinábamos mutuamente.
Tras descargar nuestro equipaje y alguna otra provisión que la avioneta trasportaba con destino a Kosarek, los hombres más jóvenes se ofrecieron como improvisados porteadores y nos encaminamos hacia las casetas que, una vez, habían conformado una misión, y ahora se habían convertido en una estación de radio y en un punto de “idas y venidas”  para las compañías aéreas de la zona.

Hay 30.000 Yalis en Irian Jaya, repartidos en pequeños asentamientos a lo largo de un territorio boscoso y montañoso, a más de 2000 metros de altitud, en el que lo tienes que pensar dos veces antes de  aceptar la invitación del vecino del pueblo de al lado.
Desde Kosarek, enmarcados en un paisaje absolutamente espectacular, se podían divisar varios poblados Yali, que aparentemente no estaban a excesiva distancia entre sí. Pero una cosa era la distancia en línea recta y otra muy distinta el tiempo y el esfuerzo real que te llevaba trasladarte por aquellas montañas, cubiertas de vegetación, y con un firme tremendamente traicionero. Los pocos puentes que los Yalis habían construido en el pasado estaban semiderruídos. Atravesarlos conllevaba muchísimo riesgo. Tampoco había caminos, por lo que para llegar a una comunidad que se  divisaba en la cima de una montaña, al este, tenías que caminar hacia el oeste, luego hacia el norte, de vuelta al oeste, y así continuamente, mientras intentas encontrar un acceso entre la maleza que te permita progresar hacia un destino del que con frecuencia crees alejarte. Eso sin olvidar que lo abrupto y escarpado del terreno implica contínuas subidas y bajadas de pendientes, que la mayoría de las veces llegan a los 80 grados de inclinación. Yo había tenido una conversación con Thony a este respecto…
“No quiero intentar acaparar demasiado territorio, y pasarme el día caminando de un lado para otro, sin apenas encontrar señales de vida. Prefiero centrarme en dos o tres poblados no muy lejanos y poder disponer de tiempo para compartir y fotografiar a sus habitantes...”
Thony me señaló con el dedo un par de picos sobre los cuales se divisaban varias decenas de chozas…
-“¿Ves aquellos poblados?..., son los más cercanos; visitarlos nos llevará un día entero...” – Dijo -.
-“o.k., nos centraremos en esos dos puntos”
También decidimos convertir la antigua misión de Kosarek en nuestro campamento base y, salvo imprevistos, regresar allí cada noche.
La caseta, de madera y techo de hojalata, en la que nos instalamos, había sido una escuela un par de años atrás.
 Lo que fue la habitación de la maestra, eran ahora cuatro paredes vacías, con un sucio jergón de pluma, tirado en el suelo. “Más confort no cabía esperar en aquellas latitudes”, así que, desplegué sobre la colchoneta el saco de dormir y tomé posesión de mi nuevo hogar.

fotoPor la tarde, aún tuvimos tiempo para visitar un pequeño poblado, muy próximo a la misión.
Los Yali de aquella zona pertenecen a una rama denominada Meck. Son de reducido tamaño, prácticamente pigmeos. Esta tribu se gana la vida con la agricultura, la caza y la cría de cerdos. Como casi todos los grupos de la zona rompen la monotonía enzarzándose en continuas peleas y escaramuzas con las otras etnias vecinas. Hasta hace muy poco, continuaban practicando el canibalismo ritual, si bien esa costumbre está desapareciendo, debido principalmente a la influencia misionera y a la determinación de erradicarla  por parte del gobierno indonesio.

El sol comenzó a ponerse en las montañas de Jaya Wijaya.
Una cierta sensación de paz envolvió la vida alrededor de la misión. Como si todo se entregara definitivamente al descanso, tras una jornada llena de emociones: personas, animales, naturaleza… El cielo estaba despejado y el sol, en su descenso, iluminaba con una luz intensa  aquel paraje único, perdido en el principio de los tiempos - desde que puse los pies en Kosarek, me sentía como uno de aquellos pioneros, que en algún momento de la historia habían vivido la experiencia de descubrir un mundo nuevo -. Salí de la cabaña y me quedé admirando, ensimismado, el escenario que me rodeaba, mientras respiraba hondo y un escalofrío me recorría el cuerpo.
“¡Dónde estoy metido, qué maravilla!”
Aquel éxtasis duró poco.
Desde mi llegada a Kosarek no había dejado  de sentirme observado en todo momento.
Especialmente los niños y algún grupo de jovencitas recelosas, me seguían a todas partes, mirándome de arriba abajo, sin perder detalle de cualquier gesto o acción por mi parte.
El proceso de lavarme los dientes, por ejemplo, les resultaba especialmente interesante, a tenor de los chismorreos, y de la enorme atención que ponían en cada movimiento del cepillo. Tenía la sensación de formar parte de algún experimento científico en el que yo era el extraño espécimen a estudiar…
Thony me había explicado que los Yali, al igual que la mayoría de grupos de Papúa, debían tener sus relaciones sexuales entre los arbustos del bosque, nunca en la casa, a menudo  compartida por demasiada gente…                                                                                
-“¡No me extraña que se vayan a echar el polvo a la selva! – Espeté – ¡Es imposible tener intimidad ni para lavarte los dientes!”
Se rió.
Con la caída de la noche, todo el mundo comenzó a retirarse a sus chozas, y Thony y yo nos quedamos finalmente solos.
De pronto, un sobrecogedor lamento rompió el silencio y se impuso a la suave sinfonía de grillos, cigarras y alguna ave del paraíso, que, desde hacía unos minutos, se había adueñado del lugar.  Era una especie de cántico desgarrado, salido de las entrañas. Procedía de una choza solitaria, que se veía a no mucha distancia.
-“ ¿Qué es eso. ?”– le pregunté a Thony-
-“Es el lamento de una madre por la muerte de su joven hijo” – Respondió-
 Tenía dieciocho años. Había  marchado a buscarse la vida a Wamena, a donde nunca llegó; en el trayecto había sido mordido por una serpiente, muriendo prácticamente en el acto.
El llanto se prolongó durante cerca de una hora. El eco de los barrancos lo transportó a cada rincón de aquellas montañas…

La muerte y la vida mantienen una pulso cotidiano en Papúa.
Los riesgos y peligros acechan a cada peso, desde que te levantas por la mañana hasta que, con un poco de suerte, consigues alcanzar sano y salvo la hora del  crepúsculo.
En un mundo salvaje, dónde naturaleza, fauna e incluso tus semejantes se tornan habitualmente hostiles, la muerte se impone con frecuencia en el duelo con la vida.

Las ceremonias funerarias de las distintas tribus que habitan la isla de Papúa comparten en igual medida, la dureza y la crueldad, que son parte innata de la lucha diaria de estos pueblos melanésicos.
La antropofágia ritual de Korowais y Kombais, o la momificación de cadáveres por parte de temibles Cuca-Cuca de Papúa oriental - antaño famosos por sus aterradoras cacerías en busca de carne humana en las poblaciones costeras -, son sólo algunos ejemplos.
Una de las tradiciones mortuorias más espeluznantes  ha sido preservada por los Huli  de Papúa Nueva Guinea; el cuerpo debe descomponerse sobre una especie de parigüela, mientras la viuda permanece semanas bajo el cadáver putrefacto de su esposo, tratando de evitar con su propia piel que los fluidos corporales, que se desprenden del muerto, lleguen a tocar el suelo.
“Reñido pulso el de la vida y la muerte”
La guerra ha causado desde siempre estragos entre los pueblos vernáculos de aquellas selvas. Raras son las comunidades vecinas que no tienen muertos que reclamarse o echarse en cara.
Una de las leyendas bélicas más conocidas entre los  pobladores de Papúa, es la de "los Hombres de Barro”, aún hoy asentados en una de las regiones más abruptas de Papúa oriental.
Cuentan los viejos que esta tribu fue, en su día, atacada por una de las etnias más devastadoras de la isla. Mientras el poblado era masacrado por sus enemigos, varios miembros de la tribu huyeron, siendo perseguidos por sus atacantes hasta la orilla de un gran lago. Desesperados ante la perspectiva de convertirse en presas fáciles, los nativos decidieron enterrarse bajo el lodo, recurriendo a unas finas cañas de bambú para poder respirar. Así permanecieron durante algún tiempo.
Cuando creyeron haberles burlado,  los aborígenes emergieron del fango, encontrándose cara a cara con varios de sus agresores, que continuaban rastreando la zona, y que, al ver aquellas figuras humanas, rebozadas en barro, al contraluz de la luna llena que se reflejaba en las aguas del lago, creyeron encontrarse delante de espíritus malignos y corrieron, despavoridos, ante la perplejidad de sus víctimas.
Esta tribu es conocida como “los Hombres de Barro”, ya que, desde entonces, sus guerreros se embadurnan el cuerpo y se cubren la cabeza con grandes máscaras de barro, para acudir a la batalla.

Había llegado el momento de que Thony me demostrara sus cacareadas habilidades como cocinero.
La débil llama de una lámpara de alcohol, con la ayuda de las linternas, iluminaba levemente el pequeño e improvisado comedor.
Mientras me servía, Thony me recitó el menú de aquella primera noche en Kosarek…
“Noodles a la italiana y piña”    
“Perfecto”
“Aquí tienes salsa picante, por si te apetece”
“Me encanta el picante”
“A mí también. Si quieres, a partir de ahora cocinaré con especias”
-“Por mí, ningún problema.  ¡Uhm, están realmente buenos!”
En su gesto, percibí satisfacción…
Mientras cenábamos, nos enfrascamos en una larga conversación.
Era una buena oportunidad para conocernos mejor, así que cada uno compartió con el otro una parte de su pasado, su presente y sus aspiraciones futuras…
Me habló de su vida como guía. Aquellas selvas eran su mundo. En ellas se sentía cómodo,  libre. Más de una vez, había realizado a pie el trayecto para el que nosotros habíamos  recurrido  a la avioneta. Le había llevado casi dos meses. En un par  de ocasiones, se había topado con habitantes de la selva …
“Aquellos nativos jamás se habían visto cara a cara con un ser humano distinto a ellos”-me explicó con entusiasmo-..
Trató de describirme la mezcla de terror, asombro y curiosidad que trasmitía su mirada, mientras le apuntaban con la punta de su flecha.
En las junglas del Sur, había sido de los pocos en atreverse a traspasar la línea de pacificación, junto a una pareja de holandeses. Su encuentro con un Korowai Betul fue tenso…El pequeño hombrecillo  les observaba con gesto entre desconfiado y hostil. A ojos del Korowai, aquellos tres extraños seres podían ser “Laleoalíns”, espíritus malignos.
“ El Laleoalin es una persona que posee Khakhua, poderes malignos, con los que puede provocar todo tipo de desgracias: epidemias, inundaciones... En ocasiones, su piel puede adoptar el color blanco”.
Durante unos segundos nadie movió un solo músculo.                                                          
Cuando el receloso hombre de la selva pareció relajarse un poco, uno de los holandeses le mostró a Thony su cámara de fotos…
-“¿ Puedo?” – Interpeló-.
-“¡Muy despacio!”.
El Korowai observaba confuso, como aquella enorme persona, de pelo amarillo, le apuntaba con un extraño objeto brillante…
De pronto, la cámara accionó automáticamente el flash y lanzó un golpe de luz que  se estrelló contra su rostro. El momento fue especialmente dramático; tras  desaparecer unos segundos entre la maleza, el pequeño hombre emergió de nuevo, dando gritos y apuntando al holandés con su arco. Thony intentó apaciguarle sin éxito. El holandés depósito la cámara en la hierba, mientras le mostraba las manos desnudas…
-“¡Tranquilo, tranquilo!”- profería, desencajado-.
El Korowai volvió a desvanecerse entre la vegetación, mientras los dos extranjeros, y el propio Thony, intentaban recuperarse del susto.
Decidieron regresar inmediatamente a zona segura, antes de que el resto de la tribu tuviera noticias de su presencia.
-“Si tu estás interesado, yo te puedo cruzar la línea de pacificación” – Me dijo – “Pero tendrías que darme un par de meses, para entrar yo primero y asegurarme que no seremos atacados”
-"¡Estoy ante Cocodrilo Dundee!” – Bromeé yo.-
-“Soy Cuscús, Cuscús Dundee”- me corrigió, sonriendo, haciendo referencia a una especie marsupial que habita en aquella parte del mundo, de cierta similitud con el koala.-
-"¡El auténtico Cuscús Dundee en persona!”
-"¡El auténtico Indiana Jones en persona!”-añadió él, refiriéndose a mí-.
-“¡Por fin me has reconocido!”
-“Indiana y Cuscús Dundee, ¡vaya pareja!. Nada podrá interponerse en nuestro camino; ni lluvia, ni flechas... ¡Podremos con todo!”

Eran aproximadamente las nueve y media cuando me metí en el saco, apagué la linterna y decidí dormir…
Echado sobre el colchón de plumas, repasaba cada detalle del día, mientras esperaba que el cansancio hiciera su efecto.
A los pocos minutos noté ruidos extraños en la habitación - un leve crujir, como si algo se arrastrara por las paredes y el suelo -. Encendí de nuevo la linterna y enfoque a mí alrededor… Tenía visita: por lo menos conté treinta cucarachas, además de algún otro desagradable insecto volador, de considerable tamaño.
-“Espero que no ronquéis” – me dirigí a mis numerosas compañeras de cuarto, apagando nuevamente la luz y zambulléndome en el saco de dormir. Mientras no fuera una serpiente o  una araña peluda todo iría bien -.

fotoHay un capítulo de las historias de caza de mi abuelo Manolo, que mi madre me contó cuando era un niño y se me quedó especialmente grabado en la cabeza. Sucedió en México.   Se encontraba de  cacería  en el campo.Había pernoctado al raso. Con las primeras luces de la mañana, se despertó y se dispuso a calzarse las botas. De pronto sintió fuego en el pie y cayó al suelo. Durante la noche, se le había introducido en la bota una viuda negra, una araña, cuya picadura puede resultar letal. Mi abuelo  estuvo al borde de la muerte…
A las cinco y media de la mañana ya estaba harto de dormir. Esperé a que la luz comenzara a filtrarse a través de la cortinilla de la ventana y me levanté… Cogí las botas y las sacudí bien antes de calzarlas... ¡ni rastro de intrusos!
 Terminé de vestirme y salí a disfrutar del sobrecogedor amanecer  en Irian Jaya.
Las nubes se desbordaban sobre los picos de las montañas emulando a una gran ola a punto de romper. El cielo estaba despejado.
El espectáculo de la vida desperezándose en aquel recóndito rincón de la tierra resultaba una vivencia casi espiritual.
Volví a entrar en la caseta… Cuscús Dandée seguía durmiendo sobre uno de los largos taburetes de madera del comedor, que había elegido como cama.

Hacia poco más de una hora que los gallos habían dejado de cantar.
A las siete de la mañana, tras desayunar  consistentemente y llenar las cantimploras, nos pusimos en camino hacia un asentamiento Yali que se divisaba en lo alto de una montaña, aparentemente cercana. Éramos cuatro personas.
-“Estos son Elías y Bartolomé; serán nuestros porteadores en esta zona...” – Señaló Thony -.
Elías y Bartolomé eran dos personas de confianza para Thony, con los que había recorrido en infinidad de ocasiones aquellas montañas. Dos jóvenes Yali, que habían adoptado nombres cristianos tras ser bautizados por los misioneros cuatro años antes.
-“Elías cargará tu mochila” – me indicó Thony, haciendo referencia a mi equipo fotográfico-.
-“Prefiero cargarla yo” – Repuse -.
-“Hazme caso; el recorrido es muy complicado,  la cámara estará mucho más segura en sus manos, y tu te desenvolverás mejor. Elías será tu sombra, así que cada vez que necesites echar mano de la cámara, le tendrás junto a ti...”
La idea seguía sin convencerme. Siempre había preferido cargar yo el equipo fotográfico.
Una vez, descendiendo a un poblado Dogón en la falla de Bendiagara, en Mali, llegué a bromear con ello…
-“¡He visto muchas películas de Tarzán y siempre se cae el negro!” – Dije aquel día – “así que la cámara la llevo yo!”- Estábamos bordeando una enorme pared rocosa, por un estrecho sendero que limitaba con un profundo precipicio-.

Thony parecía muy seguro de sus palabras, así que le pasé a Elías la mochila y comenzamos la marcha hacia el poblado.
Pronto me percaté de que Thony tenía razón.  Avanzar por aquellas montañas tupidas y muy resbaladizas no era tarea fácil. El terreno, tanto en el descenso como en el ascenso, era muy inclinado, y estaba escondido bajo una densa vegetación que te impedía ver donde pisabas.
Mis botas, adecuadas para el barro y el agua, se convertían en auténticos patines sobre la piedra húmeda y el barrillo, por lo que no tardé en caer al suelo. Una vez y otra y otra…
-“¡Creo que hoy voy a entrar en el Guínes!”- bromeé-. 

Tras un primer descenso de algo más de media hora, nos encontramos de cara a una enorme subida, sumergida en vegetación. Era una pendiente de unos 80 º grados.
Comenzamos a trepar a buen ritmo, ayudándonos con ambas manos para tomar impulso. Un pie y otro y otro… No sabía dónde pisaba ni a qué me agarraba, mientras buceábamos  en aquel  denso océano verde.
La ascensión comenzó a hacerse interminable  a partir de la primera media hora de escalada, sin descanso. Mis manos estaban llenas de cortes y me había clavado más de una espina. Ni sé cuantos insectos me tragué ,o cuantos logré escupir, al tratar de tomar aire con la boca abierta. El sudor me empapaba de pies a cabeza.
Tras aproximadamente una hora de ascensión, comenzó otro vertiginoso descenso, y acto seguido, de nuevo hacia arriba; una vez y otra vez…una hora y otra hora… Todo el entrenamiento de los meses previos a la partida adquirió sentido en aquel primer día de máxima exigencia en Irian Jaya.
Sin embargo, mucho peor que las continuas subidas y bajadas resultó el bordear los barrancos y algunos terraplenes, cuyo final se perdía entre los arbustos. Con la espalda totalmente echada sobre la pared de la montaña, aferrándome con todas mis fuerzas a plantas, raíces y cuanto tenía a mi alcance, trataba de mantener la máxima concentración, buscando un resquicio donde apoyar el pie sin resbalar, en aquel estrecho pasillo, que nos separaba del precipicio…
Esteban y Bartolomé, mucho más acostumbrados que yo a desenvolverse en aquella arboleda, y con la mejor adherencia que les permitía el poder caminar con los pies descalzos, no se separaban de mi, atentos a cada posible traspié . “Desde luego, no era  el mejor momento para sumar un nuevo resbalón al Guínes, porque esta vez, la caía podía tener consecuencias fatales”
Thony me contaría más tarde que en alguna ocasión ya había tenido que sacar sobre sus hombros algún  aventurero, que se había fracturado la pierna tras caer por una de aquellas  interminables  pendientes  de lodo y piedras…
-“¡Animo, indiana; tu ya has hecho esto en el cine!”- me gritó Thony, mientras alcanzaba el final de uno de los tramos más escurridizos-.
-“¡Claro, tu, como eres un cuscús, puedes aferrarte con la cola!” – Le seguí la corriente, mientras luchaba contra mi falta de resuello-.
Entre broma y broma, yo me alegraba en aquel momento de que Patricia, mi esposa, se hubiera quedado en España y de no tener  que preocuparme más que por mi propia seguridad.

Era medio día cuando por fin alcanzamos la cima de la montaña donde se asentaba el poblado. Estaba prácticamente desierto. Una mujer, con su pequeño en brazos salió a recibirnos. La joven madre sólo vestía la diminuta faldita vegetal, bajo una especie de capucha que la cubría la espalda a modo de capa. Aquel curioso parapeto, hecho con las hojas del bombonaje, es típico entre los Yalis. Les sirve tanto para protegerse del sol como de la lluvia, cotidiana en aquellos lugares..
-“No queda nadie en el pueblo”- me explicó Thony – “Todo el mundo está trabajando en las terrazas...”
El sol te aplastaba en las horas centrales del día…
-“Lo mejor es que aprovechemos para comer algo y  descansar un par de horas” -  Añadió – “hasta que baje un poco el calor..”
Me miré las manos; estaban llenas de arañados…
Alcanzar aquel poblado Yali nos había llevado casi cinco horas, y el trayecto había resultado durísimo. Casi tanto como apasionante.
Tras hacerle alguna foto a la mujer de la caperuza vegetal, me refugié junto a los demás a la sombra de una de las chozas.
Por la tarde continuamos la marcha hacia otros puntos de aquellas montañas. Por el camino, nos íbamos encontrando con los Yali en sus quehaceres diarios: las mujeres, al cuidado de la casa; los niños, vigilando a los cerdos;  y los hombres, encaramados en aquellos sembrados, sobre escarpadas pendientes que daban vértigo…Una vida dura y, sin embargo, aquellos seres trasmitían mucha más felicidad y alegría que la mayoría de las personas que viven en la parte del mundo que conocemos como “civilización”.
Entre escaladas y descensos, encontrar algún río de agua pura y cristalina reconfortaba el cuerpo y el  espíritu.
En un par de ocasiones, decidimos quitarnos la ropa y darnos un refrescante baño ante la atenta mirada de varios niños Yali que, encaramados en la copa de un árbol, nos espiaban a cierta distancia. Sumergido en aquella corriente de agua, entre aquellas montañas casi vírgenes, la sensación de sentirte  vivo alcanzaba su máxima expresión.

El sol comenzaba ya a ponerse  cuando divisamos la misión abandonada que nos servía de refugio y de hogar. De pronto, Bartolomé empezó a gritar, alejándose entre aspavientos, despavorido...
Yo aún tuve tiempo de ver el extremo de una serpiente que desaparecía entre las rocas.
Bartolomé seguía muy asustado, profiriendo una lista sin fin de palabras y frases ininteligibles para mí, mientras Elías intentaba calmarle.
-“¿Todo por una serpiente?”  - pregunté yo, extrañado por lo exagerado de la reacción-.
-“El no ha visto una serpiente” – me explicó Thony – “para él, era un espíritu  maligno, que se ha cruzado en nuestro camino. Mal presagio para todos nosotros...”
Nadie me supo explicar  que hacía especial  aquella serpiente con respecto a las muchas que sin duda reptaban por aquellas montañas, para que Bartolomé viera en ella “un espíritu  portador de malos augurios”…
Yo me sentía pletórico cuando llegamos a la misión. El día había sido exigente, pero  tenía la sensación de haberlo pasado con nota.

fotoLa única forma de asearme era aprovechando un pequeño arroyo que había detrás de nuestra cabaña.  Así que me quité la ropa y, dejando a un lado cualquier atisbo de pudor, procedí a jabonarme y a aclararme con el agua de aquel pequeño regato. El proceso fue seguido atentamente por un grupo de jovencitas que cuchicheaban y reían entre dientes…
No tardé en contar con una nutrida audiencia, que convirtió mi baño en el acontecimiento del día.

Una nueva noche y un nuevo amanecer entre las montañas de Jaya Wijaya.
Con los primeros rayos de sol de mi quinto día en Irian Jaya, los Yali parecían prepararse para vivir algún tipo de acontecimiento que iba a tener lugar en la planicie utilizada como pista de aterrizaje por las avionetas misioneras. Se percibía más movimiento de lo habitual. Poco a poco, veía llegar nativos procedentes de todos los rincones de la cadena montañosa.
-“Vas a tener suerte” –me dijo Thony- "es día de mercado”   
A primera vista,  aquello no tenía nada de especial. Yo estaba harto de ver mercados por el mundo y, desde luego, aquel puñado de mugrientas de esteras, tejidas con hojas de palma, en las que se podía adquirir algún tipo de hortaliza y poco más, no tenía nada que ver con los coloridos mercados de Mali, de Kenia, de Guatemala, o los polvorientos mercados de camellos del Yemen o La India. Sin embargo, había dos cosas que hacían de aquella pequeña congregación de Yalis algo singular y único en el mundo: de un lado, la belleza del entorno - visto desde la cabaña, aquellos cuatro puestos, alrededor de los cuales se apiñaban varias decenas de indígenas semidesnudos, cobraban esplendor debido a la inmensidad  de las montañas que se perdían en el horizonte, coronadas por las nubes bajas que se resistían a abandonar el lugar - De otro, aquella atmósfera  de clandestinidad que se percibía alrededor del regateo.
Todo era siniestro. Los Yali formaban una especie de cuadrado alrededor de los improvisados puestos de venta y  se limitaban a observar en silencio.
De vez en cuando, un par de hombres se sentaban en la hierba y negociaban entre cuchicheos, casi sin mirarse a los ojos, circunspectos, como si lo que hacían fuera ilegal y temieran ser descubiertos. Se tomaban su tiempo. En aquella sociedad ancestral, tiempo es lo que sobra…
Yo me había acercado al mercadillo, sin sacar la cámara de la mochila, para no deshacer el hechizo.                                                                                                                                 
De pronto,  un hombre de mediana edad, al que creía haber visto el día anterior, me murmuró algo. Estaba acuclillado a mis pies. Sostenía en sus manos un pedazo de taro. Estaba regateando con otro individuo…
-“¿Qué quieres?”-  gesticulé -.
El hombre me mostró los cinco dedos de la  mano y luego  marcó con el índice la parte anterior del codo… Thony me había explicado aquella forma de contar la noche anterior: cada dedo, hasta diez; el dedo en la muñeca significaba cien; en el codo mil; en el hombro, diez  mil…
Cinco dedos y codo significaba…  quinientos mil.                                                                    - --¿Me estás pidiendo  quinientas mil rupias?”
No respondió. Se limitó a rezongar, sin atreverse a sostenerme la mirada…
-“De acuerdo” – Accedí -.
Le pasé cinco sucios billetes de cien mil rupias - unos cuarenta céntimos de euro -. Él los tomó con sigilo y completó la compra.
En realidad las rupias no servían de mucho en aquellas latitudes. De no ser por mi presencia, lo más probable es que hubieran acabado acordando algún trueque. De cualquier forma, aquella especie de complicidad, surgida entre el Yali y yo, me había servido para romper el hielo, y ahora me aceptaban entre ellos con más naturalidad. Incluso me permitieron tomar fotografías; los hombres mucho más orgullosos, las mujeres tímidas y recelosas al principio, divertidas y hasta con un cierto grado de picardía después…
Un muchacho estilizado, sin un gramo de grasa, que debía tener unos 16 años me seguía desde hacía un rato, haciendo gestos para que le sacara una foto. Estaba completamente desnudo, portando solo un pequeño cubrepene de calabaza. Por el momento preferí no fotografiarle y en su rostro percibí cierta decepción; “¿por qué a mi no?”, parecía decir...

Una hora más tarde, nos pusimos en camino hacia un poblado que iba a organizar una gran “Fiesta del Cerdo” para nosotros.

Una Fiesta del Cerdo es uno de los mayores acontecimientos sociales que pueden tener lugar no sólo entre los Yalis, sino entre casi todos los grupos tribales que habitan el macizo central de Irian Jaya.
El cerdo lo es todo para las tribus de Papúa. No es  sólo un animal, apreciado por su carne, sino que supone el mayor  signo de riqueza de una familia. Funciona también como moneda de cambio. El acuerdo de la dote para comprar una esposa, las negociaciones entre clanes, para fijar cualquier tipo de indemnización, …todo se realiza mediante transacciones porcinas. Cuantos más  cerdos posees, más rico eres.
Por lo tanto, el que una aldea fuera a sacrificar un puerco y celebrar una fiesta en mi honor  no dejaba de ser un verdadero privilegio y, por supuesto, una vivencia que no podía desaprovechar.
Esta vez, a la marcha hacia el poblado, que nos llevó aproximadamente dos horas, se nos sumaron hombres, mujeres y niños, de los pequeños asentamientos que rodeaban la misión,  los cuales no querían perderse la fiesta.
El poblado estaba emplazado sobre el lomo de una pequeña montaña. No era un terreno llano, sino que formaba una ligera pendiente que moría al borde de un profundo barranco.
Visto de arriba a abajo, aquel conjunto de chozas de paredes de barro y techumbre vegetal, parecía un decorado del Hollywood de los años sesenta, que sobresaliera sobre un gran lienzo, pintado, de picos y nubes interminables.
No tardé en oír los cánticos. El ritmo era simple, monótono. .. Aquellas canciones, de letra incomprensible para mí, provenían de los orígenes del mundo. Las mismas canciones, que habrían cantado los primeros habitantes de aquellas indómitas tierras hacía millones de años. Canciones que habían pasado de padres  a hijos, conservando toda su pureza y su carácter ancestral.
De detrás de las últimas chozas de la montaña, como emergiendo del fondo del precipicio, apareció ante mi vista un numeroso grupo de Yalis, prácticamente desprovistos de atavío alguno, que no fuera la pequeña faldita de las mujeres, o el koteká y el sebiap de los hombres. Se decoraban la cabeza y el cuello con plumas y collares. Algunos portaban arcos y flechas. Pude ver algún niño pequeño sobre los hombros de su madre.
Serían unos sesenta, que cantaban y bailaban, mientras recorrían el poblado hacia nuestra posición.
Cuando llegaron a una pequeña explanada en el centro del pueblo continuaron danzando en círculo. Proferían cánticos y gritos, mientras daban pequeños saltos,sin ningún tipo de orden o formación aparente.
Así permanecieron durante cerca de veinte minutos.
Terminado el baile, las mujeres se retiraron, quedando únicamente un grupo de hombres, que parecían dispuestos a hacer los honores. Uno de ellos atrajo a un gran cerdo salvaje hacia la explanada, mientras otro se aprestaba al sacrificio..
Sin ningún tipo de prisa, imprimiendo una cierta solemnidad al momento, el Yali comenzó a girar alrededor del cerdo, mientras sujetaba un gran arco y tensaba una flecha - el extremo del venablo estaba sujeto a su muñeca mediante una especie de cordón vegetal-. El animal reculaba receloso…
Como un torero, que espera a que se cuadre el toro y se prepara para asestar una única estocada mortal, el hombre aguardó a que el cochino fijara su posición y, lentamente, le apuntó con la afilada punta de su flecha… El cortante pedazo de bambú  acertó de lleno en el corazón del animal. Inmediatamente, el Yali recuperó la flecha con un brusco tirón del cordón que la sujetaba a su mano. La sangre brotó como un geiser del costado del animal, que comenzó a retorcerse varios metros por el suelo,  emitiendo gemidos de muerte. La agonía duró unos pocos segundos.
A continuación, cuatro hombres situaron el cuerpo inerte del cerdo en el centro de la placita y, con gran destreza, comenzaron a desollarlo, utilizando afilados pedazos de caña.
Me fijé en uno de ellos, que tenía la nariz atravesada por un pequeño trozo de hueso - en la cabeza portaba la redecilla típica de la indumentaria Yali -. Me llamaron poderosamente la atención sus extremidades; sus pies parecían lija, y se adaptaban a la forma del terreno. Sus enormes manos me recordaban  las de un simio…
Mientras los hombres descuartizaban al cerdo, las mujeres, siguiendo una especie de rito, arrojaban hojas sobre su cuerpo, mientras avivaban el fuego donde sería cocinada la carne.
Por supuesto, fui invitado al festín. No me quedó más remedio que probar aquel guiso, que para los Yalis representaba un auténtico manjar.
Mi tiempo entre los Yali se estaba acabando. A la mañana siguiente, vendría a recogernos la avioneta que nos llevaría a las “Lowlands”. Allí comenzaría la parte más peligrosa, y a la vez más apasionante, de mi viaje.

fotoLlevábamos ya un par de horas con el equipaje preparado, esperando que llegara la avioneta. Entonces, notamos un gran revuelo entre los Yali, mientras corrían hacia la pista de aterrizaje con la mirada fija en el cielo. El ruido de los motores de la avioneta nos avisó de su llegada unos segundos antes de que apareciera entre las nubes. Pocas décadas atrás, los Yali habrían corrido a esconderse en los bosques, despavoridos por la visión de aquel enorme pájaro de acero. Posiblemente, aquellas avionetas aún sobrevuelan por encima comunidades selváticas, cuyos moradores las confunden con los gigantescos murciélagos que emergen de sus guaridas cada atardecer. Mas de uno habrá intentado inútilmente alcanzarlas con sus flechas.
Mientras varios jóvenes se echaban sobre los hombros nuestras mochilas y provisiones y se dirigían al punto donde se había detenido la avioneta, pude ver al muchacho que en varias ocasiones había intentado infructuosamente que le tirara una foto. No me quitaba la vista a una prudente distancia. Sus ojos se abrieron de par en par cuando le indiqué que se situara ante una pequeña choza, mientras procedía a extraer de mi mochila la cámara fotográfica.
Con qué poco podías arrancar de aquellos rostros una enorme sonrisa, trasmisora de la felicidad y gratitud más sinceras. Aquellas gentes no sabían de dobles-caras ó diplomacia; tanto si te consideraban un amigo como si no eras bien recibido, te lo hacían saber al instante. Su mirada era capaz de trasmitirte hospitalidad con la misma transparencia que su rostro podía tornarse amenazador y agresivo si se sentían agraviados. En ese caso, “mejor estar muy lejos  del alcance de sus hachas de piedra”.
Desde la ventanilla del avión tenía la sensación de que entre toda aquella gente y yo se había generado ciertos lazos, que difícilmente puedes conseguir en tan poco tiempo en nuestra recelosa y solitaria sociedad. El momento de la despedida estuvo cargado de emotividad.
Mientras la avioneta aceleraba hacia el final de aquella lengua pelada que me parecía tan corta, contemplaba por última vez a los Yalis, agitando sus brazos, cuya mirada parecía decirme: “¡Vuelve cuando quieras, amigo!”  

Estaba tan ensimismado en mis pensamientos, que apenas me había percatado de que el piloto no era el americano de tres días atrás…
“Bonjour, monsieur”
“Bonjour”.
“Comment ça va? “
“Ça va bien”

Me dio la sensación de que aquel belga, de larga cabellera blanca, hacía tiempo que había traspasado la edad de la jubilación.
Durante varios minutos, la avioneta sobrevoló las montañas del macizo central, rozando el fuselaje las cimas de los picos más infranqueables.
De pronto, la inmensa pared rocosa, decorada con gigantescas caídas de agua, quedó atrás, y bajo nosotros apareció una interminable alfombra selvática, sólo desagarrada por los numerosos ríos que serpenteaban entre la vegetación más exuberante que había visto jamás.
“El Infierno del Sur”, el impenetrable hogar de los Korowai, los Kombai, y, mucho me temía,  de más de un grupo humano, cuya existencia no nos ha sido revelada aún.
De hecho, el mundo no supo de vida humana en aquellos pantanales hasta 1977.

Con anterioridad a esa fecha, nadie imaginaba que aquella inmensa jungla pudiera esconder personas, más allá del área conocida como “los Asmat”, una enorme extensión de selva y ciénagas, habitada por la tribu  del mismo nombre,  temibles por su larga tradición  como antropófagos y cortadores de cabezas. La existencia de canibalismo en los Asmat fue conocida a nivel mundial cuando en 1961, Michael Rockefeller, hijo de un  famoso multimillonario, desapareció sin dejar rastro en aquella región y se especuló con la posibilidad de que hubiera sido devorado por los caníbales que la habitaban.

Volábamos muy bajo. El tamaño de los árboles, algunos de más de treinta metros, obligaba al piloto a mantener la máxima  concentración.                                                                            
Además de  la vegetación lo que más llamaba la atención desde allí arriba era la gran cantidad de agua que lo anegaba todo.
Durante nuestra última cena en Kosarek, Thony me había confesado su preocupación por el nivel que podía adquirir el agua en algunas zonas.
-“Las noticias que tengo son de  que está lloviendo mucho. Podemos encontrar  bastante agua en el camino y eso lo hará especialmente duro”
-“¿A qué altura crees que nos puede llegar el agua mientras caminamos, la cintura?”
Thony me sonrió y se llevó la mano a la barbilla.

Llevábamos más de una hora sobrevolando una inmensa extensión  de selva que se perdía en el horizonte. Yo permanecía absorto en aquella visión indescriptible. Volvía a ocupar el asiento del copiloto, mientras Thony permanecía sentado detrás de mí, entre la carga.
De pronto, extendió su mano y me señaló a un punto en la jungla…
“¡Korowai!” -  exclamó-
Ante nosotros, sobre la copa de un árbol de más de veinte metros de altura, pude distinguir la primera “Treehouse”, la vivienda de los Korowai y los Kombai.
 
Los Korowai dicen que construyen sus casas en los árboles “para poder ver de cerca los pájaros y las montañas, y para que el brujo no pueda trepar hasta ellos”.
La realidad es menos poética; deben habitar en las alturas, para protegerse de los ataques de sus enemigos, de los animales e incluso de las inundaciones.
No tardé en divisar más “Khaims”, que es como los hombres mono denominan  a sus hogares arbóreos.  A cierta distancia, resplandecían los afluentes de los ríos Digul y Eilander, lindes naturales del territorio Korowai. 
Había llegado al punto crucial de mi viaje a Irian Jaya. En pocos minutos pondría pie en “tierra caníbal”.           
Thony volvió a extender su dedo índice…
“Yaniruma” – Espetó -.

El único resquicio de civilización en aquel territorio salvaje se  llama Yaniruma.
Aparte de una pequeña tienda de ultramarinos, propiedad de un joven, originario de Bornéo, un sucio dispensario,desprovisto de medicamentos e instrumental, que corre a cargo de una enfermera de Wamena, y una estación de radio, que mantiene contacto permanente con las avionetas que, de vez en cuando, solicitan aterrizaje en la única pista disponible en muchos kilómetros a la redonda, Yaniruma no es más que una veintena de cabañas de madera, que a duras penas se sostienen en pie.
Los misioneros que habían levantado el pueblo decidieron abandonarlo tras varios años de inútiles intentos de predicar el evangelio entre aquellas gentes esquivas,  sin poder llevar a efecto ni un solo bautizo entre la población Korowai ó Kombái.
-“¿Profesa esta gente alguna religión?” –Le pregunté a Thony unos días más tarde-.
-“Creen en los espíritus” – fue su escueta respuesta-.

El recibimiento fue mucho menos caluroso que en kosarek. Un grupo de nativos, que vestían vieja ropa occidental, salió a nuestro encuentro y nos ayudó con los equipajes y los víveres para la expedición al interior de la jungla.
No eran sólo sus rasgos, típicamente melanésicos,  lo que diferenciaba a esta gente de las tribus que había contactado en las tierras altas; su rostro era mucho más hermético y su mirada seguía un código difícil de descifrar. Tenía la sensación de que ganarme su confianza  iba a ser tarea ardua.
Un joven de unos veinticinco años, de cara huesuda y un atisbo de bigote bajo la nariz, se aproximó a nosotros. Thony estrechó su mano…
-“¿Qué tal todo?” – Dijo Thony -.
“Bien” – Repuso el tipo enjuto -.
Thony se volvió hacia mí…
-“Te presento a Boas, nuestro guía en la selva” – Añadió -.

Para pasar aquella noche, decidimos alojarrnos en una de las primeras casas del pueblo, un edificio absolutamente destartalado, en cuyo interior abrimos, a modo de mosquiteras, nuestras tiendas de campaña…
En eso estábamos cuando se acercó a saludarnos un pequeño hombrecito, que sostenía un cuaderno y un bolígrafo en las manos. Vestía una especie de uniforme caqui…
-“Te presento al alcalde de Yaniruma”-  dijo Thony, mientras procedíamos al protocolario apretón de manos-.
El pequeño hombrecillo me ofreció el cuaderno…
-“ Este es el libro de visitas de Yaniruma” – dijo – “todos los extranjeros que pasan por aquí acostumbran a firmar en él. ¿Te importaría escribir tu nombre, nacionalidad y fecha de llegada?”
-“Por supuesto” – Accedí -.
Eché un vistazo a los nombres que aparecían en las primeras páginas del cuaderno:  la fecha másantigua databa de2002;un tal “Carlo”, italiano. No conté más de cuarenta nombres en la lista, lo que quería decir que yo era uno de los pocos occidentales que había puesto los pies en aquel lugar perdido. Las nacionalidades eran de lo más variadas. Había un par de españoles…
Lo primero que hice fue dar un paseo por el pueblo y acercarme a un pequeño río, que sirve de acceso fluvial a la aldea, y en cuyos márgenes, descansaban algunas canoas semihundidas. El aspecto de aquel sitio era desolador. No vi más de quince personas  y otros tantos cerdos, algunos de considerable tamaño, que deambulaban a sus anchas entre las casas.    
Volví a revisar con Thony los víveres que portaríamos durante el trecking, reduciendo al máximo la cantidad de latas y paquetes.
Después nos acercamos a visitar al joven Dayak, que arrendaba la tienda de ultramarinos.
Tendría unos treinta años, era de complexión delgada y estatura media, lucía una larga cabellera negra, que le llegaba hasta la cintura, y un largo mostacho, que le colgaba por ambos lados de la boca. Vestía una camisa desabotonada, un pantalón pirata, que le llegaba hasta la pantorrilla, y unas chanclas. Estaba tirado en una especie de mecedora, en el porche de la casa,  al que se accedía por una pequeña escalinata. Como todo el mundo en Yaniruma,  dejaba pasar las horas con exasperante parsimonia…
“¿Cómo puede alguien montar un negocio aquí? , me dije, “un pueblo en mitad de la selva, donde sus dos decenas de habitantes no tienen una rupia que sacar del bolsillo y dónde, en los últimos tres años, han recibido la visita de cuarenta potenciales clientes extranjeros... Hay cosas que me siguen resultando, como mínimo, sorprendentes”
Pensamientos como este no cesaban de  rondarme por la cabeza, mientras Thony  me presentaba al curioso e indolente tendero…
-“ ¿Qué vais a llevar?” – nos preguntó-.
-“Tabaco. Por lo menos diez cartones” - contestó Thony , para mi asombro- “Es fundamental llevar un buen cargamento de tabaco; los Korowai fuman como carreteros. Nos servirá para negociar con ellos o como tarjeta de visita”- me aclaró-.

El siguiente punto en la orden del día era la elección de porteadores. Boas se había encargado de elaborar una lista de candidatos…
-“Aquellos dos son buenos porteadores” – aseveró Thony, señalando a un par de jóvenes que observaban a cierta distancia-. “¿Por qué no les has elegido?”
-“Son kombáis” – Replicó Boas – “cuando se han enterado que íbamos a territorio Korowai se han echado atrás… Es mejor que no incluyamos Kombáis en el grupo; evitaremos problemas”
A continuación, me habló del odio histórico que ambas tribus se profesan…
-“Son enemigos eternos” – Concluyó-.
-“Incluye a Pies de Elefante” – señaló Thony, refiriéndose a un hombre de tez morena, pelo rizado y tupida barba, que padecía la enfermedad conocida como “pies de elefante”, motivo por el cual tenía los tobillos muy hinchados y extremidades de considerable tamaño-.
-“Es muy torpe en la selva” – Advirtió Boas-.
-“Pero muy leal “  - Insistió Thony – “Puedes confiar en él. Y los demás le respetan…Le necesitamos con nosotros. Inclúyelo.”

-“ ¿Cuántos llevaremos?” – pregunté yo -.
-“Unos siete, además de Boas”
-“¿Necesitamos tantos?”
-“Por la carga no. Pero es conveniente por nuestra seguridad; si tuviéramos algún problema con los Korowai, estaremos  más protegidos si contamos con un buen número de arcos a nuestro lado”
Sonaba razonable…

Nadie en Yaniruma parecía estar demasiado ocupado, así que, con la caída de la tarde, nuestra casa se convirtió en el punto de encuentro de todos los habitantes del pueblo. Unos por curiosidad, otros para compartir con Thony los últimos acontecimientos y los más, para conseguir algún cigarrillo a cambio de nada.
Mientras Boas comenzaba a preparar la cena,  yo me senté y seguí cada detalle de la reunión. Poco a poco, nuestros numerosos invitados fueron marchando y en la oscura habitación quedó un grupo de ocho personas. Entre ellos, el Alcalde y Pies de Elefante.
Alrededor de la única mesa de la sala, todos parecían divertirse con las historias de Thony, que, de vez en cuando, se volvía hacia mí y me ponía al corriente sobre el tema de conversación.
Observando aquella gente, me venía a la cabeza un pensamiento que me tenía  intrigado: ¡el canibalismo¡ Thony ya me había explicado que los Korowai y los Kombai continúan practicando el canibalismo ritual…
-“De acuerdo con sus creencias, ellos no comen seres humanos, sino demonios, laeolíns,  que adoptan forma humana. Ello son los causantes de la muerte o la enfermedad de una persona, y  solo la persona afectada puede reconocerles. Por eso es conveniente mantenerse alejado de personas enfermas o moribundas, ya que si, en sus desvaríos, esta te señala como el demonio causante de su mal, puedes considerarte hombre muerto. Y, por supuesto, devorado”
-“Había leído que también suelen practicar el canibalismo con los enemigos muertos en combate…” – Apunté yo -.
-“Eso es cierto; de esa forma no solo le quitan la vida, sino que se quedan con parte de su valor y de su fuerza… Es pura superstición. No debes relacionar canibalismo con hambre…”
 Yo contemplaba a aquel grupo de hombres, que, aunque vestían viejas camisas ó pantalones, no dejaban ser tan Korowais como los aborígenes  desnudos que esperaba localizar en lo profundo de la jungla…
-“¿Quiere eso decir que todos estos Korowai han probado alguna vez la carne humana?” – le pregunté a Thony, no sin cierto morbo-.
-“La mayoría.” – aseguró-. “Te voy a contar una historia. Este alcalde que ves aquí, en realidad  no lleva más de tres meses en el cargo. El anterior era una persona odiada hasta por su gente. Cada vez que un extranjero aterrizaba en Yaniruma, él le cobraba una especie de tasa por alojarse en el pueblo, pero no repartía nada con el resto de sus vecinos. Era un déspota y no caía bien a nadie. Un día desapareció sin dejar rastro. Nadie supo más de él. Sin embargo, yo te puedo decir que fue su propia gente quien le hizo desaparecer; ¡se lo comieron!. No quedó de él más que los huesos”.
-“¿Y dónde queda el demonio ahí?” – Pregunté-.
-“Era un demonio de persona, créeme… De todas formas, todo eso es la teoría. Ya me entiendes…”
Volví la vista hacia  a nuestros desaliñados acompañantes, que me observaban fijamente…
-“Entonces, ¡es importante caerles bien”! – dije, adoptando mi versión más sarcástica -.
Thony sonrió y volvió a reincorporarse a la tertulia.
Yo salí al porche, para disfrutar de la paz que se respiraba con la caída del sol. Al cabo de unos minutos, el cielo se cubrió de centenares de sombras negras.  Fue la primera vez que contemplé el espectáculo de los murciélagos gigantes saliendo de caza con la llegada de la noche.

Con una precisión que ya quisieran para sí los relojes de muchos ayuntamientos en Europa,  los gallos cantaron a la hora prevista, las cinco y media de la mañana. Dos horas más tarde, la expedición estaba dispuesta para partir hacia Mauggemahe, un pequeño pueblo Korowai que representaba la frontera entre la selva amable y la jungla más cerrada y cenagosa.
De Yaniruma partimos un total de doce personas: Thony y yo, Boas, seis porteadores y tres mujeres, que, según entendí, tenían su hogar en Mauggemahe.
El grupo de porteadores lo componía, además de “Pies de Elefante”, un hombre de aspecto chupado, dos jóvenes de complexión robusta y un chaval de no más de dieciséis años, que destacaba por su gran agilidad.
El ritmo hacia Mauggemahe fue fuerte. Aunque el sendero que seguíamos había sido trazado por la naturaleza y no por el ser humano, estaba bastante despejado,  y se podía caminar con cierta facilidad. Comparado con lo que nos esperaba a partir del día siguiente, aquel camino debía ser considerado como una gran avenida en mitad de la selva.
Tres horas más tarde, llegamos a Mauggemahe. Era un pequeño asentamiento de no más de quince casas hechas de bambú y separadas algo más de un metro del suelo mediante unos pilares de madera.
Al principio del pueblo había una pequeña capilla,  por lo que al parecer, el trabajo de los misioneros, que habían dejado el lugar unos años antes, no había sido totalmente en valde.
La sensación de paz era intensa…
-“Si quieres puedes ir al río” – me sugirió Thony- “hay buenos remansos para bañarte sin problemas. El dueño de la casa te acercará en su canoa”.
Según mis noticias,  aquellos ríos estaban infectados de cocodrilos…
-“No te preocupes por los cocodrilos; no suelen acercarse dónde hay gente” – Aseguró Thony- “¡Anímate, Indiana! ;yo te alcanzo en cuanto arregle un par de temas con Boas”.

El escenario desde la canoa era arrebatador.
El río era ancho y muy caudaloso. La corriente bajaba con fuerza. En ambas márgenes,  la densa vegetación devoraba la orilla.
De vez en cuando,  alguna ave del  paraíso, con su plumaje de vivos colores, se aventuraba a cambiar de rama.
Toda la admiración que aquella especie de edén me causaba se reflejada en mis ojos.
Mi anfitrión asentía orgulloso mientras remaba suavemente hacia una especie de playita, formada por una montonera de cantos rodados, donde el agua se amansaba, incitando al baño.
Antes de zambullirme, no pude evitar  mirar a mí alrededor. Yo sabía que los cocodrilos son depredadores que siguen unas pautas muy estrictas en cuanto a itinerarios e incluso  horarios. Saben dónde y a qué hora pueden conseguir una buena presa, y no acostumbran a modificar su hoja de ruta. Así que si los Korowai te aseguraban que podías meterte en el agua sin riesgo de ser atacado, lo más probable es  que realmente, aquel punto del río no formara parte del recorrido gastronómico diario de los caimanes.
A pesar de todo, escudriñé bien las orillas cercanas antes de aventurarme en el agua
Cuando consideré que todo estaba en regla, me quité la ropa y me adentré en el río.
Flotando en aquellas aguas, rodeado de selva virgen, notaba como la adrenalina bullía en mi interior.
Cogí el gel y me jaboné el cuerpo. Después, volví a sumergirme entre una nube de espuma.
Fue entonces cuando me percaté de que alguien me estaba observando algunos metros más abajo. Era una de las tres muchachas que nos habían acompañado desde Yaniruma. Al principio pensé en acercarme, pero ella también se estaba aseando y preferí no importunar.
Cruzamos miradas unos segundos y volví a zambullirme.  
-“¡Indiana!” – me gritó Thony, mientras se dirigía hacia mí  en otra canoa-.
Una vez en el islote, se desvistió y se sumó al baño en el río.
La muchacha, sumergida hasta el cuello, seguía observando…

Después del baño volvimos al pueblo.
Según nos íbamos aproximando, comencé a percibir cierto revuelo. Al final de la única calle,  que atravesaba la aldea, divisamos a un grupo de hombres. Se oían gritos. Poco a poco,  lo que parecía una intensa discusión se hizo más audible… Thony se tensó y me puso la mano en el pecho para que me detuviera…
-"¡Korowais!”-  me previno, con gesto grave – “¡Despacio!”- me indicó, reanudando la marcha-…
No tardé en distinguir a dos hombres completamente desnudos, con una pequeña hoja envolviendo el pene como única prenda. Uno de ellos se mostraba furioso y amenazador. Gritaba sin parar mientras apuntaba a Boas con su arco - mi primer encuentro con un Korowai de la jungla no iba a estar exento de cierta emoción - Junto a Boas, estaba Pies de Elefante y el otro porteador, de cara chupada…
-“¿Qué sucede?”- preguntó Thony-.
Cuando me vieron, los dos Korowais quedaron petrificados, como convencidos de encontrarse cara a cara con un auténtico Laleoalin.
Tras unos segundos de estupor, resurgió su  faceta beligerante y, mientras el más enfurecido volvía a apuntar a Boas, el otro dirigió su arco hacia mí…
-“¡Tranquilo, tranquilo!” –se interpuso Thony, mientras los Korowai se mostraban vacilantes-“¿Qué ha pasado?”- volvió a preguntarle a Boas-.
Thony me tradujo la explicación sin perder de vista al Korowai, que seguía amenazándonos con su flecha…
-“Por lo visto, la segunda esposa de Boas pertenecía a su familia”.- se refería al más agresivo de los dos aborígenes-. “La mujer contrajo una enfermedad y falleció hace unos meses. Este hombre acusa a Boas de haber utilizado sus poderes malignos para matarla, y ahora le exige una compensación por su muerte”.
El Korowai que apuntaba a Boas volvió a proferir un montón de improperios, mientras tensaba la cuerda de su arco. Boas se volvió hacia él y levantó los brazos, situándose ante la punta de la flecha…
-“¡No puedo compensarte porque no tengo nada!. ¡Si quieres matarme, mátame, pero no puedo darte nada!” – Vociferó, entre aspavientos -.
Entonces me di cuenta de que Pies de Elefante blandía una lanza en defensa de su amigo.
Los instantes posteriores fueron de gran tensión. Las miradas se entrecruzaron. Los hombres de la selva no dejaron de apuntarnos, ni modificaron un ápice su rictus amenazante…
Tras unos segundos de indecisión, el Korowai  musitó algo. Su tono trasmitía rabia e indignación. Finalmente, optaron por recoger los arcos y desaparecer entre la  arboleda.
-“¡Están locos!” – seguía vociferando Boas , que daba muestras de un estado de gran agitación-. “¡Cómo voy a tener yo  poderes malignos!, ¡cómo voy a haber matado yo a mi esposa!... ¡Están locos!”
-“¡Vale, ya está, ya se han ido! -  Intentó calmarle Thony, mientras los demás porfiábamos por recuperar el aliento – “Entremos  todos en la casa”
Poco a poco, Boas pareció tranquilizarse … Thony le golpeó levemente el brazo en señal de ánimo…
-“ ¡Están locos!” – insistió, una vez más, mientras su protuberante bocaza esbozaba, por fin, una amplia sonrisa-.

Durante la cena, el impactante encuentro con los dos Korowai de la selva acaparó toda la conversación. En la oscura estancia, Thony y yo ocupábamos los dos únicos taburetes disponibles, mientras Boas, nuestro anfitrión y su esposa permanecían sentados sobre el suelo de caña.
Yo estaba atendiendo a las historias que narraba el matrimonio, sobre otros altercados anteriores con sus vecinos de la jungla, cuando alguien colocó un plato de arroz ante mí.
Entonces, reconocía a la muchacha del río, que esbozó una tímida sonrisa cuando la agradecí el gesto.
Algo en su mirada la hacía diferente a los demás; parecía mucho más viva, más inteligente. Sus rasgos físicos tampoco coincidían; era de complexión más fuerte y su tersa piel se me antojó más bruna y brillante. Tenía unos ojos grandes y hermosos, y a mí, me pareció que, entre los de su raza, debía ser considerada una mujer bella…
-“Se llama Mada”  - Apuntó Thony -.
-“¿Es Korowai?” – Pregunté -.
-“No. Ella y su hermana provienen de una región que está lejos de aquí. Su tía sí es korowai”
Su hermana era la más joven de las tres. Se llamaba Priscilla, y padecía una especie de tiña que le cubría el cuerpo de pequeñas escamas, una enfermedad que era frecuente entre los habitantes de aquel hábitat húmedo y falto de higiene…
-“ Con Mada puedes comunicarte;” – señaló Thony – “ha estudiado en Yayapura y habla un poco de inglés”
-“ ¿En serio?, do you speak English?”- me dirigí a la joven, que sabía perfectamente que estábamos hablando de ella-.
-“A little”- me contestó, medrosa-.
En realidad, el inglés de Mada era muy limitado. Apenas pudimos ir mucho más allá en nuestra primera conversación…
-“Las tres nos acompañarán en el trecking..”- dijo Thony-.
-“¿Y eso?”
-“También tienen derecho a ganarse un dinero”
Mada seguía lanzándome miradas furtivas…

A la hora de la partida, llovía torrencialmente. Desde primeras horas de la mañana, el agua no había cesado de caer con fuerza.
Después de desayunar, me aseguré de que mi equipo fotográfico estuviera a salvo de la humedad. Cubrí la mochila con su funda impermeable y protegí el dinero y la documentación dentro de pequeñas bolsas estancas.
Thony miraba al cielo con preocupación …
-“¡Llueve muchísimo! ; la selva va a estar anegada de agua”
-“¿Cómo lo ves?
-“Dificultará mucho la marcha. Vamos a esperar a ver si amaina. ..”
-“ ¿Y si no?”
-“Si no, nos espera una paliza. Pero habrá que intentarlo, ¿no, Indiana?”
-“No he llegado hasta aquí para dar la media vuelta”
Una hora después, seguía lloviendo abundantemente. No lo pensamos más y nos pusimos en camino… El área selvática en que nos íbamos a adentrar estaba al otro lado del ancho río, que bajaba caudaloso. Las canoas que nos esperaban en la orilla estaban semihundidas. Sólo dos se mantenían a flote, aunque fue necesario achicar el agua que había en su interior.
Finalmente, la expedición la componíamos once personas. Estaba claro que todos no entraríamos en aquellos estrechos troncos huecos…
-“Habrá que hacer dos viajes” -. Apuntó Thony-.
En la primera canoa subimos Thony y yo, junto a Mada y el más joven del grupo.
Boas y otros dos porteadores abordaron la segunda embarcación, con la mayor parte del cargamento. El resto se quedó en la orilla.
Thony y el chaval tomaron los remos y nos encaminamos río abajo, entre una densa cortina de agua.
-“Bien, ¡agárrate fuerte, Indiana!-  espetó Thony ,mientras nos aproximábamos al epicentro de aquella gran avalancha de agua-.
Contuve la respiración. La naturaleza se revelaba en su estado más salvaje e indomable…
La corriente bajaba con fuerza. En algunos tramos, los remolinos amenazaban con engullir a las frágiles canoas.
Mada y yo tratábamos de asegurar la carga, desplazándonos lo menos posible, en un intento de preservar en todo momento la estabilidad de la embarcación. Cualquier movimiento en falso podría hacernos volcar…
-“¡Cuidado con ese árbol!” –le grité a Thony, que, a duras penas, pudo esquivar un gran tronco que se precipitaba contra nosotros arrastrado por el torrente-.
-“¡Sigue remando, no pares!” –exclamó Thony, al comprobar que el chaval había bajado un poco el ritmo, cegado por la lluvia que le golpeaba en los ojos-.
La otra embarcación nos seguía a poca distancia. Llevados por la excitación del momento, Boas y sus otros dos ocupantes aullaban al viento mientras ensartaban los remos en el agua.
Thony me lanzó una fugaz mirada…
-“¿Cómo lo llevas,Iindiana?”
-“Calado hasta los huesos, pero bien… ¡Es alucinante!”
La travesía duró treinta escalofriantes minutos.
Una vez en la otra margen, buscamos un lugar dónde poder desembarcar.
Nuestras botas se hundieron en el lodo, mientras tirábamos de la canoa para que no fuera arrastrada por la corriente.
Apenas había espacio dónde pisar y poder depositar las mochilas y el resto del cargamento. Ante nosotros, se levantaba un enorme muro formado por la vegetación más exuberante que había visto jamás.  Una pared compacta, de lianas, raíces entrelazadas y árboles gigantescos, donde no se divisaba la menor grieta que nos permitiera acceder a su enigmático mundo.
Mientras una de las canoas retornaba en busca del resto de porteadores, cubrimos el equipaje con hojas, para aislarlo de la lluvia, y nos dispusimos a esperar al resto del grupo.
Una hora después, seguía lloviendo vehementemente. La canoa había regresado con el resto del equipo, de manera que los porteadoresse echaron al hombro el equipaje y, sin más dilación,  nos internamos en la jungla…
Thony y Boas se situaron al frente del grupo, abriendo camino en la tupida  foresta con sendos machetes…
Como nos temíamos, el terreno estaba completamente anegado. En realidad, todo el área era una ciénaga donde, a cada paso, te hundías en el fango hasta la rodilla, lo que entorpecía la marcha, haciéndola especialmente farragosa.
Yo intentaba aprovechar las raíces de los árboles que se entrecruzaban a nuestro paso a modo de adoquines.
En algunos tramos, el agua nos llegaba por el pecho. No veías el firme y era necesario caminar con mucho tiento. Especialmente teniendo en cuenta que en  la zona abundaban las arenas movedizas…
-“¡Cuidado aquí, Indiana!”  - me avisó Thony, señalándome una especie de finas plantas, que colgaban a la altura de nuestros hombros  -“Son plantas cortantes, extremadamente afiladas. Si te rozas con una de estas, te harás una buena herida. Préstalas mucha atención.”
-“De acuerdo”  -asentí, tratando de memorizar su forma y textura-.
-“Recuerda esto: en la selva debes mantener en todo momento la concentración. Debes ver lo que pisas, a lo que te agarras, lo que cuelga a tu paso y hasta lo que respiras. Lo que tienes a los costados, a tu espalda y delante de ti. No debes despistarte, porque de ello puede depender tu supervivencia. Aquí,  el terreno es traicionero, la vegetación es traicionera, los animales y, hasta los seres humanos que  habitan, son traicioneros... No lo olvides”
-“No lo olvidaré”
Pronto me di cuenta  que desenvolverme en aquel complejo ecosistema iba a ser una cuestión de habilidad y de agilidad, más que de mera resistencia física. Avanzar hacia el interior de la jungla implicaba puentear infinidad de pequeños ríos ó regatos, que no podías vadear a pie, debido a su fondo excesivamente cenagoso, obligándote a hacer verdaderos equilibrios sobre húmedos troncos de árbol, tendidos de orilla a orilla, sobre los que  las rígidas y embarradas suelas de mis botas perdían toda adherencia y se convertían en un punto de apoyo demasiado inestable y resbaladizo.
Por otra parte,  me llamaba la atención  que alguien pudiera orientarse en aquel laberinto forestal, carente del menor sendero.

-“Más de una vez ya nos hemos perdido, y nos ha llevado horas recuperar el sentido de la orientación” – se sinceró Thony-.
Tras varias horas de lucha con el barro, abriéndonos paso a fuerza de machete, nos dimos de bruces con una gran  cantidad de agua que se interponía en nuestro camino. La intensa  lluvia había provocado el desbordamiento de aquel río,  duplicando su caudal. El área inundada era muy extensa, y la parte central se revelaba demasiado profunda para vadearla a pie… Revisamos la orilla de arriba abajo, en busca de un punto más accesible, pero no lo encontramos. Teníamos un problema. Tanto Thony como Boas parecían desconcertados…
De pronto, la hojarasca crujió y todo el mundo se puso alerta… ¡Algo se acercaba por nuestra izquierda!...
-“¡Puede ser un casuario, cuidado!” – advirtió Thony-.
El casuario es una de las especies más peligrosas que te puedes encontrar en las selvas de Papúa. A primera vista, se trata de una especie de pájaro grande, semejante al avestruz. Sin embargo, es una criatura tremendamente agresiva, que puede desenvolverse a gran velocidad en aquel terreno, y capaz de rajar en canal a un hombre con su temible espolón.
El grueso del grupo retrocedió unos pasos, alejándose de los arbustos.

Pies de Elefante se situó delante de nosotros, sujetando firmemente su lanza…
Entonces, de entre la vegetación, surgió un hombre desnudo,  seguido de una mujer que vestía una pequeña falda de fibra vegetal…Estaba claro que estábamos ante dos Korowais de la jungla…
El hombre, de amplio pelo rizado, aspecto menudo y de nariz  perforada por un pequeño pedazo de hueso, nos miró con asombro, vacilante…Su instinto de defensa se activó al instante, armando su arco, para persuadirnos de cualquier amago de violencia por nuestra parte.
Cuando me vio, la mujer reaccionó con temor…
Boas no tardó en adelantarse a hablar con ellos…El Korowai añadió algo, sin apartar sus ojos de mí…
-“No es un ser maligno” -  le tranquilizó Boas – “no tiene Khakhua. Es amigo”
-“Dile que nos dirigimos a Yafofla. Pregúntale si vamos bien”- intervino Thony-.
-“Dice que sí, que él y su esposa también se dirigen a Yafofla”
-“Dile que le estaríamos muy agradecidos si nos guiaran allí, que les obsequiaríamos con buen tabaco”
El Korowai seguía mirándome con recelo… Finalmente asintió…
-“Pregúntale si sabe por dónde cruzar el río”
-“Por aquí” – añadió Boas, interpretando sus palabras-.
-“Por aquí es imposible; ¡demasiado profundo!”  - dijo Thony-.
Inmediatamente, el pequeño Korowai entró en acción; recorrió los árboles con la mirada, palpando la corteza con las manos, como si estuviera calculando la altura y el grosor.
Luego, tras descartar varios troncos, señaló uno que debía rondar los quince metros de alto.
Entonces, empuñó con firmeza el hacha, que portaba a la espalda, y comenzó a talarlo con gran criterio y habilidad. Diez minutos después, la gran mole de madera se desplomó con un enorme chasquido, arrastrando ramas y vegetación  en su caída. El habitante de la jungla acababa de tendernos un puente hasta la otra orilla.
Para la pareja de Korowais, habituados a desenvolverse en los árboles, y cuyos pies se articulaban,  acoplándose al tronco como si de una pitón se tratara, atravesar aquel improvisado pasadizo, de superficie cilíndrica y muy resbaladiza, no representó el menor problema. Sin embargo, para el resto de la expedición - especialmente, para mí -, el reto no estaba carente de riesgo.
El primero en decidirse fue Thony, seguido de Boas y de Mada. Yo iba tras ellos y, a continuación, el resto de porteadores, con la dificultad añadida de las mochilas y la carga.
Parecíamos una hilera de equilibristas avanzando sobre el alambre de un circo.
Nuevamente, las botas se convirtieron en mi peor enemigo para caminar sobre la corteza mojada. Trataba de mantener el equilibrio con los brazos abiertos.  Me tomaba mi tiempo entre paso y paso, con la sensación de que, al siguiente, me escurriría  y acabaría cayendo en aquella ciénaga cubierta de agua.
Mada se percató de mi inseguridad y me tendió la mano. Yo la tomé sin dudarlo y entre los dos, poco a poco,  alcanzamos la otra orilla.
-“¡Thank you very much!” – le agradecí a la muchacha, que me sonrió complacida-.
Uno tras otro, los porteadores fueron llegando al otro lado del río, sin que nadie ni nada hubiera sufrido ningún percance.
Aún tuvimos que avanzar durante cerca de una hora con el agua por el cuello.
Las mochilas se sumergían casi por completo, y yo cruzaba los dedos para que la humedad no alcanzara mi equipo fotográfico.
-“¡Quietos!..” – ordenó Thony –
Una larga serpiente pasó nadando a escasa distancia…
-“¿Venenosa?”- pregunté-.
-“Mejor no hacer la prueba”
Cuando salimos del agua, tuve que sacudir las sanguijuelas que se me habían pegado al cuerpo. No se me había introducido ninguna en las botas, gracias a las polainas,  y,  exceptuando la que me arranqué del cuello, la mayoría estaban adheridas a la ropa.
Aún restaban unas tres horas de marcha hacia Yafoflá, que era el nombre del poblado dónde habíamos decidido establecernos los dos días siguientes.
En realidad, los poblados Korowai  son pequeñas comunidades de tres o cuatro Khaims, en las que habita una misma familia, que da nombre al pueblo.
Thony había seleccionado un par de comunidades que contaran con una  “ casa larga”.
La casa larga era una especie de galería, preparada para acoger a los miembros de otras familias cuando estaban de visita con motivo de alguna celebración en el pueblo.
Estaba edificada al ras del suelo, sobre unos pequeños pilares que la aislaban de la humedad…
-“Dentro podremos pernoctar al resguardo de la lluvia y  las posibles riadas. Acampar en el exterior  es demasiado peligroso; las tiendas no soportarían tanta agua. De cualquier forma, las montaremos en el interior de la casa larga para que nos sirvan de mosquiteras” – explicó Thony-.
                                                                                                                                                        
Nueve horas después de abandonar Mauggemahe, embarrados y calados hasta los huesos, nos encontramos cara a cara con la primera casa de los árboles…
-“¡Khaim!” – se volvió hacia nosotros el Korowai, señalando una gran choza que estaba encaramada en un árbol de unos diez metros de altura -.
-“Ya llegamos, Indiana: Yafofla” – confirmó Thony-.
En aquel instante sentí que el esfuerzo había merecido la pena. Cuatro enormes cabañas descansaban sobre las ramas de los árboles, coronando un pequeño claro en mitad de la jungla. Tres de ellas se asentaban sobre robustos troncos de unos diez metros de altura. Pero la cuarta sobresalía por encima de la selva, a unos veinticinco metros del suelo.
Una obra de la que se habrían sentido orgullos los más prestigiosos arquitectos del viejo continente.
El poblado estaba vacío…
-“Estarán cazando o recogiendo el sago“ - dedujo Thony –“Montaremos el campamento y esperaremos a que regresen”
Junto con la pareja de Korowais, sin cuya ayuda vete a saber si habríamos encontrado el lugar, procedimos a instalarnos en la casa larga, levantando las tiendas. Yo comprobé, con alivio, que  en el interior de las mochilas no había entrado ni una sola gota de agua.
No pude decir lo mismo de mis botas, que se desbordaron al voltearlas, como un caldero que estuviera a rebosar.
En pocos minutos, la larga galería de madera y caña, se había convertido en un enorme tendal, del que colgaba pantalones, camisetas y todo tipo de prendas, que goteaban sin cesar.
Los porteadores se acomodaron en lechos de hojas secas que se extendían,  a modo de literas, a lo largo de la choza.
La temperatura era magnífica y el grado de humedad muy alto, así que me quedé sólo con un pantalón corto, unas calcetines secos y unas chanclas. De forma instintiva, me aseguré que el cuchillo que guardaba en mi mochila estuviera al alcance de la mano. Después, decidí relajarme un rato y esperar a que aparecieran nuestros inquietantes anfitriones…

Mientras contemplaba la Khaim,que sobresalía por encima de las copas más altas del bosque, la mente de Thony retrocedió ocho años en el tiempo.
En 1997, se había adentrado en aquella jungla en compañía de un aventurero alemán  de nombre Manfred. Era un hombre muy corpulento - medía cerca de dos metros y su evidente sobrepeso rondaría los 110 kilos -. Habían localizado un pequeño asentamiento Korowai, compuesto por tres Khaims, en las que vivían un total dieciocho miembros de la misma familia. El alemán se había empeñado en trepar hasta la choza más alta, que descansaba sobre un enorme árbol de unos treinta metros de altura.
Para acceder a lo alto de la Khaim, los Korowai utilizan un largo poste, en el que, a golpe de hacha,  tallan pequeñas muescas a modo de escalones donde apoyar la punta del pie.
Una escalinata suficientemente resistente para los menudos y etéreos habitantes de la selva, pero mucho más frágil e inestable para la envergadura de un típico centroeuropeo  con exceso de cerveza en sus carnes.
El propietario de aquella especia de rascacielos de la jungla intentó en todo momento persuadir al germano para que renunciara a su descabellada idea.
-“Dice que no lo intentes, cree que no aguantará tu peso” – insistió también Thony, haciendo de intérprete de su guía Korowai-.
-“Tonterías; iré con cuidado” 
El alemán hizo caso omiso a las advertencias y comenzó a trepar por el poste, descansando cuidadosamente la punta de sus botas en cada hendidura, y abrazándose al mismo con ambos brazos.
Hacía poco que la familia había terminado  aquella vivienda y el terreno que rodeaba el gran árbol, que servía de columna vertebral del edificio, estaba sembrado de puntiagudas estacas de madera y bambú, que habían quedado a medio talar.
Cuando el alemán  se hallaba a unos quince metros del suelo, el poste comenzó a tambalearse como una hoja de afeitar. El enorme hombre blanco se aferró a él como un koala y, por primera vez,tuvo la sensación de haber cometido un grave error al desatender los avisos de su guía.
Desde el suelo, el Korowai presintió la tragedia…
“¡Baja ya, Manfred,. no sigas subiendo!”  – gritó Thony-.
En ese momento se escuchó el primer crujido. El alemán, vencido por el miedo, era incapaz de dar un solo paso. Desde lo alto de la casa,  la esposa del Korowai contemplaba la escena con horror e impotencia; “si intentaba bajar en ayuda del hombre blanco, la escalinata no resistiría”…Entonces, los peores temores se hicieron realidad; un gran chasquido recorrió la selva, provocando que algunos pájaros retomaran el vuelo. Un chasquido, acompañado de un grito espeluznante. El poste se quebró por la mitad y el pesado cuerpo del teutón se precipitó al vacío, ensartándose en las estacas que rodeaban la Khaím.

Thony se quedó pensativo, como si hubiera vuelto a sentir todo el horror de aquel momento…
-¡Debió ser espantoso!” – Dije, cuando conseguí sobreponerme a la trágica narración que acababa de oír-.
-“ Ha sido mi momento más duro como guía”“ – aseguró Thony, con la mirada perdida en la jungla. Luego, se volvió a mí-. …”No intentes subir a una Khaim sin ser invitado previamente, Indiana. No sólo porque nadie mejor que quienes la utilizan a diario saben si aguantará tu peso, sino porque, además, podrías tener problemas con los nativos”  
-" ¡Ya he hecho bastantes equilibrios sobre troncos por un día!" – Bromeé -.
-“... ¿Qué tal un baño en el arroyo?”

Mi primer intento de salir a la jungla, calzado con unas simples chanclas, fue todo un desastre; no había avanzado ni diez metros, portando la toalla  en una mano y el bote de gel en la otra, cuando tuve que optar por regresar a la casa larga. Tenía los pies acribillados con diminutas espinas y todo tipo de pequeñas plantas punzantes.
-“ Andar descalzo en la selva solo está al alcance de los Korowai” – Señaló Thony – “ Ni tu ni yo nos podemos permitir ese lujo”
Volví a calzarme mis empapadas botas, las cuales aún rezumaban…
El arroyo al que se refería Thony era una pequeña corriente de aguaque se encontraba a unos cinco minutos del poblado. Como no podía ser de otra forma, para llegar a ella, había que caminar por  un bosque pantanoso, dónde nos hundíamos hasta los muslos.
Una vez en el riachuelo, nos desnudamos y procedimos a asearnos, sentados sobre una rama hundida.
-“Esta noche vendré a pescar con arco, ¿te apuntas?” –me preguntó Thony mientras procedía a jabonarse-.
-"¡Con arco!”- exclamé, sorprendido-.
-“Así pescan los Korowai, normalmente aprovechando la luna llena. Nosotros utilizaremos linternas si es necesario. Es una experiencia magnífica. ¡Anímate!”
-“¡No tengo nada mejor que hacer esta noche!”

De vuelta al poblado, al atravesar la zona inundada, oímos  un chapoteo en el agua.
Instintivamente, miramos a nuestro alrededor, para comprobar que no se tratara
de una serpiente o alguna otra especie peligrosa…Apenas pudimos percibir una pequeña silueta que emergió de detrás de unos arbustos, desapareciendo súbitamente entre las palmas.
-“Tenemos visita” – confirmó Thony-.
Un segundo niño, de corta edad, salió de detrás de un árbol  y, entre gemidos,  corrió a refugiarse tras el cuerpo del primero. Los dos niños Korowai se nos quedaron mirando atónitos; el primero, de unos once años, sugería más curiosidad que temor. El pequeño, que apenas tendría siete,  nos miraba despavorido, asomando sus grandes ojos desde detrás de su hermano mayor.
En la entrada de la casa larga, Boas nos esperaba, dialogando con dos nuevos indígenas.
Uno de ellos era un hombre bastante longevo, lo que, para una población cuya esperanza de vida ronda los cincuenta años, significaba haber superado los cuarenta. Un pequeño pedazo de hueso le  atravesaba las fosas nasales.
El otro, de presencia mucho más orgullosa, andaría rozando de la treintena. Tenía una barba muy poblada y era bastante alto para la media de su raza - “aproximadamente uno setenta”, calculé -. Ambos estaban completamente desnudos, con la única excepción de una pequeña hoja que les envolvía el pene, que sujetaban con una especie de cordón vegetal.
Boas nos hizo la introducción y, entre él y Thony ,entablaron diálogo con los dos aborígenes.
El más joven resultó ser el cabeza de familia …
-“Estas Khaim están ahora abandonadas”- me explicó Thony, mientras el Korowai me escrutaba a cierta distancia-. “El y su familia se han mudado a un nuevo hogar, que no está muy lejos de aquí”
-“Vamos allí” – sugerí yo-.
-“El problema es que todavía no han construido más que una Khaim, y aún no tienen casa larga, así que es preferible que sean ellos los que se trasladen aquí. Mañana vendrá el resto de su familia, a excepción de una de sus dos esposas que, por lo visto, está muy enferma. Nos enseñarán como recogen el sago, como cazan,... En fin, su forma de vida”
-“Muchas gracias”- sonreí al Korowai, que no esbozó ni una mueca-.

Empezaba a atardecer.
Salí de la casa larga y me alejé unos metros para orinar... Observaba con admiración aquella enorme Khaim, ahora abandonada, desde la que quizás se podía tocar el cielo - desde luego, desde aquel lugar  “se tenía que estar muy cerca de los pájaros” - Por un momento,  me vino a la mente la dramática historia del alemán, que me había contado Thony…
De pronto, una enorme sombra me pasó por encima, a poca distancia de la cabeza… El murciélago debía medir más de un metro. Realmente, había pasado muy cerca.
Levanté la mirada;  era la hora vespertina para las criaturas de la noche, y el techo de la jungla volvió a cubrirse de cientos de gigantescas manchas negras.
Al igual que los murciélagos, también las tribus que habitan en las selvas de Papúa aprovechan la oscuridad de la noche para salir a cazar.
Thony  sentía auténtica devoción por la caza bajo la luna llena. Ese era el momento preferido por los Korowai para revisar las trampas ó disparar sus flechas contra casuarios, ratas, cerdos salvajes u otros mamíferos, que forman parte de su dieta diaria.
No había luna en aquella noche cerrada,  por lo que, a falta de caza mayor, decidimos cenar pescado y cangrejos de río.
 -“¡A ver qué tal se te da, Indiana¡”
Thony me puso en la mano un arco y varias flechas de triple punta, y partimos de nuevo hacia el arroyo, en compañía de Boas y los dos Korowai.
Una vez en el río, nos metimos hasta la cintura y, ayudándonos con las linternas, nos entregamos, pacientemente, a la localización de alguna presa. No era tarea fácil. De vez en cuando, los Korowai ó Thony, acertaban a impactar en algún cangrejo, pero los peces brillaban por su ausencia.
Respiré aliviado al percatarme de que yo no era el más torpe de los cinco; Boas evidenciaba una total falta de destreza en el arte de la pesca con flecha. “Esta visto que, lo mismo que no todos los españoles somos toreros, tampoco todos los korowais son buenos cazadores”, pensé…
De pronto, uno de los Korowai se giró bruscamente  y disparó su arco hacia la orilla.
Profiriendo pequeños aullidos, como congratulándose por la consecución de una presa importante, el indígena se apresuró a recuperar la flecha que había impactado de lleno en una enorme rata de río. Entonces, nos  mostró su trofeo, orgulloso.
-“¿Cómo lo ves, Indiana?,¡ya tenemos carne para cenar!” – me sonrió Thony, no sin cierta sorna,  sabedor de la repugnancia que produce ese animal en la cultura occidental-.
Yo asentí con una leve mueca…
Tras casi una hora en remojo, regresamos a la casa larga con el botín obtenido: un buen número de cangrejos, una especie de carpa de río y, como manjar estelar,  un delicioso roedor,  el cual continuaba ensartado en la flecha que el Korowai mostraba con júbilo a los porteadores que nos esperaban en el poblado.
 Yo tenía la sensación de haber perdido el apetito. "¡Siempre me quedan las barritas de Isostar!”, me dije.

A la hora de la cena, todos estábamos sentados alrededor de la hoguera, bajo la techumbre de hoja seca que cubría la casa larga. En el exterior, continuaba lloviendo copiosamente.
Los Korowai acostumbran a compartir lo poco o mucho que tienen para comer. Unos a otros, se pasan los trozos de carne o de pescado, o el sago…
Yo intenté participar de toda la comida, aunque pude evitar la carne de rata, argumentando que prefería dedicarme a los cangrejos y a la carpa, y que el roedor era demasiado pequeño para tanto comensal. En un intento por seguir sus normas de conducta, saqué una barrita energética y, tras dar un mordisco,  la fui pasando de mano en mano. Uno a uno, los Korowai, tanto porteadores como nativos, mordieron aquel extraño alimento con sabor a limón, con la misma precaución que yo mostré al probar  un pedazo de sago asado.
Mada me observaba y estaba especialmente pendiente de mí.
Le sonreí. Por primera vez tuve la sensación de que pudiera estar despertando interés en aquella joven de piel de cacao y ojos profundos y despiertos.
También el resto de porteadores se estaban refiriendo a mí en su conversación.
-"¿Qué dicen?”“ – le pregunté a Thony-.
-“ Que te has desenvuelto muy bien en la selva. Que eres un gran caminador. Otros extranjeros que han llegado aquí han tenido serios problemas para avanzar por el barro o al pasar por encima de los troncos. Normalmente la marcha es mucho más lenta. Más de una vez, hemos tenido que evacuar a alguno que había sufrido algún tipo de percance.
Consideran que el hombre blanco es torpe e inútil, incapaz de sobrevivir por sí sólo en la jungla. Tu les has impresionado bastante en ese sentido”
-“¡Vaya!”
-“Es más importante de lo que crees. El hecho de que te vean capaz, que vean que te integras, que cazas con ellos, que compartes su comida, es importante. Has conseguido que te respeten y te acepten como uno más.”
Eché un vistazo a mis acompañantes; parecían sentirse cómodos en mi presencia…
Me fijé en que Priscila tenía una pequeña herida en la pierna, que debía de haberse producido en el transcurso del trecking. Me ofrecí a limpiársela y a desinfectarla con Betadine…
Junto a un arcaico hacha de piedra, el jefe del poblado me observaba, mientras fumaba “clavo” en una larga pipa de madera. Le musitó algo a Thony…
-“Dice que le gustaría que le acompañaras mañana a su nueva Khaim y echaras un vistazo a su mujer enferma”
-“Dile que yo no soy médico, que no sabría como curarla  …”
Thony tradujo mis palabras, pero el jefe insistió…
-“Dice que el hombre blanco es poderoso ante la enfermedad, que sabe de su magia”
-"¿Qué pasa con los demonios?, ¿qué debo hacer?" – le interpelé a Thony -.
-“Creo que debes ir; no debe creerte indiferente a su problema. Pero no te compliques. Insiste en que tu no tienes la magia, que no eres médico, y no se te ocurra darla ninguna medicina si no estás absolutamente seguro; como le produzca alguna reacción ó efecto secundario, podrían culparte por ello y tendríamos serios problema “
Devolví la mirada al Korowai…
-“Dile que mañana le acompañaré gustoso a su casa, que haré todo cuanto pueda por su esposa”

A la mañana siguiente,  mis  botas seguían empapadas. Las sacudí como acostumbraba y aún cayó agua de su interior.
Estábamos desayunando cuando llegó al poblado la primera mujer del jefe, en compañía de sus dos hijas y de otros tres miembros de la tribu.
Aquella mañana la dediqué a acompañar a los Korowai en algunas de sus tareas diarias.
Mi interés les motivaba. Se esforzaban en explicarme  el proceso para la obtención del sago, una apreciada fécula que extraen de los troncos de las palmeras y que forma parte fundamental de su alimentación. También de los troncos podridos, talados y abandonados en el agua, obtenían una de las principales fuentes proteínicas de la dieta de los Korowai y los Kombai: las larvas de escarabajo. Tras desmembrar la reblandecida corteza, los indígenas se dedicaban a recolectar decenas de gusanos blancos y gordos, algunos de los cuales se llevaban inmediatamente a la boca, preservando la mayor parte, para elaborar sus platos más exquisitos…
Evidentemente, en aquella selva no había nada que pudiera hacerse con el agua por debajo de la rodilla, salvo, naturalmente, la recolección de cocos en las copas de los árboles. Pero esa tarea estaba reservada únicamente a aquellos hombres mono, que, con sus extremidades articuladas, trepaban por los troncos de las palmeras más altas y se desplazaban de rama en rama, con la agilidad del mismísimo Tarzán.
Con la caída de la tarde, el jefe me recordó mi promesa y, en compañía de Thony, Boas y otro indígena, nos encaminamos hacia la nueva ubicación de la tribu, donde debíamos encontrarnos con su debilitada segunda esposa.
Apenas tardamos una hora en llegar a un claro en la jungla, dónde la familia estaba levantando su nuevo hogar.  Alrededor de la Khaím, había infinidad de restos de árboles a medio cortar. La única casa terminada estaba emplazada en medio del claro. A su derecha,  descansando sobre el suelo, reconocí parte de la estructura de una nueva choza en proceso de construcción.
La Khaim a la que debíamos trepar  estaba situada a unos nueve metros del suelo.
Desde la plataforma ó terraza que rodea el habitáculo principal, dos mujeres y una niña nos invitaron a subir. 
Los primeros en trepar fueron los dos Korowai.
Traté de fijarme atentamente en la técnica de escalada por el tronco; especialmente en la forma en que adaptaban la almohadilla de sus pies a las diminutas hendiduras que servían de escalones. Con mis enormes y rígidas botas mojadas, la cosa iba a ser mucho más complicada…
Una vez en lo alto de la casa, el jefe mi hizo un gesto para que subiera…
-“Despacio, Indiana; no hay prisa” me animó Thony -
A medida que me iba alejando del suelo, la sensación de falta de seguridad en mi mismo iba en aumento. La escasa adherencia del calzado y la falta de espacio, donde apoyar la punta de las botas, me provocaban la sensación de que, en cualquier momento, podría sufrir un traspiés y precipitarme al vacío, como le ocurrió al protagonista de la macabra historia de Thony. A partir de  cinco metros, la sensación de altura comenzaba a provocar vértigo. Por un momento,  me ví incapaz de dar un solo paso, ni hacia arriba, ni hacia abajo.“No me extraña”, pensé, “que vean al hombre blanco como un ser inútil y torpe”. Verles a ellos deslizarse por aquellos troncos - cargados con perros, bebés ó piezas de caza -, con aquella facilidad casi primate, hacía que la ascensión ó el descenso por aquellas delgadas escalinatas pareciera fácil. Sin embargo, allí estaba yo, enroscado al tronco, como un marsupial de las antípodas, incapaz de dar un solo paso en firme…
-“Animo, Indiana; no mires abajo” – Gritó Thony -.
Pero no podía. Era imposible. No, mientras siguiera calzando aquellas pesadas botas que me impedían apoyarme en las pequeñas muescas, labradas en el tronco… Así que, como ellos, tomé la determinación de descalzarme. Muy lentamente, conseguí desatarme las botas, dejándolas caer a los pies de Thony. Después, me quité también los calcetines mojados…
El contacto de la piel con la madera y la mayor flexibilidad de la planta del pie, me proporcionó, por fin, la sensación de apoyo fiable que necesitaba. Así pude alcanzar la Khaim, sin mayor problema. “Al final, era una simple cuestión de adaptación al medio…”
Una vez arriba, me llamó la atención la sencillez del habitáculo. El interior era diáfano, la corteza de árbol era el material que utilizaban tanto para cubrir el piso, a modo de moqueta, como para formar las mamparas, que  dividían los espacios destinados a las mujeres y los hombres. Había un pequeño montón de ceniza, apilada sobre la sección de un tronco talado que emergía del suelo, en mitad de la estancia principal. Era el lugar del fuego.
El jefe de la tribu me observaba, entre paciente y expectante. Entonces recordé el motivo por el que había sido invitado a la Khaim y le seguí hacia el lugar donde yacía la esposa enferma.
Su aspecto me impactó; estaba tendida sobre una especie de estera trenzada con fibra vegetal, sobre un lecho de hojas secas. Tenía el rostro y las extremidades hinchadas hasta la deformidad.
Miré a Thony de reojo…
-“Recuerda lo que te dije” – Insistió -.
Me situé en cuclillas junto a la mujer, que me contemplaba, entre aterrada e implorante…
-“¿Tiene dolores?”-  pregunté -. 
Thony trasmitió mi pregunta a Boas, que, a su vez, ejerció de intérprete de la mujer…
-“A veces” –tradujo Boas- “al moverse…,o si la tocan”
Alargué mi mano para paparla delicadamente la frente. Ella reculó…
-“¡Tranquila!”- le sonreí-.
El jefe le dijo algo y, por fin, se quedó quieta. Entonces, pude apoyar la palma de mi mano en su frente…
-“No parece que tenga fiebre” – Dije. Por decir algo…- “No sé, podría ser algún tipo de alergia. Alguna reacción a la picadura de un bicho. Pero yo no soy médico, no puedo saberlo”
-“No te compliques” – Repitió Thony-.
-“En el botiquín tengo algunos antiestamínicos, quizás...”
-“Ya hemos c umplido con el jefe por su hospitalidad. Es mejor que nos alejemos de ella. Recuerda lo que te expliqué de los demonios…”
Por boca de Boas, Thony se  dirigió al jefe…
-“¿Le ha picado algún insecto últimamente?” – Preguntó -.
-“No. Ella fue a visitar a un familiar cerca de aquí. Cuando regresó ya tenía  los malos espíritus en el cuerpo” – Contestó el korowai -.
-“El blanco no es médico, no tiene magia para curarle”
-“Yo sé quién ha metido el demonio en el cuerpo” – Afirmó el Jefe – “uno de los hombres a los que visitó tiene Khakhua, él le ha enfermado. Si ella muere, iré al poblado y le mataré.”
-“No es Khakhua, no habita en ella ningún ser maligno” – Dijo Thony – “ solo está enferma. Necesita medicina. Debes llevarla a Yaniruma para que la vea la enfermera. Ella sabrá como curarla.”
- “La llevaré a Yaniruma” -  Repuso el korowai – “¡Pero si la magia blanca no la cura, buscaré al hombre, le mataré y me comeré sus entrañas!”

De vuelta a Yafofla no me quitaba de la cabeza el rostro deformado de la mujer y las últimas palabras del Korowai. Qué delgada era la línea que separaba la cara amiga y hospitalaria de aquella gente, con su lado más cruel y temible… Thony había hecho muy bien en no permitir que me involucrara más en el problema; en un mundo en el que todo es khakhua, en el que todo se explica en función a espíritus y a fuerzas malignas, cualquier torpeza, cualquier acto de buena voluntad, con consecuencias no deseadas, podría ser malinterpretado por los habitantes de los árboles. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, podías pasar de compartir su comida a formar parte del “menú”. Aunque me había quedado un cierto malestar por no ser capaz de aliviar a la mujer.
Con tantas emociones, no me había percatado de que ese día que se aproximaba a su crepúsculo, ¡era el de mi cuarenta y seis cumpleaños...!
Cuando lo comenté, Thony me felicitó efusivamente y, al llegar al campamento, se lo comunicó al resto de porteadores. Uno a uno fueron estrechándome la mano: Boas, Pies de Elefante, el muchacho, el cara chupada, los dos atléticos y las tres mujeres del grupo: la tía, Priscilla y, cómo no, la que más parecía trasmitirme con su apretón de manos y su sincera sonrisa, Mada…

Tras quitarme toda la ropa mojada y descansar un rato, salí de la tienda de campaña. Ya había oscurecido.
En un extremo de la casa larga se agolpaban los porteadores -  las mujeres ayudaban a Boas a cocinar una especie de verdura -. En el extremo opuesto, el grupo de Korowais de la selva se arremolinaba alrededor de un segundo fuego. Los hombres charlaban ó fumaban en pipa. Las mujeres más adultas también se encargaban de la cocina. Los niños corrían por todas partes. Y una joven madre amamantaba a su pequeño… Junto a ellos, tres pequeños lechones campaban a sus anchas.
Thony no había salido de su tienda…

Yo me aproximé a Mada e intenté mantener una conversación…
-“So, you’ve studied in Wamena, Mada?” – Dije -.
-“Yes” – sonrió,  entre tímida y ansiosa-.
-“What did you study there?”
-“Primary school”
La muchacha se esforzaba por mantener la conversación, pero estaba claro que no podríamos progresar mucho más. Entonces, cuando estaba a punto de tirar la toalla, ella fue capaz de trenzar una nueva frase…
-“I want to go to Yayapura.  I want to go to university”
-“That’s great!.  What would you like to study at university?”
-“Anthropologist” - A la muchacha le costó escupir aquella enrevesada palabra…-
La respuesta a mi pregunta no dejó de sorprenderme; Mada volvía a evidenciar mucha más ambición y ganas de aprender que el resto de nuestros analfabetos acompañantes…
-“Anthropologist!”-  Exclamé -.  “I guess you are just in the right place for it”…
La conversación se estancó en ese punto, pero ella parecía realmente complacida…
Cuando me acerqué al grupo de Korowais, una escena me llamó poderosamente la atención: la joven madre que había estado amamantando a su hijo, había dejado a un lado a su pequeño y le daba el pecho a uno de los lechones…
-“Al igual que los Yalis y las restantes tribus que habitan en Papúa, los Korowai consideran a los cerdos  su bien más preciado. Por eso las madres en estado de lactancia no dudan en alimentar a  los lechones huérfanos. La escena es preciosa, ¿verdad? ”- me explicó Thony, que acababa de emerger de su tienda de campaña-.
-“¡Es una pasada!” Aseveré yo -.
Por un momento, estuve a punto de correr a por la cámara de fotos e inmortalizar aquella estampa única, pero no quise arriesgarme a estropear el sentimiento de confianza que se había forjado entre aquel grupo de aborígenes y yo…
-“Boas sale a pescar tu cena” – Dijo Thony – “¿te apetece acompañarle?”
Pude ver la enorme bocaza de Boas sonriéndome, mientras  blandía un arco y varias flechas…
-“¡Qué Boas va a pescar mi cena!”
-“Exactamente”
-“¡Qué mi cena depende de la destreza de Boas para pescar con arco!-  acentué el nivel de mi sarcasmo -….”Dile a esa joven madre que después del lechón voy yo”
Thony rompió en carcajadas; mi ocurrencia le había hecho muchísima gracia y no tardó en traducírselo a Boas y hacer que este se lo trasmitiera al grupo de korowais…
“¡Espera, espera!"- traté de impedirlo, temeroso por la imprevisible reacción de los nativos-.
Pero fue demasiado tarde; los hombres de los árboles ya había roto a reír escandalosamente.  Incluso la joven, que seguía dándole el pezón al pequeño cerdo, no pudo contener la risa…
Otra vez la delgada línea me situaba en la cara más afable de aquellos seres, mitad hombres mitad monos. Sin duda,  estábamos separados por millones de años de evolución, pero, por lo visto, compartíamos el mismo sentido del humor.
Esa noche, aún tendría oportunidad de presenciar otro ejemplo de su espíritu bromista y alegre…Estábamos cenando alrededor de la hoguera. Yo comía las verduras que había cocinado Boas y que Mada, que se había convertido en mi ayudante de cámara personal, me había servido en un plato. Los korowai por su parte, envolvían en hojas las larvas de coleóptero que habían recolectado por la tarde, tras mezclarlas con una masilla de sago, y las asaban a fuego lento hasta que consideraban que habían alcanzado el punto idóneo.
Entonces, retiraban la hoja y devoraban su contenido con auténtica devoción. No cabía la menor duda de que para aquella gente, los gusanos blancos del escarabajo representaban un manjar de dioses.
De pronto, uno de los Korowai adultos se dirigió a mí y me ofreció una de las hojas que acababa de retirar del fuego. Me hacía gestos para que me lo metiera en la boca y lo masticara, seguro de que lo encontraría delicioso… Yo dirigí mi mirada implorante hacia Thony…
-“Son deliciosos, Indiana. Nada mejor para celebrar tu cumpleaños…” – Dijo -.
-“Y, ¿pasa algo si lo rechazo?"
-“¡Cómo dices…! – espetó Thony-.
-“Dile que lo agradezco mucho, que seguro que es exquisito, pero que estoy muy lleno, que no puedo comer más”
-“¡Estás loco!, rechazar un guiso de larvas es una terrible ofrenda para los Korowais; el escarabajo es una especie de insecto sagrado para ellos, les protege del khakhua. ¡Podrían matarte si les haces ese feo!”
-“¿En serio. ?” – no daba crédito-.
-“Puedo decirles que te lo asen un poco más. Pero, mentalízate, Indiana, no te va a quedar más remedio que comerte las larvas”
Miré a mi alrededor; los nativos parecían pendientes de mí, como preguntándose a que esperaba…
Thony le dijo algo a Boas y este se dirigió al jefe, que, tras asentir con la cabeza, tomó de mi mano la hoja que envolvía aquella especie de pastel de escarabajo y volvió a pasarla por el fuego. El Korowai me lanzó una mueca de asentimiento a la que yo respondí con una sonrisa, que procuré resultara lo menos forzada  posible. No podía creer que fuera a tener que meterme uno de aquellos gordos gusanos blancos, a la boca…
Cuando consideró que estaban suficientemente asados, el Korowai retiró el envoltorio, extrajo una larva con los dedos y la seccionó por la mitad con los dientes, ofreciéndome la mitad restante…
La escena había atraído alrededor nuestro a todos cuantos compartíamos refugio en la casa larga: aborígenes, porteadores, guías…
Haciendo de tripas corazón, tragué saliva y extendí la palma de mi mano, para que el Korowai depositara en ella la mitad del cuerpo anillado de la larva. Cuando estaba a punto de dejarlo en mi mano, el korowai me lo arrebató con una sacudida y se lo llevó directamente a la boca…
-“¡¡¡Ñahm!!!"
Acto seguido, me dedicó una mueca burlona, abriendo desmesuradamente los ojos, mientras el resto de cohabitantes de la choza rompían a reír con estrépito.
-“¡Sentido del humor Korowai, Indiana! – Dijo Thony – “tranquilo, no tienes que comerlo si no te gusta”
Los Korowai, por su parte, seguían divirtiéndose a mi costa.
Yo les obsequié con una amplia sonrisa, mientras aplaudía y asentía con la cabeza…
Mada se me acercó y me ofreció un pedazo de sago asado, que esta vez sí, degusté sin problema. Su sabor me transportó a los fríos inviernos de Cantabria, a las castañas asadas, que tantas veces me había comprado mi madre en las viejas locomotoras verdes, donde las vendedoras, todavía hoy, te sirven la docena en el típico cucurucho de papel, mientras se protegen de las bajas temperaturas al calor de la brasa.

 

Al día siguiente, levantamos el campamento. Queríamos llegar a un poblado que estaba situado a unas cuatro horas, selva adentro, así que, tras almorzar ligeramente, nos despedimos de nuestros hospitalarios amigos y  nos pusimos de nuevo en marcha…
-“No dejes de llevar a tu esposa a Yaniruma” – insistió Thony, mientras le estrechaba la mano al jefe-.

A la hora de los murciélagos, no habíamos encontrado ni rastro del pueblo al que nos dirigíamos…Llevábamos más de tres horas avanzando por las ciénagas, a golpe de machete y bajo la incesante lluvia.
Yo me preguntaba si algún día volvería a sentirme seco…
En más de una ocasión, habíamos presentido la presencia de los hombres mono, y distinguido sus siluetas, deslizándose por las ramas de los árboles. Pero por el momento, nuestros nuevos vecinos habían preferido ignorarnos…
-“¿Y bien?"“– le pregunté a Thony en un momento en que nos detuvimos a respirar-.
-“Nos debe quedar cerca de una hora de camino… Apenas tenemos unos  minutos de luz...” -reflexionó en voz alta-.
-“¿Seguiremos de noche?"
-“Demasiado peligroso. Me temo que tendremos que pasar la noche a la intemperie”
Antes de que la noche cayera por completo, buscamos un pequeño espacio, aceptablemente seco, que los porteadores limpiaron de vegetación a golpe de machete.
No había sitio para montar las tiendas, así que tuvieron que improvisar. Utilizando ramas y grandes hojas de palmera, construyeron una especie de “háimas”, de poco más de  un metro de altura, donde refugiarnos del agua.
Cayó la noche.
La vehemente lluvia nos impedía hacer cualquier tipo de fuego, así que tuvimos que cenar a base de galletas y crema de cacahuete.
Los porteadores se repartieron turnos de vigilancia, para alertar de cualquier eventual peligro en forma animal ó humana…
La noche prometía ser larga…
Las enormes hojas de palma servían de eficaz parapeto contra las gotas de lluvia que golpeaban sobre ellas con la cadencia del tic-tac de un escandaloso reloj.
A pesar de su impermeabilidad, al cabo de un rato el agua comenzó a filtrarse en el habitáculo, goteando sobre mi cuerpo, recostado en la colchoneta. Debía prepararme a pasar una noche pasada por agua …
Desde mi posición, mientras intentaba conciliar el sueño, pude distinguir los enormes ojos blancos de Mada, tratando de guarecerse, junto a su hermana y su tía.
Pies de Elefante se hizo cargo de la primera guardia.
La vegetación volvió a crujir cerca del campamento…
-“Están ahí” –  musitó Thony desde su refugio-. “Hace tiempo que nos vienen observando. Estos Korowais recelan de nosotros más de lo habitual. Espero que no tengamos problemas con ellos”      
Aquella noche, apenas conseguí dormir un par de horas…

Con las primeras luces del día ya estábamos otra vez en camino.
Desde la mañana anterior no había logrado librarme de la sensación de mojado, y ya estaba otra vez caminando con el agua por la rodilla. Sin embargo, aquel amanecer el cielo estaba más despejado y por primera vez no amenazaba lluvia
Yo marchaba en segunda posición, justo entre Thony y Boas, el Cara Chupada nos seguía a poca distancia.
De pronto, el huesudo porteador dio un salto al frente y se abalanzó sobre una pequeña serpiente que cruzaba nuestra senda, y cuya presencia nadie más había percibido. Con el largo palo que portaba en la mano, a modo de bastón, el Cara Chupada comenzó a golpear al reptil hasta matarlo. Después, lo recogió con la vara y se acercó para mostrármelo, mientras, por medio de la mímica, me hacía entender que se trataba de una serpiente realmente letal…
-“Si te muerde una de estas, estás muerto; es una de las más peligrosas” – explicó Thony -.
Los reflejos del Cara Chupada acababan de salvarnos de una posible tragedia. Todos le mostramos nuestro agradecimiento.

Eran las nueve de la mañana cuando por fin llegamos al poblado que andábamos buscando.
La comunidad la componían cuatro Khaims, edificadas a unos diez metros del suelo, y una casa larga, de mayor tamaño que la que dejamos en Yafofla.
A primera vista, el pueblo estaba desierto. Pero pronto comenzamos a constatar presencia humana a nuestro alrededor.
De las puertas de las Khaim asomaban de vez en cuando las cabezas de las mujeres y los niños Korowai, que nos espiaban clandestinamente. Si te esforzabas, podías distinguir a silueta de algún hombre desnudo, encaramado en la rama de un árbol, atento a cada uno de nuestros movimientos…
Boas dijo algo en voz alta. Imaginé que se trataba de una especie de saludo a los habitantes del pueblo. Pero nadie contestó.
Tras unos minutos de indecisión, decidimos tomar posesión de la casa larga y esperar a que nuestros enigmáticos anfitriones decidieran revelarnos su presencia…
-“Ir dejando las cosas en la casa larga, pero no montéis todavía las tiendas; no vaya a ser que tengamos que salir corriendo” –apuntó Thony, sin dejar de mirar hacia los árboles-.
Siguiendo las instrucciones de Thony, procedimos a acomodarnos en nuestro nuevo alojamiento, pero sin deshacer del todo el equipaje.
Yo aproveché a cambiarme la ropa mojada, pero preferí quedarme con las botas puestas, por si acaso.
Los porteadores transpiraban inquietud. También Boas parecía intranquilo...
Thony se había sentado sobre un lecho de corteza de árbol. Parecía pensativo. Me dejé caer a su lado…
-“¿Es normal que se muestren tan esquivos? "– le pregunté-.
-“Depende”
-“¿De qué?"
-“De lo acostumbrados que estén al contacto con el hombre blanco. Podríamos estar ante una tribu poco amigable. La verdad es que la última vez que tuve un presentimiento así fue al otro lado de la línea de pacificación, con los Betul”
La posibilidad de haber contactado un grupo de Stone-Korowais o, por lo menos, una tribu  virgen en cuanto al contacto con el mundo exterior, me llenaba de excitación y preocupación a partes iguales…

A las once de la mañana,  por primera vez desde que nos adentramos en la jungla, el sol se filtraba con fuerza entre la densa foresta, provocando un calor húmedo, capaz de abatir a un elefante…  Fue entonces cuando  los primeros habitantes del poblado hicieron su aparición…
Procedentes de las copas de los árboles, varios cuerpos desnudos se deslizaron por el tronco, deteniéndose a la entrada de la choza. Eran tres individuos de entre veinte y treinta años. De complexión ágil y fibrosa. Estaban armados con arcos y flechas…
Thony y Boas se apresuraron a hablar con ellos. En ningún momento percibí la cordialidad de  los habitantes de Yafofla. Con ceño fruncido, parecían escudriñarnos, muy especialmente a mí. No daban la sensación de prestar la más mínima atención a las palabras de Boas, salvo cuando, de vez en cuando, se dignaban contestar de forma parca.
Luego, siguieron unos minutos de tenso silencio, de cruce de miradas, hasta que por fin, el que debía ser el jefe de la tribu asintió levemente con la cabeza y profirió una frase tan escueta como tajante…
Thony se volvió hacia el resto de la expedición…
-“Montad las tiendas”
El grupo se puso manos a la obra.
Al cabo de un rato, se nos unió todo el poblado. En total, unas veinte personas, entre niños,  mujeres y hombres, que merodeaban entre nosotros, escrutando cada objeto que extraíamos de las mochilas.
Mientras Thony repartía unos cigarrillos entre los adultos, varios pequeños se me acercaron e incluso se aventuraron a palparme con curiosidad. Yo saqué una barrita energética y me dispuse a repartirla entre ellos, pero uno de los nativos lanzó un grito y los niños rehusaron mi ofrecimiento.
En ningún momento, los hombres - diez en total - soltaron sus armas. Principalmente arcos y flechas, pero también lanzas y hachas de piedra.

Habían pasado seis días desde mi llegada a las lowlands,  cuatro desde que nos adentramos en selva virgen. Cuatro días en que había permanecido prácticamente a remojo. Al día siguiente, teníamos previsto regresar a Yaniruma, para,  un día más tarde, tomar la avioneta que nos llevaría de vuelta a Wamena. Sin embargo, tenía el presentimiento de que mi tiempo en la jungla aún iba a depararme  fuertes emociones.
Durante el día de estancia en esta nueva comunidad Korowai, tuve oportunidad de seguir conociendo sus hábitos de vida. Pero estos nativos no parecían sentirse cómodos con mi presencia. Accedían a regañadientes, cada vez que Boas les sugería que me mostraran como realizaban sus quehaceres cotidianos. Seguían sin desprenderse de sus armas, y sus omnipresentes figuras, apostadas entre  nosotros, recordaban más a los guardas de una prisión de alta seguridad, pendientes de evitar un intento de fuga, que a unos hospitalarios anfitriones, preocupados por el bienestar y el confort de sus huéspedes. 
Thony también parecía un poco estresado, debido a la persistencia del jefe de la tribu, que, continuamente, se le acercaba, en tono hostil, con la intención de negociar alguna compensación. Por lo visto, ya no se conformaba con los cigarrillos  que, hasta ese momento, habían podido amortiguar su avalancha de exigencias.

Con la caída de la noche, la mayoría de los nativos se retiraron a sus khaims, y nosotros nos quedamos solos, junto al jefe, una de sus esposas y otros tres miembros de la tribu.
El día y la noche anterior habían sido tensos, así que, después de cenar, intentamos relajarnos alrededor del fuego.
Las risas y las bromas de la última noche en Yafofla habían dado paso al silencio y a la sensación de recelo mutuo entre los miembros de la expedición y los cinco aborígenes, que permanecían sentados a nuestro lado, rígidos como una momia. Estaba claro que no existía la menor química  entre aquellos arborícolas y el grupo.
Thony estaba sentado frente a mí, al otro lado de la hoguera, tratando de relajarse, con los ojos cerrados, mientras fumaba en una pipa Korowai. Priscilla se arrodilló a su espalda y se ofreció a darle un masaje en hombros y cuello.
Yo estaba contemplando la escena cuando Mada se me acercó, sonriente…  Me preguntó si me apetecía un masaje también -.
-“Yes. Thank you…” – Respondí -.
Entonces, la joven se situó detrás mio y comenzó a masajearme con esmero...
-“¡Vaya novia que te has echado, Indiana!” –  Bromeó Thony, con los ojos entrecerrados-.
Yo sonreí y guardé silencio, mientras me concentraba en el tacto de aquellos dedos, que presionaban suavemente mi piel…
Con tanto placer y la falta de sueño de la noche anterior, los párpados comenzaron a pesarrme como losas. Así que no pasó mucho tiempo antes de que decidiera acostarme.
Pero aquella última noche en la jungla, el sueño iba a tener que esperar…

Apenas había pasado una hora desde que me retiré a mi colchoneta.
Desde el interior de la tienda de campaña escuché gritos. Yo estaba acostumbrado a que entre ellos, a veces se comunicaran de forma un tanto exagerada, así que en un principio, no di mayor importancia a las voces que provenían del exterior. Sin embargo, el griterío se hizo cada vez más intenso y comencé a percibir cierto grado de agresividad en las entonaciones, por lo que salí de la tienda a comprobar que pasaba.
Claramente, Thony estaba enfrascado en una fuerte discusión con el jefe del poblado. La cosa parecía seria, pero los ya habituales aspavientos de los Korowai, cuando debatían con ardor, no me provocaron ninguna inquietud.
De pronto, todo cambió. Justo antes de retirarse, el gesto del jefe se me antojó mucho más amenazante que en veces anteriores, y la cara de Thony denotaba preocupación.
Entonces, Boas se dirigió al resto de los porteadores y,en pocos minutos, todos estaban armados con arcos y flechas a nuestro alrededor.
Le pregunté a Thony si pasaba algo…
-“Tranquilo”- Contestó. Pero la respuesta no me convenció-.
-“Entonces, ¿por qué cogen los porteadores sus arcos y flechas?” –insistí-.
-“El jefe del pueblo nos pide demasiado por pernoctar aquí. Me he negado y nos ha amenazado. Dice que piensa volver con más guerreros”- me explicó Thony, con gesto un tanto desencajado-.
-“Volver,¿a qué?” – pregunté yo-.
Esta vez, Thony no se anduvo por las ramas…
-“Ha amenazado con matarnos”.
-“¿Pueden cumplir su amenaza?”
-“Pueden... ¿Quién sabe?. No creo que esta noche vayamos a tener problemas. Pero podrían mostrarse hostiles mañana si presienten nuestra marcha”
Siguieron unos minutos de tensa espera, escudriñando la oscuridad, tratando de captar cualquier sonido que  permitiera adivinar los movimientos de nuestros amenazadores vecinos.
El Cara Chupada y Pies de Elefante habían armado sus arcos…
Un grito rompió el silencio de la selva. Debía ser un insulto ó una nueva amenaza, que provenía de lo alto de las khaims. El alarido fue jaleado por un coro de aullidos humanos.
De nuevo un angustioso silencio se adueñó del lugar … Thony tomó una decisión…
-“Ahora no podemos hacer nada. Pasaremos la noche aquí. Dejad el campamento recogido; dormiremos fuera de las tiendas…Descansa todo lo que puedas, Indiana; antes de que amanezca tenemos que habernos largado de este lugar”
Tratando de hacer el menor ruido posible, para no poner a los Korowai sobre aviso de nuestros planes, plegamos las tiendas y recogimos el material de acampada, a excepción de las colchonetas, para pasar la noche. Yo opté por dormir con la ropa del día siguiente, incluidas las botas, a pesar de que seguían empapadas. Y esta vez, coloqué el cuchillo debajo de la almohada. Aunque no sabia muy bien para qué…

A las cuatro y media de la mañana ya estábamos preparados para partir. Aún quedaba más de media hora para que comenzara a amanecer y de nuevo llovía copiosamente.
Esta vez, la fuerte lluvia se aliaba con nosotros al ahogar con su estruendo, cualquier ruido que pudiera alertar a los Korowai sobre nuestra huida.
-“Modificaremos la ruta prevista para llegar al río Eilander, por si acaso deciden seguirnos.” – me susurró Thony-.
-“¿En serio crees que podrían seguirnos?”
-“No conoces a los Korowai cuando se sienten ultrajados o engañados. Puede que no, pero este jefe me parece un poco paranoico. Modificaremos la ruta “  - Concluyó -.
Con el mayor sigilo, abandonamos la casa larga por la parte de atrás, la más alejada de las khaims y, con paso torpe e impreciso, debido a la falta de visibilidad, nos sumergimos de nuevo en la jungla.
Con las primeras luces del día, Boas, que encabezaba la marcha, aumentó el ritmo de la zancada y se lanzó selva a través, a gran velocidad. Estaba claro que persistía el nerviosismo en el grupo. Los porteadores estaban deseando abandonar aquel pedazo de jungla que, de pronto, se había vuelto demasiado hostil. El paso se hacía cada vez más ligero y avanzar por aquel fangal, agotador y peligroso. Tan pronto te tropezabas con una de las innumerables raíces que se cruzaban en tu camino, como te clavabas hasta la rodilla en el lodo, con el consiguiente riesgo de fracturarte una pierna. Además, estaban las incontables lianas y plantas colgantes, que te golpeaban el rostro a cada paso, y la insistente lluvia, que se te introducía en la boca, abierta en busca de resuello, obligándote a escupirla cada dos por tres..
Llevábamos más de una hora de marcha, cuando comprobamos que Thony y Pies de Elefante se habían quedado atrás. Boas decidió que nos detuviéramos a esperarles y descansar un poco, mientras el resto de porteadores  se mostraban alterados y circunspectos. Casi diez minutos después, aparecieron los dos rezagados…
-“El ritmo es demasiado fuerte para Pies de Elefante” – Aclaró Thony -.”Seguid vosotros; yo me quedo con él. Os daremos alcance en el río”
Acto seguido, los porteadores volvieron a echarse encima la carga y reiniciamos nuestra vertiginosa escapada hacia Yaniruma.
Cuatro horas más tarde, el terreno comenzó a ser todavía más blando, y la enorme cantidad de agua que anegaba el sendero, nos avisaba de la proximidad del gran río Eilander, la frágil frontera natural entre el mundo salvaje de los Korowai  y el pequeño retazo de civilización, que representaba Yaniruma.
El cambio de ruta nos había hecho desviar del punto en el que habíamos dejado las canoas cinco días antes, por lo que, una vez en el río, recorrimos varios metros de orilla en busca de alguna embarcación abandonada. La única que localizamos estaba inservible.
Entonces, dos de los porteadores, los que yo distinguía por su complexión atlética, se lanzaron al agua y se dejaron arrastrar río abajo por la fuerte corriente.
En pocos segundos, sus cabezas, como cáscaras de nuez  debatiéndose en la gran masa de agua, quedaron fuera de nuestro campo visual. Yo miré a Boas, extrañado…
-“¡Canoes!” – trató de explicarme, señalando hacia el otro lado del río-.
-“¿Han ido a por canoas?”
-“¡Canoes, Yanirura canoes!”- insistió, asintiendo con la cabeza-.
Sólo quedaba esperar, esperar a que los dos porteadores regresaran con las embarcaciones que nos transportarían a la otra orilla y esperar a que Thony y Pies de Elefante contactaran de nuevo con el grupo. Así que volvimos a cubrir el material con hojas y nos armamos de paciencia…
Aproximadamente veinte minutos más tarde, sentimos que alguien se aproximaba a nuestra posición. Cuando Thony y Pies de Elefante emergieron de la jungla, parecían alarmados…
-“¡Korowais!”–exclamó, señalando hacia el interior del bosque, mientras el resto de porteadores echaban mano a sus arcos -.
-“¿Qué pasa?” – Pregunté -.
-“Un grupo de korowais, no sé cuántos.  ¡Están aquí mismo!” – Contestó Thony -.
-“¿Son ellos?”
-“No sé”
Por un momento, la sangre hirvió en mi interior. No tenía claro qué estaba a punto de ocurrir, pero, fuera lo que fuera, ya no había forma de evitarlo; el río nos impedía cualquier intento de escapada, mientras cada vez se hacía más patente que alguien se aproximaba entre la foresta.
-“¡Ya les tenemos encima!..” – reculó Thony, al comprobar que la vegetación se agitaba cerca de nuestra posición-.
Segundos después el grupo de korowais emergió de la selva.

La visión de aquellos indígenas desnudos fue un alivio para todo el grupo.
Sus caras me resultaban conocidas, ya que con ellos había compartido incluso bromas durante mi estancia en Yafofla. Encabezaba el grupo el jefe del poblado. Tras él, otros dos hombres portaban a la esposa enferma en una especie de camilla tejida con hoyas y trozos de rama. Un quinto individuo adulto completaba la comitiva.
Al vernos, el jefe pareció alegrarse. Se aproximó a estrecharnos la mano, muy efusivo...
-“Llevo a mi esposa a Yaniruma” – tradujo Boas-.
-“Dile que nos alegramos mucho de verles, que hemos tenido problemas con sus vecinos y que estamos preocupados por si intentan seguirnos. Dile que han sido poco hospitalarios y que nos han amenazado. Por eso estamos armados”
El jefe escuchó atentamente la versión de Boas…
-“Ese jefe es muy hostil” – señaló Thony-“No hacía más que pedir y pedir, hasta que me negué, y entonces nos amenazó  de muerte”
-“Ese es el hombre que hizo enfermar a mi esposa” – dijo el jefe, en boca de Boas-“¡Es mal hombre…!”
Los korowais se quedaron un tiempo conversando con nosotros y luego continuaron su marcha hacia Yaniruma. Buscaban el lugar donde habían ocultado la canoa, “la última vez que cruzaron el gran río”.
Nosotros aún tuvimos que esperar cerca de una hora, bajo una fuerte lluvia, hasta que los dos porteadores regresaron con sendas embarcaciones.
Mientras me alejaba del impenetrable mundo de los hombres de los árboles, y a medida que me iba aproximando al pequeño embarcadero fluvial de Yaniruma, una profunda sensación de bienestar me recorrió el cuerpo. Era una mezcla de alivio y de satisfacción personal, como si todos mis músculos, y hasta mi mente, se hubieran relajado por fin, tras una semana de máxima concentración. Me decía a mi mismo: “lo has hecho;  has sido capaz, has vivido una experiencia única, y has superado la prueba”
Todavía seguía en “el Infierno del Sur”, todavía continuaba en tierra caníbal, pero tras seis días buceando en las entrañas de la jungla, Yaniruma producía en mí una sensación de seguridad y de confort. Sentía que los peligros habían quedado definitivamente atrás y que nada podría evitar ya que regresara a casa sano y salvo…
Sentía muchas cosas, pero en eso, … ¡estaba totalmente equivocado!.

La visión de dos hombres blancos en el embarcadero de Yaniruma, los primeros que veía desde que puse pie en Irian Jaya, debió de resultar tan sorprendente para mí como para ellos la aparición de aquel español, calado hasta los huesos, con barba de más de siete días y bastante demacrado, emergiendo de los confines de la selva virgen.
Es curioso lo que sucede cuando te encuentras lejos de lo que percibes como “tu mundo”. Probablemente, si alguien te llega a insinuar en el viejo continente, que dos reporteros eslovacos pudieran tener algo que ver contigo, con tu forma de ser, con tu cultura, lo negarías al instante. Sin embargo, a miles de kilómetros de casa,  aquellos dos rubios exponentes de la Europa del este te parecían hermanos de sangre. Todas las diferencias perdían relevancia, en favor de las coincidencias en la forma de entender la vida, mucho más cercana  que la de los habitantes de aquel mundo paleolítico.
-“Hallo!” – nos saludamos, sin ocultar nuestra sorpresa y agrado-.
Antes de que los eslovacos subieran en su canoa, en compañía de su guía y sus porteadores, tuvimos tiempo para intercambiar experiencias e impresiones. El más fuerte de los dos, de unos treinta y cinco años, era un auténtico enamorado de Papúa. Aquella era la décima vez que viajaba a la isla, e incluso había llegado a adoptar a un par de niños en Yayapura.
En esta ocasión, su estancia no duraría más de cinco días, los necesarios para realizar las últimas tomas de un reportaje en video sobre los Korowai y los Kombai, para el cual anteriormente había permanecido seis meses conviviendo con ellos en el interior de la jungla…
-“Six months, can you imagine?, I told you he was crazy!” – exclamó el más menudo de los dos, que se había decidido a acompañar a su amigo a la isla de sus amores y que, por lo visto, no acababa de compartir del todo su entusiasmo-
Durante unos minutos, pude admirar su magnífico equipo fotográfico  y compartir con ellos mi propia experiencia…
-“We had some problem in a village near Yafofla. People are not very friendly there and can even turn dangerous. Ask my guide, he will tell you...” – traté de advertirles sobre el trato dispensado en el último poblado-.
Poco después, los eslovacos se alejaron en dirección al cenagoso rincón del mundo  que yo acababa de abandonar…

De vuelta en la cabaña que volvía a servirnos de albergue en Yaniruma. Aquel desvencijado chamizo me parecía ahora el palacio de Buckingham.
Mientras la mayoría de porteadores se ausentaba durante un tiempo, para visitar a sus familias, otros habitantes del pueblo, como el alcalde o el inalterable Dayak, no tardaron en salir a nuestro encuentro, ansiosos por conocer de primera mano los detalles de nuestra aventura en la jungla.
Yo seguía anclado en el más profundo estado de relajación y de satisfacción personal. Una intensa sensación de paz, acentuada por el melodioso selvático, envolvía aquel puñado de tambaleantes casas, al que otorgaban rango de pueblo.
Comenzaba a caer la tarde; asomado al porche, en cuya baranda, una hilera de botas y ropa intentaba por fin secarse al aire, pude admirar por última vez, el diario acontecimiento de los gigantescos murciélagos cubriendo el cielo de Papúa.

A las diez de la mañana del día siguiente, se puso en funcionamiento la estación de radio de Yaniruma. La avioneta debería habernos recogido a las nueve, pero una hora más tarde no había noticias del aparato.
El día había amanecido muy nublado, y Thony temía que, en esas condiciones, las pequeñas avionetas de la “A.M.A.” no se aventuraran a volar desde Wamena. Tras contactar con el piloto, nuestros temores se hicieron realidad…
-“Con este tiempo, imposible volar hasta vosotros, Yaniruma. Cambio” – comunicaba el piloto, mientras Thony y yo rodeábamos al responsable de la emisora-.
-“Hay dos pasajeros que deben volar hoy a Wamena. Cambio” –contestó el radiotelegrafista--“Lo sé, Yaniruma. Pero por ahora no hay nadie que se arriesgue a volar a esa zona.
Contactad en dos horas y veremos si cambia la situación. Cambio.”
-“De acuerdo, Wamena. Cambio y corto”.
Confirmado que por el momento deberíamos permanecer en Yaniruma, Thony y yo abandonamos la emisora y nos dirigimos, a paso lento, de vuelta al albergue…
-“ El cielo está muy cerrado. Mala pinta, Indiana”
-“¿Qué pasa si no cambia el tiempo?”
-“Habrá que esperar noticias. Si cambia antes de las cuatro, nos sacarán de aquí  hoy mismo. Después de esa hora no vuela nadie en Papúa, así que tendríamos que quedarnos hasta mañana. Suele ocurrir en esta parte de la isla. ¡Paciencia, hermano!”
La verdad es que la perspectiva de pasar otras veinticuatro horas en aquel desolador y aburrido tugurio no me seducía lo más mínimo. Pero, por lo visto, no había más remedio que armarse de paciencia y esperar… Saqué un taburete al porche, coloqué los pies sobre la barandilla, y me dispuse a emular  al joven Dayak, apoltronado en la mecedora, a la puerta de su pequeña tienda de ultramarinos.
Dos horas más tarde, las nubes seguían encalladas sobre todo el área de las tierras bajas.
-“Imposible volar, Yaniruma. Cambio” – volvió a confirmar la voz metálica, que llegaba de forma entrecortada a través de la emisora-.
-“Hablamos dentro de dos horas, Wamena. Cambio y corto.”
Un paseo a lo largo del pueblo, te comía media hora - quince minutos de ida y quince de vuelta -  siempre y cuando te tomaras tu tiempo entre  cada paso…
Pronto descubrí que cundía más el pedregoso recorrido de la pista de aterrizaje; aproximadamente podías matar unos cuarenta minutos, si te parabas a retar a Thony en un mano a mano de lanzamiento de piedras contra los barriles oxidados que servían de  señalizadotes para las avionetas.
Tras dos nuevas tentativas, tuvimos que resignarnos a pasar otra noche en Yaniruma.
Posiblemente, el más beneficiado con aquel contratiempo fue el comerciante Kayak, ya que, en un intento de seguir ganándole segundos a la tarde, decidí visitar su tienda y acabé comprándole un espectacular escudo Kombai. Me pareció que el escuálido tendero de Bornéo acaba de cerrar la venta del año.
A media tarde, recostado sobre los escalones del porche, pude saber que la escasez de entrada de dinero en Yaniruma se había convertido en el enésimo tema de conversación de la tediosa e interminable tertulia que se había establecido en la entrada de nuestra casa y a la que poco a poco, se había ido sumando una nutrida representación de lugareños, que como de costumbre, no parecían tener nada mejor qué hacer…
-“Falta flujo de dinero”- me aventuré a opinar –“No sólo entra poco, sino que no tenéis dónde gastarlo en Yaniruma, porque, salvo el tendero, nadie ofrece un servicio por el que cobrar al resto de la comunidad. El poco dinero que entra no se mueve y acaba acumulándose en las manos de unos pocos, que probablemente terminarán gastándolo lejos de aquí”
Me pregunté si habrían captado la idea que intentaba trasmitir  en boca de Thony. Todo el mundo asentía a mis palabras, mientras fumaban como chimeneas, con la mirada perdida en el suelo. Daba la impresión de que el simple acto de expulsar el humo les suponía un esfuerzo inasumible...  El alcalde se dirigió a mi …
-“¿Qué dice?” – le pregunté  a Thony -.
-“Dice que entra poco dinero en Yaniruma”- Sonrió -.
“Sí. Me imagino” – Evidentemente, no había entendido nada. Preferí no insistir en el tema-.

Comenzaba a anochecer. Entonces, recibimos una visita que nos alegró el ánimo; el jefe de Yafofla había dejado a su esposa ingresada en el dispensario y andaba deambulando desnudo por el pueblo. Cuando nos vio, se acercó,efusivo…

-“¿Qué tal tu esposa?”- le pregunté por medio de Thony-.
-“Se encuentra mejor”- repuso, agradecido por mi interés-.
Boas había terminado de prepararnos la cena y el jefe aceptó nuestra invitación para compartirla con nosotros…
Uno a uno, nuestros visitantes habían regresado cansinamente a sus hogares – antes de que  la noche cayera por completo, ya que, según decían, los malos espíritus habitan en la oscuridad - Solo Pies de Elefante y el joven Dayak, además de Boas, Thony, el jefe y yo, quedamos en la casa….

De pronto, el joven porteador que nos había acompañado en la expedición irrumpió en la casa, jadeante y con rostro desencajado.  Algo dijo, que provocó la nerviosa reacción de todos los presentes. Boas y Pies de Elefante se apresuraron a trancar puertas y ventanas…
-“¿Qué sucede?”- pregunté-.
-“¡Nos han seguido!”  - contestó Thony, con gesto tenso y preocupado-.
Instantes después, se escuchó un gran revuelo en el exterior de la casa…
Por las rendijas de las ventanas distinguí al belicoso jefe del último poblado,  acompañado de otros cinco nativos armados. El Korowai profería amenazas y se mostraba muy hostil…
En el interior de la casa, todo el mundo había echado mano de cuantas armas blancas tenía a su alcance: cuchillos, tenedores…
Tras unos momentos de tensa indecisión, nuevas voces se sumaron al griterío exterior. Al parecer, estaba teniendo lugar una especie de acalorado debate…
Nos asomarnos a la ventana y comprobamos como el alcalde, escoltado por un numeroso grupo de lugareños armados, se estaba enfrentando a los seis nativos desnudos, que habían surgido del corazón de la selva, alterando la paz  de aquella pequeña congregación de korowais y kombáis, tan indolentes, como prestos a defenderse de todo aquel que osara  atentar contra la frágil armonía que se había constituido en pilar de su  convivencia.
Boas y Pies de Elefante salieron al porche en apoyo de su gente, mientras Thony y yo decidimos mantenernos a prudencial distancia…
-“¡Nos han ofendido; habían llegado a un acuerdo conmigo y no cumplieron su palabra!”- se justificaba el agresivo hombre de la selva -.
-“Haberlo arreglado en tu pueblo”- contestó el alcalde sin mostrar un ápice de debilidad-“¡No puedes irrumpir en mi casa y agredir a mis invitados!”
-“¡Deben cumplir su palabra, o tendremos que matarles y comernos su carne!”-insistió el Korowai, sin cesar en sus amenazas-.
El jefe de Yafofla se interpuso entonces entre ambos…
-“¡Eres un demonio! – Dijo – “¡hiciste enfermar a mi esposa y si ella muere, yo sí me comeré tu carne!”
El alcalde intentó apaciguar los encendidos ánimos…
-“Estas personas son amigos, están  bajo mi protección. Si alzas tu hacha contra ellos, te las tendrás que ver con mi gente, habrá muchos muertos. No creo que quieras eso. Vuelve a tu pueblo y déjales en paz”
-“Si le haces daño al hombre blanco, ningún otro extranjero querrá venir ya a Yaniruma. Perderemos todos” – señaló el tendero Kayak -.
El hostil aborigen pareció reflexionar por unos segundos. Luego se dirigió a Thony, que seguía la escena desde la puerta de la casa…
-“¡Si te vuelvo a ver por mi pueblo, te mataré, a ti y a quién esté contigo! ”
Thony no abrió la boca.
Refunfuñando, el korowai de la jungla dio media vuelta y se alejó por dónde había venido, seguido de su gente...
Aquella noche nos aseguramos que todas las puertas y ventanas quedaban debidamente selladas …Tuve que dar más de una vuelta en la colchoneta antes de lograr conciliar el sueño.

Por la mañana del día siguiente el cielo seguía cubierto.
La posibilidad de que la avioneta tampoco pudiera venir a recogernos aquel día nos generaba una doble inquietud. De un lado, Thony tenía serias dudas de que el grupo de korowais hubiera regresado realmente a su rincón de la jungla, y la sensación de amenaza seguía impregnando el ambiente. Por otra parte, era viernes, y las compañías aéreas de Papúa no trabajaban el fin de semana, por lo que, si no conseguíamos volar ese mismo día, estaríamos obligados a permanecer  en Yaniruma hasta el lunes, con la consiguiente pérdida de los vuelos que debía contactar al día siguiente.
Después de desayunar, recogimos todo el equipaje y nos dispusimos a esperar a que la emisora se pusiera en funcionamiento y pudiéramos recabar algún tipo de información sobre la viabilidad de los vuelos.
Sin embargo, todas nuestras dudas se disiparon antes de las diez de la mañana.
Yo estaba lavándome los dientes en el porche, cuando escuché un motor en el cielo e inmediatamente, vislumbé el pequeño aparato de la A.M.A., que iniciaba la maniobra de aterrizaje.
Thony se asomó a la puerta de la casa…
-“¡Ya están aquí!.¡Rápido, Indiana!”  
Casi sin tiempo para enjuagarme la boca, varios habitantes del pueblo llegaron corriendo a la casa y, sin terciar palabra, se echaron nuestro equipaje a la espalda y enfilaron, a paso ágil, la pista de aterrizaje.
-“¡Deprisa, Indiana!; la avioneta no va a esperarnos! –insistió Thony-.
Terminé de escupir la pasta dentífrica y corrí a recoger el sombrero y las botas, lo único que quedaba en la casa.
Cuando llegamos a la pista,dónde nos esperaba la avioneta, el lugar era ya un clamor, con varias decenas de lugareños agolpándose a cierta distancia del aparato.
Yo no tenía claro si aquello respondía a simple curiosidad o se trataba de una multitudinaria despedida. Cuando pasaba cerca de ellos, una voz femenina me llamó desde el gentío…
-“¡Edardo!”
Era la primera vez que Mada intentaba pronunciar mi nombre. Mientras Thony proseguía hacia la avioneta, yo me detuve junto a la muchacha…
-“¡Goodbye, Edardo!”
-“Goodbye, Mada. Don’t  you give up studying, ok?  You’ll become a great anthropologist.”
-“Yes”
Nos estrechamos la mano. Ella la apretó con fuerza...

- “Good luck, Mada”
-“¡Vamos, Indiana, tenemos que irnos! “ – me gritó Thony desde la puerta del aparato-.
Dediqué una última sonrisa a Mada y corrí hacia la avioneta. Era el mismo piloto americano que nos había llevado de Wamena a Kosarek doce días antes, doce días tan intensos y emocionantes, que en aquel momento me parecían años…
-“Hallo again!” – le saludé,  mientras subía a la avioneta-. “You came into my rescue!”
-“Yes” – sonrió a su vez,  mientras procedía a asegurar  mi puerta-.
Después, el americano se situó a los mandos del aparato y encendió los motores…
-“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo... Concédenos, Señor, un vuelo agradable, permítenos llegar sanos y salvo a nuestro destino,... in the name of the Father, and the Son, and the Holy Spirit... Amén”
Hora y media después, aterrizaba en Wamena.

Mi viaje a la isla perdida, a aquel mundo ancestral, que me había descubierto John
catorce años antes, tocaba a su fin. En mi vuelta al valle de Baliem, aún tuve tiempo de presenciar una réplica de la ceremonia de iniciación de los jóvenes guerreros Dani, que Thony había apalabrado con el jefe del poblado que visitamos a mi llegada a las tierras altas.
Por la noche, invité a Thony a una cena de despedida en el hotel Baliem Pilamo.
Un homenaje a base de cangrejos de río, ¡cómo no!, tras el cual, Thony me deleitó con sus dotes de cantante en el karaoke local.
A la mañana siguiente, mi guía, mi ángel de la guarda y mi amigo, me dio un fuerte abrazo y se despidió de mí, mientras yo me perdía en la zona de embarque del aeropuerto de Wamena.
-“Adios, Indiana!”
-“Adios, Cuscús Dundee. Si vas a España ya sabes dónde tienes un amigo”

En la sala de embarque volví a encontrarme con los dos reporteros eslovacos, que regresaban también, tras haber concluido su documental sobre Irian Jaya.
El más menudo volvió a denotar una total falta de empatía con la veneración que su amigo profesaba por aquel mundo tan maravilloso como duro y lleno de trampas.
-“He is fucking crazy, you know?” – re refería constantemente a su compañero-.

De vuelta en Yayapura, dediqué lo que quedaba del día a conocer el lago Sentani  y algunas de las playas del litoral, conocidas por las numerosas bases japonesas y americanas durante la guerra del pacífico.
A media mañana del día siguiente, dejaba atrás definitivamente Irian Jaya y volaba a la isla de Bali, un paraíso turístico donde había pasado mi luna de miel, dieciséis años antes. Un lugar ideal para disfrutar de una especie de merecido descanso del guerrero antes de volver a España.
Durante dos días, y bajo los efectos de la intensa satisfacción que sentía por mi experiencia en Irian Jaya, me dediqué a todo tipo de placeres que, por supuesto, viniendo de dónde venía, apreciaba de forma muy especial: un buen masaje en el hotel, el espectáculo de los surfistas surcando las olas en las espectaculares playas de Kuta, una magnífica cena en la terraza de un restaurante a pie de playa que Alfonso Carrasco me había recomendado antes de la partida. Todo lo disfrutaba envuelto en una especie de paz interior. De alguna manera, me sentía realizado, mientras repasaba mentalmente algunos de los episodios de mi aventura. Una vivencia que perdurará en mi recuerdo como los días en que tuve la audacia de adentrarme en el corazón de la Tierra Caliente Victoriosa, de Irian Jaya.

Por Eduardo Lostal
www.eduardolostal.com

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